Myanmar

Cuenta un viejo chiste birmano que para ir al dentista es necesario viajar a Tailandia, porque en Myanmar te meten en la cárcel cuando abres la boca. Con buen criterio, piensas, cuando ves al recepcionista del hotel regalarte una sonrisa de encías negras y tabaco entre los dientes. El paredón me parece poco, concluyes, cuando absorbe sonoramente y escupe el gargajo mascado junto a tus pies descalzos.

Myanmar (tres semanas)

Una vez aclarado que Myanmar es Birmania y los myanmareños birmanos, nos dejamos atrapar por su calidez, amabilidad, curiosidad y simpatía. En el primer día nos enteramos por medio del contacto de una amiga de Vanessa que no podremos visitar las regiones occidentales del país, cerradas al turismo debido a, seguro que lo has leído en la prensa, un pequeño asunto interno de limpieza étnica cruzada. Las personas sufren mientras, entre el gobierno americano y el chino, se geo-azuza, niega, dirige, maquea, bendice o denuncia el genocidio para ver quién se hace antes con las materias primas y el acceso al mar en la tierra donde están los Rohinyás. A las regiones orientales tampoco podremos viajar, porque haría falta un permiso especial del ejército así que decidimos hacer un poquito de sur y un poquito de norte.

Habiendo aterrizado en Yangon (Rangún), dedicamos un día a explorar la impresionante pagoda Shwedagon, descalzos y junto con un guía que fue monje durante quince años y que nos enseñó algunos truquillos como distinguir un buda chino de uno birmano (el chino ha de ser calvo, gordo y sonriente, el birmano puede ser cualquier ser humano – excepto una mujer, ejem), honrar correctamente al animal de nuestro día de la semana, o elegir el camino de las baldosas al sol donde se queman menos los pies. El restaurante recomendado por la guía de viajes fue ciertamente picantito, la puesta de sol en el parque olió a espray antimosquitos, el regateo con el taxista fue semivictorioso y el autobús del día siguiente semipuntual.

Para llegar al Golden Rock, en el último tramo hubo que tomar un camión abierto con bancos de madera, filas repletas de a seis y curvas a pie de barranco, así que bienvenidos los codazos costillares y los sobacos de tres días con tal de no parecer auténticos peregrinos y cargar las mochilas colina arriba tres penitentes horas. En la cima un hotel de lujo, un mercadillo en los laterales, un recinto templario donde para entrar es necesario descalzarse, el suelo de insectos, cáscaras de pipas, mondas de naranja y escupitajos de tabaco y al fondo una roca en equilibrio que los fieles recubren con papel de oro adquirido en un mostrador de venta justo enfrente. El anochecer se acerca y la atmósfera va llenándose de magia, incienso, ofrendas, pintura en las caras, familias sentadas en corro, peregrinos durmiendo en el suelo, monjes haciéndose selfies, una guiri subiendo a un altar pese al cartel de prohibido mujeres y nosotros en plan estelar que, un poco sorprendidos al principio, algo pacientes después, y ante todo divertidos, damos lustre a nuestros minutos de fama mientras no paran de llegar peticiones de los birmanos presentes para que nos hagamos unas fotos con ellos. Considerando que el país estuvo prácticamente cerrado al turismo hasta 2011 les debió impresionar lo guapa que es Vanessa y lo elegante que soy yo (o quizá fue su elevada estatura y mi poblada melena). Amanecimos justo a tiempo de ver la interminable caravana de monjes que, cada mañana, avanza en procesión hasta la cumbre mientras la gente les va regalando arroz cocido, fruta, dinero y ¡cigarrillos! como el pícaro monje aprendiz aquel que me hizo el inequívoco gesto de los dos dedos en uve repetidamente sobre la boca-morrito. En paralelo, una igualmente interminable procesión de vendedores de arroz en dosis donación-para-monje para que tu ofrenda resulte, ante todo, espontánea.

Rumbo al sur paramos en Mawlamyine, no sin antes trabar conversación en una esquinilla embarrada considerada la estación de autobuses con un par de señoras adorables que nos regalaron turrón, mandarinas y casi una rebeca para que no nos muriéramos de hambre o de frío por el camino, y nos alojamos en un hotel muy chulo si bien la ciudad no nos inspiró para más que unos deliciosos noodles en una terraza frente a un atardecer en el río. Más partido le sacamos a Hpa-an donde, a pesar de los cuatro subnormales franceses que nos tocaron de acompañantes, disfrutamos de una excursión a diferentes cuevas budistas de los alrededores, incluyendo una batcueva donde cada anochecer, a la misma hora, salen para alimentarse miles de murciélagos disparados en torbellino. En este punto y pese a pagar religiosamente por asistir al espectáculo natural ofrecido a diario por estos entrañables roedores alados, los gabachos listillos, tan convencidos ellos como estaban de que había que subir a lo más alto del cerro y allí parapetarse para obtener la mejor perspectiva del fenómeno, bajaron al oscurecer muy presurosos al perfecto puesto de observación donde nos habíamos quedado tanto el vértigo de Vanessa como el mío, llegando sus gachas orejas tricolores justo a tiempo de no poder distinguir una mierda.

Al día siguiente paseamos por la ciudad entre desfiles callejeros y mercados de comida, siendo la última vez que le hacemos caso a la guía de viajes cuando nos recomienda un restaurante en el quinto pino donde la gracia se reduce a distinguir cuál de las nueve salsas que nos sirven es la más picante y de peor aspecto. Para hacer tiempo hasta el bus nocturno charlamos animadamente con un señor que nos aborda curioso mientras esquivamos los zarpazos no tan bien intencionados del nieto que lleva colgado y comemos habas fritas en el templo más cercano. Familias pasando el día, de merendola y sirviéndose te.

Amanecemos tras 12 horas de autobús hacia el norte en el lago Inle y, maldición, los franceses iban dentro. El hotel es un encanto de familia que nos perdona el habernos equivocado de día con la reserva, nos ayuda con el tour en barca hasta los pueblitos de las orillas, que es lo típico que se hace, y nos presta gratis unas bicicletas para que demos una vuelta a los alrededores.

En la barca, dos chavalitos, hermanos, nos llevan de aquí para allá entre pescadores, canales, plantas, búfalos y gente bañándose: primero un taller de plata donde las dependientas son tu espejo detrás de la vitrina, a saber, das un paso a un lado, la dependienta un paso al lado, das otro paso, la dependienta otro paso, te paras, ella también, cambias de mostrador, la dependienta corre, salta, resbala, se recompone, y ya la tienes enfrente antes de que tú hayas llegado; después un taller de tejidos con un sombrero para Vanessa; después un mercadillo ambulante donde todos los puestos ofrecen los mismos budas; después un templo donde se adora a tres piedras en un altar; después un restaurante donde los chicos pueden comer gratis por llevarte, después un taller de madera y construcción de canoas: después una fábrica artesanal de tabaco; después una zona de templos antiguos donde pagamos unos mototaxis para llegar; después un niño que nos deja mal cuerpo cuando nos pide dinero para comer; y después, ya de vuelta, una carrera a gritos e insultos con la barca de turistas de al lado que nos quiere adelantar por la derecha. Como ganamos nosotros los chavales se llevan una muy merecida propina.

En las bicis atravesamos campos de arroz y engañamos al calor parando en unos baños termales a mitad de camino donde conversamos con una familia letona que no habla palabra de inglés. Más adelante llegamos a un pueblo famoso por la fabricación artesanal de tofu donde un señor muy amable nos da de comer y nos hace una visita por diferentes casas donde se preparan pipas, cacahuetes, garbanzos, dulces, obleas, habas y alcohol de alambique, el tipo se aprovisiona de una botella para uso particular y brinda por la igualdad de género, mientras su señora se deja los brazos y los riñones en el fogón casero haciendo el tofu que se venderá mañana en el mercado. De vuelta al pueblo, cenamos en un restaurante de comida típica local, Vanessa tagliatelle al pesto y yo spaghetti carbonara, y organizamos otro busecito de esos de 10 horas hasta nuestro próximo destino.

