Tailandia(II) – Chiang Mai y Chiang Rai

Año 2050. El infalible Presidentísimo Don Alberto Carlos Rivera Díaz se autoasoma taciturno al balcón principal del Palacio del Escorial-Moncloa y contempla cómo los ñaparobots instalan incansables las cervatinas del tercer muro perimetral de seguridad. Qué ganas de terminar ya la puta Obra, coño. El calor le mantiene de constante mal humor, aunque autoadmite que, desde el traslado de la sede por la crecida del Manzanares, está durmiendo algo mejor. Desde aquí se oirán menos los gritos de los de afuera, pero con la jodida mudanza no hay quien encuentre un autodecreto. ¡Felipe! El tono irritado del incólume Presidentísimo provoca que el espigado camarlengo de palacio se encoja hasta parecer un florero. ¿Qué puta mierda era lo que tenía que autofirmar hoy? L-l-la la l-l-ley d-de e-e-elimin eliminación d-de de l-l-las p-pensiones, su Ñoñísima. El inalienable Don Alberto se autopermite un amago de sonrisa. Que me place.

Año 2018. Conviene conocer que Tailandia se encuentra actualmente en una fase de transición económica, intentando pasar de un sistema manufacturero, léase, niños fabricando nikes baratas en zonas francas, a un sistema de servicios, léase, ingresar divisa promoviendo la inmigración y arraigo de pensionistas europeos que de este modo se pueden permitir chacha, puro y coñac.

Ahí lo dejo.

Chiang Mai y Chiang Rai (ocho días)

El principal choque cultural que sufrimos al llegar a Chiang Mai es debido al alto número de turistas que vemos por la calle, y consecuentemente, el alto grado de turistificación que observamos en los locales. Jinethairos asaltándote en la rampa de llegadas, bocinazos de taxistas llamando tu atención, mozos de restaurante plantándote el menú en la cara, oficinas como setas de informaciõn oficial que son la tapadera para una agencia de venta de tours, así que entramos en una y nos organizamos los dos siguientes días.

En el primero nos llevaron en furgoneta al punto más alto de toda Tailandia, con una vista espléndida hacia unos matorrales no transparentes y a un cartel de madera con la frase tallada “el punto más alto de toda Tailandia”. De nuevo a la furgo y esta vez a ver unas pagodas en honor al rey y a la reina, fotito de rigor y menos mal que nos han puesto escaleras mecánicas para subir, que donde hay monarcas se quiten peregrinos. Más furgo, nos dan (bien) de comer junto a un mercadillo y, por fin, algo chulo, hacemos un senderismo por un parque nacional con algo de montaña, algo de río y cascadas donde Vanessa le echa huevos y se baña sin importarle que el agua esté helada y que hayamos visto serpientes en el camino, algo de campos de arroz y algo de campos de café, donde hacemos el último alto de la excursión y degustamos sin comprar.

En el segundo fuimos a un campo de protección de elefantes y lo disfrutamos muchísimo, de menos a más. El tipo nos recogió tarde, luego nos hizo esperar dentro del coche mientras hacía la compra, apenas nos dejó tiempo para desayunar en la parada técnica, luego tardamos una eternidad en llegar y ya allí nos encasquetó unos uniformes de trabajo sin más explicación que un índice señalando. Y fue acercarnos al elefante y cambió el aura. Le dimos de comer con cautela, lo acompañamos a que se rascase con curiosidad, lo hidratamos de barro con camaradería y lo bañamos en el río con diversión. Entre medias, hubo guerra de barro y agua entre nosotros, una clase de cocina con siestecilla posterior, un encargado progre y burlón gorroneándonos tabaco y una madre y una hija inglesas compitiendo por el hortera de oro. Para terminar, fuimos a ver una pequeña cascada de los alrededores, visita corta para nosotros, más corta aún para la madre inglesa que decidió haber tenido bastante nada más resbalarse en la roca y caer de culo en el agua.

Al día siguiente tomamos un bus hasta Chiang Rai, que nos gustó más que Chiang Mai, no sé, quizá por ser más pequeño. En el centro del pueblo tienen un reloj muy curioso que ofrece un espectáculo de luz y música para turistas, y más allá del mercado hay un templo con otro buda de esmeralda, suponemos que tan poca cosa como el de Bangkok aunque esto no lo pudimos confirmar puesto que, aunque llegamos por poco pero antes de la hora de cierre, si hay algo que realmente se venera en los templos con budas verdes enanos es el momento de chapar cuanto antes.