En Bagan, que nos habían dicho que hace mucho calor, optamos por un hotel a las afueras, eso sí, con piscina, la cual nos vino muy bien al llegar tras el largo viaje. Al día siguiente les alquilamos una motillo eléctrica y, sin caídas ni sobresaltos para variar, lo dedicamos a pulular de un templo a otro, que básicamente es la gracia de este sitio. Los templos, esparcidos por una extensión bastante grande, son de piedra, de apariencia antigua, algunos grandes, otros pequeños, pero en todo caso muchísimos. Y en la puesta de sol, justo en el momento en que un lugareño intentaba vendernos un rubí más auténtico que el currículum de un diputado, se vieron muy bonitos.

Al amanecer hicimos equilibrismo mochilero para abordar, pasando por unos tablones sujetos con la imaginación de los tripulantes, el barco que nos llevaría, río arriba, hasta Mandalay. Moverse en barco tiene su romanticismo y nos pareció una pintoresca manera de viajar. Tras la primera hora de novedad, las restantes 10 fueron bastante coñazo. Cuando sale el sol, pese a la neblina, y cuando se pone, pese al cansancio, tiene un pase, pero el resto se lo puede ahorrar uno. Así como el sidecar que nos esperaba en el puerto de llegada para llevarnos al hotel. Un motorista a la izquierda intentando darnos conversación para vendernos un tour del día siguiente, y nosotros en el asiento del pasajero, espalda con espalda, aferrados al equipaje como espejismo de seguridad surcando calles envueltos en humo entre enjambres de vespinos, bocinazos de taxistas y semáforos girados sistemáticamente en rojo. Una vez en el hotel, un paseo al cajero más cercano nos desvela una acera al más puro estilo “sólo el penitente pasará”, con más baldosas rotas que enteras. Debí recordar que Buda en sánscrito se escribe con V antes de pisar mal y darme aquel piñazo.

Como Hsipaw se encontraba a 8 horas de distancia en tren, decidimos ir en autobús porque sólo íbamos a tardar 6, y qué momento elegimos, madre, porque por alguna razón perfectamente comunicada en birmano el bus se paró a mitad de trayecto, justo en la mitad de la nada, y allí estuvimos 4 horitas hasta que se hizo por fin la noche y el autobusero debió de creer conveniente que en tales condiciones de ausencia de luz sería más seguro continuar viaje. Total, cuando llegamos a destino los chicos que nos estaban esperando en el hotel yacían afablemente sobados en el suelo de la recepción. Criaturitas. Con una serie de improvisados bostezos nos alargaron la llave y ya se disponían a echar el cierre a tan fatigoso día cuando bajamos rápidamente de nuevo, antes de que se acostaran, para alertarles de un minúsculo problemilla de hormigas que había en nuestra cama, a lo que el somnoliento recepcionista me alargó mecánicamente un bote aerosol de veneno dirigiéndome una mirada “típicos turistas” bastante condescendiente; no, tronco, a lo mejor es que no me he explicado bien, le indiqué con un gesto que me siguiera hasta la habitación, le guié hasta la cacerolada de hormigaflautas que se había organizado entre las almohadas y sin más intercambio de palabras que sus ojos de plato y desencajada mandíbula abrió con la pierna la habitación de enfrente, revisó el cabecero de la cama por si la primavera árabe se había propagado a través de las redes sociales, nos hizo una reverencia hasta el suelo y nos cerró la puerta. Lo último que vimos fue cómo se agenciaba una silla a modo de escudo, tomaba aire y abría humo indiscriminadamente hacia la insectil manifa.

Nuestro interés en visitar Hsipaw era para hacer senderismo por las montañas colindantes y pasar la noche en un poblado indígena aunque hubo que cambiar de idea cuando, al día siguiente, el guía nos informó de que, y desde hacía un mes, estaba habiendo tiros entre ejércitos locales habiéndose elevado el riesgo de vernos en medio de fuego cruzado por delante y minas antipersonas por detrás. No nos enteramos muy bien, y la wikipedia tampoco lo sabe aclarar, el caso es que los Palau estaban a hostias con los Kachin, o eran los Karen los que peleaban con el ejército central, o si no era que los Mon habían firmado un armisticio con los Bamar y entonces se rebelaban los Shan, en fin, que salga ahora Monedero hablando de plurinacionalidad en un país que reconoce oficialmente 135 grupos étnicos diferentes. Aún así nos dio para un día estupendo explorando pueblos cercanos, pateando caminos seguros, remontando un río en bote, refrescándonos los pies cuando hizo falta (Vanessa adentro que fue con ropa y todo), visitando templos antiguos y escuchando de la boca de unos parientes lejanos la historia de la ilegítima e injusta expropiación de títulos y propiedades del príncipe en el exilio. Porque, por supuesto, lo verdaderamente legítimo de un país es que sea una monarquía y que unos reyes posean por derecho las mejores tierras.

Para volver a Mandalay jugamos sobre seguro y elegimos el tren, tan lento como bamboleante, atando las mochilas a los guardaequipajes y aún así alguna le cayó encima a alguien. Aunque se atravesaron fuegos a pie de raíl cuyas llamaradas a través de las ventanas sin cristales amenazaban la integridad capilar de las cejas, el momento álgido se dio al atravesar el viaducto del Goteik, inaugurado en 1900 y dotado de, nos parecieron, idénticas medidas de seguridad a las de aquella época; yo pasé el tramo tragando saliva, mirando al frente, sintiendo el viento atravesar la cabina y escuchando los pájaros piar a mi oído mientras Vanessa se marcó un avestruz con tanta flexibilidad y elegancia que ya lo quisiera imitar el papa Francisco al bajar de un helicóptero.

Ya en Mandalay acudimos a la actuación del único componente en activo de los míticos Moustache Brothers, trío cómico y cabaretero que tuvo ciertos problemas legales allá en 1996 cuando les dio por hacer bromas sobre los generales de la junta militar y su aprecio por las prácticas corruptas. Todo hubiera quedado en mera anécdota de no haber usado títeres en la ejecución de sus rutinas, lo que les acarreó 7 años de trabajos forzados a dos de sus componentes y la prohibición de por vida para actuar en birmano, esquivando por poco la pena de muerte al no haberse rapeado ninguno de los chistes.

Nos ha encantado Myanmar. Un misterio, un descubrimiento, una joya. Cuando te cruces con un birmano simplemente sonríe, y te sonreirá de vuelta. Siempre.

Eso sí, reza para que no sea uno de los mascadores escupidores de tabaco y procura mirar por dónde pisas cuando entres descalzo en un templo.

¡Mingalar Bar!

Colombia

“I have a dream” coreó Simón Bolívar ante una muchedumbre enfervorizada y así nació la gran nación que aglutinaría a todos los pueblos latinoaméricanos, independientes y libres por fin del colonialismo impuesto en sus tierras por las potencias extranjeras. “Te llamarás Colombia” y se giró inseguro hacia su consejero de marketing que asentía condescendiente con los dos pulgares alzados. El Libertador tenía la corazonada de que aquel nombre, basado en el ínclito genovés iniciador de sus males, les traería a la larga mal fario a nivel kármico. Malditos publicistas de Harvard.

Colombia (tres semanas)

Cuando el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel en Bogotá nos insiste tres veces que cerremos los seguros del coche, se empeña en aparcarnos en la puerta y no un poco más allá, nos ordena no dejar la mochila en el suelo ni un segundo y nos cobra el viaje más caro que la tarifa oficial, nos damos cuenta de que por aquí, tonterías las justas. Aún así nos da para un paseo por el centro, una visita al museo Botero y vuelta al hotel antes del anochecer.

Sin tiempo para acostumbrarnos a que constantemente se estén equivocando a su favor al darte el cambio, nos subimos en un avión hasta Barranquilla para vivir en primera persona los segundos carnavales más grandes de toda Sudamérica, para lo cual el hotel en el que habíamos reservado nos recibe con un triplicado en el precio de la habitación, una gorra regalo y una sonrisa de diente de oro. Pagamos una fortuna para entrar en un palco, vemos al pueblo bailar y desfilar en el cumbiódromo, asistimos a una guerra de espuma sufriendo daños colaterales y celebramos el punzante e ingenioso discurso de La Reina del Carnaval mientras cuidamos el cubo a la latera que se ha ido a por las vueltas tras pagarle dos cervezas.

Al no existir el bus que habíamos reservado por internet, nos lo cambian sobre la marcha en la estación y vamos a Santa Marta con la intención de visitar las playas del parque nacional, pero como está cerrado para que los indígenas purifiquen la tierra y hagan ofrendas a sus antepasados nos conformamos con hacer tubing por un río mirando con prismáticos cómo duermen los monos la siesta.

Una puesta de sol entre vendedores ambulantes más tarde agarramos otro bus hasta Cartagena, obviamente tampoco el previamente reservado sino uno que estará llegando ahorita, espérenlo allá. El casco histórico merece mucho la pena, vamos al cine, tomamos helados, estamos de terrazas, huimos cuando empieza a actuar Michael Jackson en nuestra oreja, y el hostal está chulo, recién abierto por un italiano que se mosquea con nosotros al no salir un día de la habitación habiendo tenido el aire acondicionado constantemente encendido. Aprovechamos para pasar tres días en las Islas de San Bernardo, a dos horas en barco de Cartagena, incluyendo en el trayecto de ida un avistamiento de delfines silvestres y quemaduras de segundo grado por la parte de la izquierda, sector nariz, y en el de vuelta una montaña rusa de olas, remojones, estómago en caída libre y muchas ganas de mear. En las islas, cocktail de bienvenida, masajes, camarote con hamaca y vistas al mar, aguas esmeralda, playas blancas, snorkel en banco de coral, baño de noche entre plancton luminiscente, pulgones y medusas, y un chef que va de mesa en mesa recogiendo cumplidos por el menú.

Un avión nos lleva a Medellín, encontrándonos una ciudad molona, bien comunicada, alternativa y moderna. Con ganas de que te lleves una buena impresión y se lo cuentes a tus amigos. Un día hacemos un tour por el centro que nos gusta mucho, chapó para el guía, arte, política, historia, anécdotas, y cómo no, Pablo Escobar, y otro día hacemos un tour por una comuna (el equivalente a una favela) que también nos gusta, metrocable, graffiti, proyectos sociales, costumbres y, cómo no, Pablo Escobar. Pues de tanto mentarlo habrá que verse la serie, pensamos.

Una furgoneta nos transporta a Manizales, en el eje cafetero, y aún nos acordamos entre náuseas de las dichosas curvitas y del Luis Moya que tuvimos por conductor. Nos aposentamos en una habitación con terraza, en la cima de una colina con vistas al valle, sin wifi, dejamos la vida transcurrir y nos tragamos por mero interés documental las dos primeras temporadas de Narcos en tres días. ¿Sí o qué? Paseamos entre plantaciones de café, charlamos con lugareños y cenamos vegetariano; el truquito está en echarle limón a la sopa y poner un poco de patata en cada pinchada, ¿listo?

De vuelta en Bogotá nos apuntamos a un tour de graffiti por el barrio, nos vuelven a hablar de Pablo Escobar (y esta vez ya estamos informados), y apuramos los últimos días en la zona hipster de la capital, reflexionando sobre lo jodido que debe de ser crecer en un país que lleva toda la vida en guerra, si no es una cosa es la otra, sobre el buen ánimo que tiene a pesar de ello la gente, con sus ganas de salir adelante, de hacer cosas y de mostrarte lo bonito, y ahora seguro, que es Colombia. Lo que hemos vivido nosotros, así ha sido. Hágale.

 

 

 

Brasil

Para un golpe de estado en Europa necesitas tanques en las calles, tiros en el congreso y un monarca molesto por tanta transición. En Latinoamérica te hace falta un soborno al presidente y enviar armas al ejército. En Brasil basta con aplicar la doctrina Lance Armstrong, donde todos los políticos se dopan pero sólo encarcelan a Lula.

Brasil (un mes)

Y si nos quedamos menos tiempo tampoco hubiera pasado nada.

Fase 1: desmitificar el brasileiro-portugués como un idioma facilito de entender. Ni Vanessa con su poliglotía y genealogía gallega fue capaz de entender un caralho.

Fase 2: desmitificar Río de Janeiro como epicentro del crimen. Incluso tenemos la osadía de abandonar la habitación, dejar atrás el acogedor recinto vallado del hostal y caminar por nuestra cuenta y riesgo hasta la playa de Copacabana pasado el atardecer. Sólo después de haber rociado con spray pimienta la cara de los 5 primeros transeúntes que se nos acercaron empiezo a entender que Río es una ciudad tan normal como otra cualquiera y que mirar compulsivamente a mi espalda resulta histriónico. Ajena a una adolescencia marcada por la emisión semanal de Documentos TV, Vanessa asiste burlona a la deconstrucción de mis temores.

Fase 3: desmitificar las cataratas de Iguazú como espectáculo de la naturaleza. Difícil empresa esta, pues si bien es mi segunda visita y no existe el plus de la novedad, ciertamente siguen siendo impresionantes. Pongamos a parir entonces al guía de nuestro tour, empeñado en que no hiciéramos el circuito superior con la aplastante lógica de que el resto de integrantes de nuestro grupo no habían contratado un paseo un lancha que nosotros sí hicimos, ergo algo tendríamos que sacrificar para sincronizar los horarios. Pongamos a parir a los compañeros turistas de nuestra lancha que, mientras nos acercábamos solemnemente a una de las caídas de agua, activaron el modo selfie en una interminable y opaca fila de cuerpos hasta la proa, justo ahí entre la catarata y tu vista. Pongamos a parir, cómo no, al conductor de la lancha que, a primera hora de la mañana nos sumergió tres veces bajo el chorro de agua entre gritos, aplausos, vítores y un par de zapatillas inevitablemente encharcadas por dentro que nos acompañarán después al ritmo de chofchofchof durante el resto del día. Y ya que estamos, pongamos a parir a las nubes y a la lluvia constante que hizo de este más que económico tour una visita inolvidable. Por cierto, antes de marchar recordamos al guía que el recorrido superior que nos quería regatear estaba incluido en nuestro paquete y tras haber apelado a su ética profesional así como mencionar posibles diligencias judiciales, lo pudimos visitar satisfactoriamente, si bien nos condujo en plan indignada liebre de Saïd Aouita.

Fase 4: desmitificar la música bahiana como rica en texturas. En Salvador de Bahía sólo se escucha percusión. Tambores por aquí, tambores por allá. Los conciertos espontáneos que vimos por la calle se limitaron a unos chavales pasando la gorrilla, un grupo de estudiantes de percusión alemanes en viaje de fin de curso, y el rodaje de un anuncio de colonia para el mercado hindú con unos rastas de fondo haciendo malabares con un bombo. Y el que vimos indoors, de los míticos Olodum, tuvo su gracia al principio, que a partir de la cuarta hora ininterrumpida de concierto, Vanessa y un servidor empezamos a intercambiarnos miraditas para ver quién era el primero que se atrevía a insinuar la retirada. La próxima vez nos quedamos en la iglesia, que tiene la misma marcha y sabes que terminará pronto porque hay que pasar el cepillo. Las calles son de pavés en cuesta y sin lado de la sombra, las fachadas coloridas, aquí un tipo te pinta símbolos tribales en el brazo, allí otro te pasa unas ramas por la cabeza, alguien pide tu lata vacía para echarla a un saco, te levantan unos duros por una rosa de bambú que no te dan, un chaval te vende una botella de agua por el doble, la señora de las palomitas un cucurucho por el triple, el conductor del uber casi la lía en un giro en dirección contraria, pagamos la entrada a un museo sólo para poder encontrar un baño, en la oficina de correos te dan los sellos mal, y el día que salimos de excursión a la playa hubo que improvisar porque no pasó el autobús de vuelta. Con eso y todo, Salvador, molas mucho.