En la excursión que hicimos en Chiang Rai visitamos unos templos muy bonitos, el blanco una instalación de arte contemporáneo, con sus ilustraciones de superhéroes, sus esculturas de almas en el purgatorio y su monje de cerámica realista, y el azul pues eso, un templo azul. Pero muy bonito, ¿eh? La visita incluyó unos campos de te en plan tienda de regalos, un museo del opio a medio terminar, una panorámica del Golden Triangle (frontera conjunta entre Myanmar, Laos y Tailandia, donde da pena ver las infinitas grúas en el terreno de Laos, alquilado por China los próximos 99 años para construir casinos) y, durante el trayecto de vuelta por decisión unilateral del guía sin consultar a las bases, el DVD del concierto entero de los Bee Gees de 1997 en Las Vegas.

¿Fue que aún nos duraban los recientes vapores nostálgicos del entrañable Myanmar, o fue que no le llegamos a pillar del todo el puntillo al agobiante Tailandia? El caso es que espontánemente decidimos acortar la estancia, otros lo llamarían huir desesperadamente, y tomar el primer vuelo que saliera hacia Ubon Ratchathani, que está en el este del país, bien cerquita de la frontera, pasar una noche en el hotel sin internet de un pensionista francés budista con fe de converso y tranquilamente agarrar al día siguiente el primer bus que saliera hacia Laos.

¿Tranquilamente? ¡Ja!

 

Tailandia (I) – Bangkok

Cuenta Marco Polo en sus memorias que lo primero que le llamó la atención de los siameses fue que cuando se dirigieron a él en la terminal de llegadas del puerto no fue para intentar venderle un viaje en palanquín, sino simplemente para informarle desinteresadamente de cómo tomar uno, desmontando así los prejuicios que arrastraba desde que su amigo Cristóbal Colón le contara dos siglos después que los indios le intentarían colocar de todo no más pisar tierra. En la hospedería el batiente pareció abrirse solo, le habían puesto un cuenco de hidromiel en la mano antes de decir ni hola y unos mozos peleaban por subir las valijas a su aposento, Aún estaba por ver si la proverbial amabilidad asiática que había vivido hasta ese momento iba a mantenerse idéntica durante el resto de su estadía.

Lo segundo que le llamó la atención fue que, aún estando en el meollo de una zona geográfica sistemáticamente expoliada por franceses colonialistas primero y brutalmente arrasada por estadounidenses imperialistas después, Siam siempre se hizo el longuis y se mantuvo relativamente independiente. Por eso en su idioma la palabra thai significa libertad, lo cual en un estado gobernado por una junta militar donde un rey hereditario es el jefe de las fuerzas armadas no deja de ser un éxito de marketing lingüístico o una ironía con cierta mala leche.

Bangkok (cuatro días)

La bofetada de calor y humedad que recibimos al salir del aeropuerto de Bangkok nos despeja el jet-lag en un pispás así que hacemos turnos al llegar a la habitación del hotel para abrazarnos al aparato de aire acondicionado.

En nuestro primer intento de salir a la calle llegamos hasta el tren ligero, deducimos cómo funciona el sistema de tickets y recorremos un par de centros comerciales sin llegar a un acuerdo si comer japonés o coreano, de modo que elegimos un chino bastante nefasto. Estamos sudando sólo con respirar y echamos a lengua, nariz o ceja quién levanta el brazo para apretar el botón de la próxima parada.

Al día siguiente, más resignados que aclimatados, tomamos un bote petado de turistas para ir visitando, en precio de entrada creciente, los templos, palacios y budas más característicos de la ciudad vieja. Como es la primera vez para los dos que estamos en Asia, todo es novedad y se nos hubiera caído un poco la baba de no haberla hipertranspirado antes. Las pagodas, o las stupas, o como se llamen estas torres cónicas, o inversamente acampanadas, de azulejos, dragones, serpientes, estatuas, puntas, esquinas y detalles impresionan, casi tanto como el inmenso buda tumbado de 46 metros que hay en el primer templo. No así el archicelebrado buda esmeralda del otro porque te peleas en la fila con cuatro autobuses de japoneses colones para encontrarte después sólo un enano de medio metro que ni siquiera es entero verde.

Por la tarde visitamos la zona mochilera y compramos camisetas, comemos pad thai callejero riquísimo e insuperado en días venideros, regateamos el precio del tuktuk y constatamos que, definitivamente, el medio de transporte por aquí es la vespino.

El último día fuimos a un mercado flotante, que de flotante sólo tenía dos barcas, y con un bote fuimos por los canales a dar de comer pan a los peces. El aeropuerto local para viajar a Myanmar merecería un capítulo aparte pero no se lo vamos a dar como protesta y represalia por a) el taxista que conducía mirando el combate de thai boxing en la tele del salpicadero y que, según nuestro móvil gps, nos hubiera llevado errónamente al otro aeropuerto a tomar por culo de no haberle obligado a girar inmediatamente de dirección, b) la incompetencia, lentitud, nula información e incómoda y tardía facturación por parte de la aerolínea y c) el retraso de los vuelos, la masificación de la sala de espera, los cargamóviles gratis defectuosos y la habitación de fumadores cerrada por obras.