Fase 5: desmitificar la arquitectura colonial como lugar de obligada visita. En Lençois nos encontramos con un pueblito dedicado única y exclusivamente a la gestión turística, los edificios ensombrecidos por la agencia de viajes de la planta baja, el callejón intransitable por la aglomeración de terrazas, restaurantes, tascas y músicos callejeros, y la excursión al parque nacional como el que pilla el metro en hora punta. En Ouro Preto, Mariana, Tiradentes (al que ni fuimos), se respira el gastado esplendor de las antiguas riquezas que proporcionaron sus minas de oro en siglos anteriores, despilfarradas por los europeos en lujos, mansiones e iglesias de las que no queda más que fachada, ticket de entrada y pedigüeño al acecho, además de cobijar en la estación de autobuses a un taquillero más lento que el mago manco. Al contrario que Belo Horizonte, ciudad que sin ser bonita ni aparecer en guías disfrutamos por su normalidad, sus exhibiciones multimedia gratuitas, sus ensayos callejeros pre-carnaval, sus manifestaciones políticas y una habitación de airbnb donde a la higiene aún se la está esperando. No muy lejos de allí, Inhotim, un maravilloso parque botánico-museo-galería de arte donde para entrar te piden el certificado de vacunación y te regalan spray anti-mosquitos no sea que el brote de fiebre amarilla que está asolando la región te estropee unas merecidas vacaciones.

Fase 6: desmitificar las playas brasileiras como idílicas estampas de postal. 10 horas de autobús nos chupamos expresamente para visitar las renombradas playas de Paraty y vacilar un poco con las fotos. Entre que el primer día llovió y que el resto de la semana le cogimos apego a la terraza de la habitación, lo más cerca que estuvimos de tan memorables vistas fue cuando fuimos al economato de la esquina a reponer galletas de chocolate.

Fase 7: una vez desmitificado Río de Janeiro, volver allí para vivir peligrosamente: el airbnb, con vistas, lo pillamos en un barrio modesto donde para llegar a la casa te subías en una furgoneta llena de locales, caminamos por en medio de la sudorosa gente en una fiesta callejera en vísperas de carnaval, visitamos la favela más grande de sudamérica haciéndonos salir el guía precipitadamente de una terraza panorámica en cuanto sonaron allá abajo los primeros disparos y, para ir a la playa de Ipanema, cogimos despreocupados el metro estando a punto de meternos en el vagón exclusivo para mujeres.

Resumiendo: En Brasil, aguas mil. Brasilero, enano, parla castellano

 

Cuba

Disclaimer: El texto de este post es inusualmente (más) largo y denso. Si estás en el trabajo, es domingo a la hora de la siesta o tienes las lentejas en el fuego, te recomiendo que saltes directamente a las fotos y pospongas su lectura hasta otro momento más propicio, quién sabe, quizá nunca. Avisado quedas.

 

Estamos en el año 59 después de Castro. Toda Latinoamérica está ocupada por los imperialistas.. ¿Toda? ¡No! Una isla poblada por irreductibles cubanos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de mercenarios imperialistas de los campamentos fortificados de Guantánamum, Miamium, Londonum y Bruselum..

La historia la escriben los vencedores, y esta dice así: Érase una vez que se era una isla paradisíaca del Caribe, bañada permanentemente en el sol, cuyos valles majestuosos y prístinas playas de aguas cristalinas daban seguro cobijo y rico alimento a toda flora, fauna e indígenas que en ella habitaban. Un día llegó a sus costas un despistado marinero que llegaba tarde a una cita que tenía con un urólogo en Calcuta, al que le había fallado el GPS y y que sólo quería parar un momentito en tierra para cagar, repostar gasolina y pillar el último cassette de Camela, pero que, con tal de no oir más quejas de su hambrienta tripulación y esquivar el motín que se estaba preparando, les hizo creer que habían llegado ya a destino y plantó una estelada en la playa expropiando la isla en nombre de la democracia y al amparo del estado de derecho constitucional. Se daba así por inaugurada la radial de peaje Colonial-I, por la cual empezaron a arribar guardias jurados, telepredicadores, agentes inmobiliarios, asesores fiscales y un notario de Palencia. Los vecinos decidieron movilizarse pacíficamente con manifestaciones y sentadas en las playas más relevantes haciendo más fácil la aplicación de la ley mordaza por parte de los antidisturbios que los exterminaron a estornudos o a palos, lo que fuera más rápido. Habiéndose recalificado todos los terrenos hizo falta recurrir a mano de obra extranjera, principalmente africana, para abaratar los costes de explotación, y el oligopolio así construido impuso un áureo control de todas las actividades cotidianas con especial atención al fútbol y a los toros. La vida discurría tan plácida y el statu quo se mantenía tan falto de sobresaltos a excepción de alguna que otra insignificante insurrección de esclavos, o el nacimiento de algún ilustre y subversivo poeta en armas, llamémosle José Martí, que nadie se dio cuenta de que los vecinos imperialistas del norte habían crecido hasta convertirse en el matón del barrio y habían declarado como objetivo estratégico inalienable hacerse con el poder en la isla. Por el bien de la libertad, dijeron. Para ello usaron la estrategia de la fruta madura, a saber, esperar a que España la cagara solita, nada nuevo por otra parte, y cuando el incipiente independentismo cubano estuviera a punto de ganar, autoexplotarse un barco en la costa, echar la culpa al monarca ibérico y presentarse a recoger las ganancias. De este modo, el nuevo gobierno pasó a ejercerlo la United Fruit Company, que sucesivamente fue contratando a diferentes presidentes que, organizándose en fructíferas tramas de corrupción, fueron implementando políticas de austeridad, privatizando bienes públicos, construyendo circuitos de Fórmula 1, y destruyendo a martillazos los ordenadores del gobierno. Llegamos más o menos a 1953, cuando un joven abogado que apunta maneras, hijo de un gallego y una cubana, se cansa de tanta dominación y decide asaltar con un grupo de amiguetes y un hermano pequeño un cuartel militar en el sur del país, aprovechando que es carnaval y se pueden vestir de sargentos y ponerse bigotes postizos sin llamar la atención. Su intención es hacerse con las armas del arsenal, y que el ruido generado haga saltar la chispa de un levantamiento popular que le devuelva la legítima soberanía a los cubanos. El tema sale rana y, entre que un guardia hace ronda por donde no debe empezando los tiros antes de tiempo, que la segunda unidad se confunde de edificio donde atacar y que se les despegan los bigotes con la humedad caribeña, el asalto fracasa y el aspirante a revolucionario, ya famoso, da con sus huesos en la cárcel, de donde nunca debió salir amnistiado dos años después porque, vaya si la lió. Cagada, cagada eso de liberarle, porque es salir el tipo este de la cárcel y exiliarse a Méjico, y de ahí a conocer al Che, montar una expedición de asalto en barco, refugiarse en las montañas con sólo 12 soñadores, dejarse barba esta vez de verdad, ganarle la guerra al ejército oficial, y hacer una revolución socialista en las mismas narices del Imperio sólo pasan 3 años. Los siguientes 60 los dedica a resistir el mongoosismo imperialista (o como acabar con el ejemplo), y a eliminar el analfabetismo, aumentar la esperanza de vida, reducir la mortalidad infantil, repartir la tierra y dar casa, comida, sanidad, educación, seguridad, pleno empleo, orgullo y algún que otro quebradero de cabeza en cuestiones de propaganda, salarios y libertad de expresión a los vecinos. ¡Ah! lo mejor: no existe ni la publicidad comercial ni la tuna.

 

Cuba (1 mes)

Empezamos, cómo no, en La Habana, y los primeros días son de aclimatación y de colas. Cola para el Etecsa, que es el único sitio donde se puede conseguir un número de móvil cubano y tarjetas para conectarse a internet. Cola en el Cadeca, que es el único sitio donde se puede cambiar dinero y conseguir pesos cubanos. Cola en el cine, porque estos días está el festival de cine latinoaméricano y primero entran los que tienen el pase y luego los demás. Cola nuevamente en el Etecsa porque resulta que no se puede comprar el móvil cubano ni las tarjetas de internet sin pasaporte y la primera vez no lo llevábamos encima. Cola en el pueto de perritos calientes que, si hay tanta gente esperando deben de ser baratos. Cola, y van tres, en el Etecsa porque ayer no funcionaba la conexión electrónica y no podían dar de alta ni el móvil cubano ni las tarjetas de internet. Cola en la estación de autobuses, que van todos llenos y hay que resignarse a la lista de espera y acudir una hora antes de la salida por si ha fallado alguien.

Existen dos tipos de pesos cubanos, los CUCs y los CUPs. Los primeros, también llamados divisa o convertibles, valen lo mismo que un dólar y, digamos, es la moneda de los turistas, y los segundos, también llamados pesos cubanos o moneda nacional, valen 4 céntimos de dólar y, digamos, es la moneda de los cubanos. A ver, qué lío. O sea que vas a un sitio y pagas en divisa, luego en otro no te la aceptan, sólo moneda nacional, y luego en otro te aceptan los CUCs pero te dan el cambio en CUPs. Menos mal que si vas al Museo de la Revolución te lo ponen fácil, los cubanos pagan 10 pesos en moneda nacional por entrar y los turistas 10 pesos en divisa, dejándote así de historias (hasta que te das cuenta de que los cubanos han pagado 40 céntimos la entrada, y tú 10 dólares, en un museo que, por cierto, no vale mucho la pena). Esta doble vara de medir no es metafórica, se traduce en la calle y me atrevería a decir que en la distribución social de la riqueza. Por un lado tienes una economía que por diseño político intenta ser estructuralmente distributiva, donde el coste de productos básicos de alimentación, vivienda o energía, es marginal a través de subvenciones estatales y donde los salarios son muy bajos incluso entre profesionales cualificados (maestros, ingenieros, médicos); y por otro lado tienes una economía alrededor del yuma (turista), donde por una cena o por una noche de hotel te cobran lo que ganaría un profesional en un mes, que, si bien es un ingreso neto de riqueza en el país, este se distribuye principalmente en el sector terciario, enriqueciendo relativamente a hosteleros y arrendadores frente al resto de la población, aumentando por tanto la desigualdad económica, encareciendo la comida en general y provocando una fuga interna de cerebros, donde el ingeniero se hace taxista, el maestro arrendador y el médico, si es que no se ha ido ya a Venezuela o Brasil para cobrar plus por internacionalismo, se hace guía turístico.

Estábamos en La Habana, intentando conseguir tarjetas de acceso a internet (de una hora, de tres horas, de cinco horas) bien haciendo la cola en el Etecsa, o bien comprándosela a un chaval en la calle por el triple de su valor. Vale, lo siguiente es localizar un punto guaifái oficial, que suelen estar en los parques centrales o, no tiene pérdida, allí donde veas mogollón de gente sentada en bancos, poyetes o en el suelo mirando, tecleando o hablando con el móvil. Entonces buscas un sitio cómodo, abres una bolsa de palomitas, te armas de paciencia, conectas tras varios intentos el wifi de tu móvil a la red guaifái oficial, cruzas los dedos a ver si se abre una pantalla de login, introduces el usuario y la clave de la tarjeta, y empiezas a ver cómo se te consumen 7 minutos de conexión sin haber podido aún abrir la portada del Marca. ¿Que se cae la red guaifái a la mitad de la sesión, lo cual es casi siempre? Tranquilo, que el tiempo de la tarjeta sigue corriendo sin poder acceder a la pantalla de desconexión y mañana estará tan vacía como la biblioteca de Celia Villalobos.

En La Habana paseamos por el Malecón esquivando con acierto las olas que golpeaban el muro y lo escalaban salpicando hacia el otro lado y una vez empapados tras un fallo de cálculo y cierto exceso de confianza dimos una vuelta por la ciudad vieja helado de cucurucho en mano al son de músicos callejeros y espontáneos caricaturistas. Para volver a casa, y tras negociar un precio siempre injusto, nos montaron en el coche más escacharrado disponible.. al entrar se me cayó el marco de la puerta encima, hizo falta tres minutos de intentos para arrancar, se caló en marcha un par de veces, una de ellas después de un sospechoso clunk del motor y cierto olor a aceite quemado y cuando el conductor nos deja 10 calles más abajo y nos pregunta si ese es el sitio, nos faltó tiempo para decirle que sí, y bajar echando leches del coche, besar el suelo y caminar 15 minutos tranquila y felizmente hacia casa.

En La Habana fuimos dos veces al cine, primero a ver una película venezolana mala, muy mala, sobre el fallido golpe de estado a Chávez y donde un señor muy amable nos pagó la entrada ya que la taquillera no nos quería aceptar divisa y no teníamos moneda nacional, y al día siguiente, ya con moneda nacional, fuimos a ver una argentina donde, el mundo es un pañuelo, nos saludó como a viejos conocidos una pareja de señores con los que habíamos estado hablando en la cola del cine el día anterior. Unos días más por allí y terminamos tomando cañas con la cúpula del partido.

Para iniciar la ruta por la isla, pensamos que lo mejor sería pasarnos por la oficina de turismo, que nos ofrecerían información objetiva, sin sesgo, sobre lugares a visitar y cómo llegar a ellos, y salimos de allí con una casa reservada en Viñales, un taxi para llevarnos allá y un me llamo Juan Carlos de Infotur. Ya saben, la oficina de turismo informa de esto y blablá, pero si quieren, y como ayuda que ofrezco a modo personal a los yumas, ejem, perdón, turistas y porque me han caído ustedes la mar de bien, yo conozco una casita en, y conozco a un taxista que, y no dejen de llevarse esta (larga) lista de casas particulares en toooodas estas ciudades en las que les recomiendo alojarse y en las que, no se olviden, den siempre mi nombre como contacto.

Las casas particulares es el modo que tienen los cubanos de poder alquilar habitaciones a los turistas, ya que los hoteles pertenecen todos al estado, Para ello, el cubano debe pedir una licencia al gobierno para poder alquilar una habitación, el cual a veces las concede o a veces cierra el grifo. Si has conseguido licencia, debes pagarle una tarifa plana mensual y no barata al gobierno, tanto si has alquilado la habitación como si no, además de pagar un porcentaje del alquiler por cada noche que sí la hayas alquilado. La habitación estándar contiene baño propio con ducha caliente, minibar con agua, cerveza y su tabla de precios, y las casas ofertan desayuno y cena de pago. Curiosamente, los precios son más o menos estándar en todas las ciudades que hemos visitado. Si tienes suerte y te ocupan unos turistas tu habitación incluyendo desayuno y cena, resulta que puedes ganar en un día lo que ganarías en tu trabajo en un mes. Corolario, existe una competencia feroz por que el turista ocupe tu casa y no la de tu vecino. Se origina así lo que se llama la cadena de contactos, si te alojas en una casa, te preguntan a qué ciudad te diriges después y siempre conocen a alguien con una casa fabulosa en el sitio al que vas, y todo amabilidad, encanto y presión pasiva-agresiva llaman por teléfono delante de ti al contacto y te consiguen tu nuevo destino así como un taxista de confianza para llevarte, de modo que, y hasta que sales de la cadena por una y otra razón, los alojamientos van apareciendo delante tuya como por arte de magia. O de invento. Obviamente, los arrendadores nunca se olvidan de enviarle un chequecito de comisión al contacto anterior en la cadena, ni tampoco de enviarle a los turistas que tienen ellos ahora si es que van de vuelta. Quid pro quo, Clarice. Naturalmente, siempre puedes negarte, ir por libre, conseguir los transportes por tu cuenta, llegar a los sitios, llamar a las casas, regatear, etc, y eso hicimos nosotros en alguna ocasión si el de la casa no nos cayó bien, se intentó aprovechar demasiado o el destino era tan lejos que no tenían cadena allá, aunque la mayor parte de las veces fuimos de contacto en contacto.

En Viñales, nuestro primer destino tras La Habana, caímos en la casa de Sarita a través de Juan Carlos de Infotur. Y de allí permanecimos en la cadena de Sarita hasta por lo menos 4 ciudades más. La verdad es que Sarita, maestra retirada a arrendadora, y su madre, un encanto de señora, nos cayeron muy bien y echamos muchas risas. Un pueblito muy turístico, este de Viñales, todas las casas, todas, eran arrendadoras. Nada más llegar Sarita nos consiguió (acostúmbrense a Cuba, todo es economía colaborativa en cadena) un tour en caballo semiautomático para visitar una fábrica manual de puros, no compramos, una plantación de café, sí compramos, y una pequeña laguna, sí nos bañamos, donde se me perdieron las gafas de sol (si estáis atentos a las fotos después, incluso, snif, snif, podéis ver la última vez que las llevo.. a partir de ahí y en próximos posts no volverán a salir..). Mi caballo, por cierto, hacía caso sólo a su estómago, ignorando toda rienda habiendo alfalfa delante. Al día siguiente fuimos a unas cuevas, una más pequeña y turística por aquello de hacer el último trecho en barca, y otra más interesante donde, el taxista que teníamos alquilado nos recomendó no hacer la visita oficial y acudir “por la izquierda” a unos conocidos suyos que ofrecían paseos no tan oficiales por el mismo precio pero más personalizados.. obviamente acabamos pagando de más porque nos mostrarían niveles en la cueva que no estaban incluidos en la visita oficial, más difíciles de acceder pero con la recompensa de ver lo que otros no verían, y ya que estamos allí.. Nada que objetar, porque estuvo genial, el plan era estar dentro una hora, y la charla con el guía era tan interesante que se nos fue a todos un poco el santo al cielo y los de afuera incluyendo a nuestro taxista que se quedó esperándonos (qué habrá sido de estos chicos, qué cojones pasa que tengo el taxi parado, me aburro) tuvieron que enviar al equipo de rescate que ya van tres horas, no sea que les haya pasado algo a estos yumas y ya la tenemos liada. Nuestro guía se llevó una severa reprimenda del jefe y una generosa propina por nuestra parte, no precisamente en este orden.

La cadena nos envió a Playa Larga en colectivo (o cómo meter a 13 turistas en una camioneta con las ventanas abiertas encima de un tubo de escape sin filtro), donde las cenas fueron las mejores y más abundantes de todas las casas en las que estuvimos. La playa no estaba mal, excepto a la hora del anochecer, donde en cuestión de dos minutos pudimos contabilizar al menos 25 ataques de mosquito en la espalda de la, algo mareada por el veneno o la sugestión, dolorida Vanessa. Mis brazos y piernas andaban más o menos a la par, ya que tuve el reflejo de meterme rápidamente en la camiseta nada más empezar las hostilidades salvaguardando así cierta honra dorsal. Agarrando un bus de los Simpson lleno de turistas descamisados en plena competición de tatuajes, disfrutamos también de una excursión de snorkel en una pequeña barrera de coral, con aguas transparentes, abundantes peces de colores y algún que otro neumático enterrado en la arena. Con la perspectiva de lo ya acaecido, debimos habernos alojado en Playa Girón, que es casi lo mismo y estaba al lado, sólo que además cuenta con el museo de la fallida invasión de los imperialistas (lo de bahía cochinos, vaya) y hubiera molado averiguar un poquito más de la gran historia revolucionaria. Se repelió el intento de invasión, eso está claro, pero me quedo con la duda de saber cuánto influyó en ello el factor mosquito.

Pasando de camino brevemente por Caleta Larga (más snorkel, más peces, un par de mojitos) llegamos a Cienfuegos y nos alojamos en las redes del pérfido Pepe, que nos lo habían vendido como a un interesante director de escuela con mucha historia que contar, y nos encontramos una casa cuyo descansillo no desmerecía una exposición en el salón principal del Louvre comisionada por el todo a cien de la esquina. El asunto empieza ya bien cuando el amigo Pepe nos quiere cobrar, y de hecho nos cobra, más del precio estándar y pre-acordado en la cadena, Y pese a su insistencia en que cenemos las langostas más grandes de la isla, llegadas en bandeja de plata pulida a sus augustas manos desde el coto de pesca privado del mismísimo Neptuno, nos decidimos por el exquisito pollo que su multitudinario equipo de servicio más que cocinar, sabe acariciar hasta que el collage de sabores especiados ensalzan su textura al contacto con el paladar. Que es un filete de pollo a la plancha, colega, lo estás cobrando al precio de la langosta en otras casas, y además sin patatas fritas. Huyendo de las garras de Pepe y esquivando a varios sirvientes, un yerno taxista y dos columnas dóricas de cartónpiedra llegamos por fin a la calle, respiramos libertad y tanto disfrutamos en un paseo muy guai de la tranquila, colonial y artística Cienfuegos, incluyendo una didáctica charla literario-histórica-política con un pintor al que regateamos a su favor una pintura muy chula, que nos dio pena haber planeado quedarnos solamente un día y donde, de no existir Pepe, hubiéramos seguro extendido la estancia.

Nuestro siguiente destino es Santa Clara, donde se encuentra el mausoleo con los restos del Che, rescatados de la fosa común en Bolivia donde los puso inicialmente la CIA, y a quien nada más llegar ofrecimos nuestros mayores respetos en cumplida visita reglamentaria. Llegábamos maldiciendo por lo bajo pues, pese a nuestros esfuerzos por hacernos los longuis y esquivar lo inevitable, en una furtiva salida al patio, fuimos detectados por los sensores de movimiento de Pepe y, con la más natural de sus cordiales sonrisas, nos acorraló ante el teléfono mientras marcaba el número de su contacto en la cadena, habiendo sido asignados, sin más intervención que la de su omnipresencia, a la casa de su cuñado en Santa Clara. ¡Por una vez la providencia nos ampara! Y sabe mal celebrar desgracias ajenas, pues a tenor de un no tan repentino deterioro de la salud de un familiar, el cuñado hubo de transferirnos a nuestra llegada a la casa de otro conocido, sin más relación con Pepe que el más distante, y para nosotros liberador, amigo de un amigo. Desde aquí mis deseos de salud y pronta recuperación del familiar en cuestión. Dicho esto, la carambola no nos pudo salir mejor porque dimos con la casa de Julio César, su esposa, sus dos niños y su madre que vive abajo, donde nos sentimos más a gusto y más en conexión que en todas las otras casas donde estuvimos en Cuba. Alargamos nuestra estancia, por supuesto. Y pasamos la Navidad en su casa, tan contentos. Enumerando, tenemos la terraza con música de Sabina, los mojitos con hierbabuena recién cortada de la maceta, conversaciones técnicas, políticas, sociales, económicas, históricas, culturales y un par de ricuras en forma de niño y niña que corretean alrededor de la mesa y se parten de risa cuando me golpeo contra la silla. La noche del sábado nos pasamos por el Mejunje, garito alternativo donde según la guía habría un show de drag queens que, lamentablemente se ha trasladado a la Nochebuena del domingo, y donde entre drag queens de paisano y clientela habitual de sábado conocemos a Crespo, el primer y único okupa ilegal legal de toda Cuba (sic), que vive allí y cuya función aparentemente es la de ir juntando a todos los turistas que encuentra para que nos relacionemos entre nosotros. La Nochebuena la pasamos en Remedios, que es donde se celebra la fiesta más grande y con más gente de toda la isla, si famosos son sus juegos de luces y desfiles de carrozas, míticos son sus fuegos artificiales. Pues bien, conseguimos colarnos en un colectivo que organiza Arturo el gordo y que contiene, en orden de aparición, un mejicano con bigote en punta a lo mosquetero y/o hipster que canta rancheras en armónico dúo con Arturo y esto aún antes de haber probado gota de licor, una pareja chico-chica de majetes mochileros brasileños por el mundo, una pareja, hombre-chica de bolivianos que al principio pensamos que son pareja y luego resulta que son padre e hija, donde el padre es ministro de Evo Morales y me cuenta más tarde en el fragor de la botella cómo echó a patadas de su despacho a un cobrador del frac que había enviado el banco mundial, una pareja chico-chico de singapurenses muy, muy, muy graciosos y ocurrentes y, cómo no, un ruso con aires de bohemio que sin hablar pizca de español se hace con una botella de ron a falta de vodka y vasos de plástico para todos que va rellenando igualitariamente al ritmo de “bebe kodro” pero con acento del este de los de verdad. Y a todo esto, esperando que empiecen los fuegos de la medianoche, que ha sido ver volar literalmente dos cohetes de estos de preparación, y desde entonces aquí estamos a las tres de la mañana, esperando, sin comida, sin fuegos, y con alerta rusky porque se ha acabado la botella y parece que el notas está intentando conseguir otra. El más emotivo fue el ya, a estas horas de la botella, pesado de Arturo que, entre que no sabía inglés para hablar con nadie del grupo y yo que me dejo liar, me adoptó como compadre entre abrazos tenaza, lágrimas alcohólicas contándome sus penas de la infancia y perdigones y berridos en plan exaltación de la amistad tan cerca de mi oreja, que los brasileños hacían apuestas con Vanessa a ver cuándo me iba a soltar un morreo. Llegó la hora de la retirada, sin ron, sin morreo y aún sin fuegos, los cuales se dignaron en aparecer por fin a las 4 de la mañana cuando estamos moviéndonos por la calle entre la gente, buscando el carro con el gps de mi móvil, e ignorando a Arturo que, se supone que siendo el guía sabría volver, pero que está tan ciego que nos indica tozudamente la dirección contraria. Llegamos sanos y salvos de vuelta a Santa Clara (el conductor se había quedado durmiendo en el carro ajeno a la farra), todos adormilados menos el rusky que aún tiene marcha, y nos enteramos al día siguiente de que se demoraron los fuegos porque, en el primer intento había habido algo así como 26 heridos, alguno de ellos grave. Decidido, la próxima Nochebuena la pasamos en las Fallas.

Poniendo rumbo en taxi colectivo al juntarnos con una pareja de alemanes, porque no hay billetes en el autobús y habría que esperar a ver si queda alguna plaza libre de última hora, llegamos al cacareado destino de Trinidad, flor de la arquitectura colonial cubana y destino número 1 en ciudades a visitar y actividades para no perderse según todas las guías y páginas de internet habidas y por haber. En vez de conseguir el taxi por el mecanismo habitual, léase, preguntar a Julio César qué conocido suyo nos podría llevar, esta vez negociamos el transporte con un jinetero de la estación.

Los jineteros son personas que te vas encontrando por la calle, especialmente en las plazas principales, estaciones o puntos de referencia turística, con la misión de ofrecer todo tipo de servicios de carácter eminentemente ilegal (en el sentido de no tener licencia, es decir, no oficial, no que las actividades sean en sí ilegales tipo drogas o prostitución que supongo que también habrá pero que no hemos conocido) a cambio de una comisión por el servicio acordado. Es frecuente desembarcar de cualquier autobús y, sin tiempo para estirar una pierna, tienes tres o cuatro tipos encima tuyo gritándote taxi taxi, o casa casa, o puros puros, cuyo objetivo es llamar tu atención y embaucarte en una negociación por si necesitas lo que sea. Es a lo que te expones en el mercado negro, que a lo mejor arreglas un taxi por menos dinero de lo que te ofrecen normalmente, se supone que porque el carro es de un particular sin licencia, y donde las probabilidades de que algo no salga del todo bien aumentan exponencialmente con la rebaja. No nos ha pasado pero se oyen casos de turistas con casas reservadas donde a la puerta de la misma espera un jinetero con una triste historia sobre la familia de la dueña resultando en que te llevan a otra casa distinta donde cobran ellos su comisión y donde el casero posteriormente la traslada íntegra a la factura del inadvertido e inocente yuma. Los jineteros te aseguran que tienen un carro por un precio negociado a tal sitio para, habiendo cerrado contigo el trato, buscarse después la vida y encontrar entonces a un conductor que haga el trayecto por menos y quedarse ellos con más; y si no encuentran el carro, pues te quedas tú después al día siguiente a la hora convenida con las maletas en la puerta y esperando un fantasma que nunca acaba de llegar. El jinetero te pregunta en la calle de dónde eres para entablar conversación y en un rato su carisma y habilidad la han derivado hacia un familiar suyo, honrado trabajador en la fábrica de cigarros, que te puede conseguir los Montecristo que fumaba Fidel Castro a un tercio de su valor para que te los lleves como regalo para tu jefe. El jinetero te pide fuego y en ese momento ha puesto tres puros en tu mano como regalo que no acepta de vuelta, te pide una camiseta porque no tiene ninguna otra que ponerse, y si ofreces quitarte la tuya y dársela la rechaza llevándose 8 dólares de tu bolsillo para poder comprarse una nueva más unas playeras.

En nuestro caso, al jinetero con quien acordamos el taxi a Trinidad le falló el carro a la primera, o más bien que apareció una hora antes cuando aún estábamos desayunando y pasamos de él, aunque tuvo tiempo de rehacerse y, cuando casi ya íbamos camino de la estación de buses, apareció con otro carro, esta vez con dos alemanes dentro también camino de Trinidad. El segundo jinetero que venía con ellos, básicamente es una mafia, nos llevó aparte y nos quiso subir el precio aduciendo que los alemanes habían pagado más, pero que nos rebajaba algo a nosotros si no les decíamos nada. Básicamente a los alemanes les había dicho lo mismo sobre nosotros. En total, nosotros no nos plegamos a las exigencias y ante nuestro amago de sacar las mochilas del carro nos respetó el precio inicial, y el trayecto transcurrió plácido y conforme a los acuerdos prestablecidos,. para nosotros, que cuando el taxi dejó primero a los alemanes en su destino y les quiso cobrar, estalló una fuerte discusión porque aparentemente el jinetero le había asegurado un precio al taxista y les había escrito otro distinto a los turistas; el taxista cobró lo suyo y los alemanes cabreados, a voz en grito y a quién protestas. Nosotros le habíamos pagado al taxista antes de montar, por lo que salimos limpios de esta.

Trinidad no nos gustó mucho, puede ser que fuera porque la casa pertenecía aún a la cadena de Pepe, o puede ser que fuera porque había más turistas que cubanos. Nos dio que pensar que fuera el primer y único sitio donde, paseando por calles que no eran del centro, y mira que en otros sitios habíamos andado por barrios marginales incluso cayendo la noche, se nos acercaron varios niños con la mano extendida a pedirnos caramelos. No es que nos sorprendiera que también hubiera pobres en una ciudad que recibe tanto dinero por el turismo, sino más bien la actitud de los niños de ver a un turista y automáticamente ir a pedir dinero (o caramelos), como si el hecho de que exista abundante turismo fomente al mismo tiempo la mendicidad como actividad económica y forma de vida. Jodidos yumas, les venimos con nuestros iphones y nuestros relojes y nuestras propinas a generarles ansiedad por el consumismo, les subimos el precio de los alimentos, les desequilibramos (aún más) la igualdad social y, en cuanto se flexibilice un poco el gobierno ante la presión internacional, les quitaremos la tierra y las empresas. Democracia y libertad.

Lo más interesante que hicimos en Trinidad fue, y no tuvo Vanessa que convencerme mucho (luego le paso estas notas para que matice y cuantifique ella con mayor precisión el concepto “mucho”), dar mi primera hora oficial de (¿muchas más futuras?) clases de salsa, un, dos, tres, un, dos, tres, cinco, seis, siete, cinco, seis, siete. La profesora estaba afónica y un poco mosqueada, suponemos que por interrumpirles un polvo cuando llamamos a la puerta, pero el profesor, y cobrador, fue amabilísimo, paciente y qué decir de la destacadísima alumna Vanessa, una natural born dancer.

Para la siguiente parada, Bayamo, decidimos jugárnosla a cara o bus. Obviamente no había billetes y hubo que ir a la lista de espera y padrenuestro, y en este caso el destino quedaba tan lejos, que no había jinetero que se atreviera a hacer una oferta. Y entramos. Por lo pelos, apretados en la última fila y aún diría yo que con doble suerte, porque metieron incluso a dos personas más en el ya completo bus, sin más asientos libres, así que ni cortos ni perezosos se sacaron de la manga dos sillas plegables de madera, de estas incómodas de jardín, y allí los colocaron en medio del pasillo. 8 horitas. Que pagaran el billete al mismo precio es probablemente lo de menos. Y a la hora de la verdad el trayecto se hizo algo ameno porque montamos un debate políticosocial en las últimas filas, incluyendo las de madera, con un pastor evangelista homófobo cuya máxima preocupación hoy en día era la terrible pérdida de valores entre la juventud.

El punto álgido en Bayamo fue la excursión que hicimos a la Comandancia de la Plata en Sierra Maestra, el emplazamiento donde ubicaron los revolucionarios su campamento para dirigir las últimas fases de la guerra de liberación popular y alcanzar el triunfo de la Revolución. Mención especial, celebrada por los guiris del grupo puesto que el guía no hablaba inglés, fue mi modesta contribución voluntaria como intérprete y agitador, puesto que además de traducir para el grupo lo que iba diciendo el guía, añadía además elementos de mi cosecha, ostensiblemente influenciado por la lectura reciente de una biografía de Fidel Castro autorizada por él mismo. En esta caminata también hubo tiempo para informarnos sobre la crisis política en Argentina, pues dos chicas del grupo eran activistas y militantes porteñas en viaje de turismo cultural y, sobre todo, para conversar sobre Rajoy y Puigdemont, pues el coletas grandote que vino con nosotros en el coche desde Bayamo, y con quien trabamos cierta amistad en los días posteriores, es eurodiputado europeo en activo por parte de la izquierda alemana, y máximo responsible en su partido de los temas relacionados con Cataluña, habiéndo estado, por ejemplo, destinado allá como observador internacional el día que hubo palos durante el referéndum.

La Nochevieja la pasamos en Santiago, donde pasamos un buen rato en compañía de las argentinas, el alemán y un matrimonio de austriacos, todos del grupo de la excursión a Sierra Maestra (y que nos fuimos encontrando por casualidad en Santiago), estos últimos invitándose a una botella de cava nada barato mientras yo les explicaba a todos la tradición de las campanadas improvisando unos panchitos a modo de uvas y me fumaba después uno de los puros que me regaló el viejito a cambio del timo de la camiseta y las playeras. La ironía revolucionaria reside en que, con tal de no hacerles un feo a los austriacos y fieles a nuestro eslogan el pueblo somos todos iguales, observamos puño en alto y embutidos en nustras flamantes camisetas del Che el cambio de año y el ondear de la bandera desde un apartado VIP de su gran hotel entre turistas, advenedizos y nuevos ricos mientras el lumpen progresista se apretujaba codo con codo en el gallinero a pie de plaza. La ciudad regular, y como no apareció Raúl Castro a dar ningún discurso de Año Nuevo como habían prometido burdos rumores, pasamos el día en el cementerio presentando nuestros respetos al Comandante Fidel, a José Martí, y al cambio de la guardia que con mucha pompa, estridente música y disimulado ridículo se produce cada media hora.

Para ir a Guardalavaca, nuestro siguiente destino, usamos el viejo truco de acudir a la estación, ignorar a los jineteros, esperar a que haya plazas vacías y colarnos en el bus, con el que, dos averías más tarde, llegamos a Holguín de noche y no queda más remedio que aceptar extorsión y taxi hasta nuestro destino. Vamos sin casa reservada, no problem, el taxista conoce por supuesto dónde procurarse una comisión. Habíamos venido hasta acá por su famosa playa, famosa digo por sus algas, sus olas marrones llenas de tierra, su ausencia de sombrillas, que es básicamente lo que nos encontramos, así que le echamos la culpa al ciclón del año pasado, reposamos en casa un par de días e iniciamos a cámara lenta el arduoso retorno al aeropuerto de salida.

La idea es llegar primero de algún modo a Camagüey, cosa que conseguimos juntando a dos interesantes colombianos para llenar un colectivo, pasar un día, y procurarse desde allí un transporte a La Habana. La ciudad tiene encanto, iconografía Che, cines por un tubo, libros políticos a medio dólar y un viejito nos aborda por la calle al reconocerse en mi acento pontevedrés, y que dice de sí mismo ser gallego y español, nunca cubano, pese a vivir toda su vida allá. Nos invita a un cafesito cubano, Zapatero hizo mucho por los emigrantes, viajo en tren gratis porque fui ferroviario, este bar lo inauguraron unos vascos, sois bienvenidos en mi casa cuando queráis, nunca tuve hijos, estoy enfermo y esperadme en esta placita 10 minutos porque voy a la farmacia buscando una medicina que si la tienen no la puedo pagar. Nos quedó la duda, ¿somos víctimas de otro sofisticado enredo para soltar dinero o se trata de un solitario viejito con ganas de conversar? No lo sabemos, nos fuimos sin esperarle ni despedirnos, y como ahora podemos imaginar cualquier final para esta historia la verdad es que el viejito fue auténtico y nosotros, incapaces de abrirnos al genuino contacto humano, un par de cínicos esperando descubrir un gancho. Salud, viejito.

En Camagüey estuvimos alojados en dos casas, suegra y yerna en ese orden. La suegra, enjuta, enmoñada, inquietante, espectral aparición de manos entrecruzadas a la altura del estómago, que levitaba más que andaba apareciendo de sobresalto a tu espalda antes de querer incluso pensar en llamarla, su hija una loca con fijación por las puertas y su hijo, Danny el de Bloodline, jinetero en horario de oficina que nos procuró el taxi a La Habana siempre y cuando no se lo dijéramos a la yerna debido a cierta turbia desavenencia interfamiliar que se nos escapaba. La yerna, autoritaria, negra, racista con los negros, y muy interesada en conocer con quién habíamos apalabrado el taxi, su taxi.
La noche de despedida la hicimos en un restaurante a la luz de las velas, por romanticismo, vale, por el apagón general en el barrio hasta bien entrada la medianoche, también.

Y siete horas de taxi al día siguiente para llegar a La Habana, donde nos despedimos de Cuba con palomitas y limonada de fabricación nacional, brindando a la luz de la luna en el poyete del malecón.

Y a todo esto, ¿qué dicen los cubanos (y las cubanas)? Que hay que reírse. Que nunca falte el buen humor. Que quien es el último en la cola. Que la comida está muy cara. Que los salarios son muy bajos. Que no es fácil. Que hay que luchar mucho. Que está el bloqueo externo, y está el bloqueo interno. Que hay que inventar para salir adelante. Que Fidel era un gran hombre. Que nos enseñó mucho. Que Fidel nos dio casa, nos dio tierras, nos dio dignidad. Que si pudiera me iría a trabajar unos años a Estados Unidos, a Alemania, a España, para hacer plata y después volver a Cuba. Que si no puedo no es porque el gobierno me lo prohiba, salir no es ilegal. son los otros países los que no me conceden la visa. Que si por excepción me la conceden, no puedo pagarme el boleto de avión. Que no me quedaría a vivir en otro sitio. Que no. Que siempre volvería. Que aquí tengo sanidad gratis. Que aquí tengo educación y seguridad. Que se vive muy bien, y muchos años. Que ojalá cambien algo las cosas. Que nos permitan tener nuestros negocios. Qué mierda de Trump con lo bueno que era Obama. Que nos dejen tranquilos de una vez. Que sólo quieren quedarse con nuestra tierra. Que aunque Raúl deje el gobierno los Castro van a seguir mandando. Que pongan a quien pongan, su hijo (el de Raúl) es quien mueve los hilos en la sombra. Que a Camilo se lo cargaron en un falso accidente. Qué dónde están los millones de Fidel. Que Fidelito se pega la vida padre. Que la escasez es una forma de control social. Que el gobierno se mete en todo y no nos deja hacer nada. Que en el exterior sólo hablan mal de nosotros. Que no cuentan nuestros logros. Que no hablan de cuando enviamos médicos contra la epidemia de ébola, ni cuando luchamos contra el apartheid, ni cuando enviamos tropas a defender a Argelia, a Angola, a Namibia, a Zimbabwe, sin esperar nada a cambio. Que viva Cuba libre. Que con la Revolución se vive mejor. Que soy, y me siento, revolucionario. Que venceremos.

 

Guatemala

Tan bien nos estaban tratando que no hubo más remedio que huir de un día para otro, a dónde, donde sea, da igual, pero alejémonos ya de este vergel de asueto, complacencia y felicidad que se echan de menos los sobrecostes tarifarios de los taxistas y los hostales de baño compartido y papel lijiénico. ¿Qué prefieres, volcanes o terremotos? Sin duda, volcanes, que se les ve venir.

Guatemala (9 días)

Lo primero que nos llama la atención al salir del aeropuerto de Guatemala City es que la población es indígena, las ropas son coloridas y Vanessa parece una jugadora de baloncesto. Para evitar las zonas de mayor riesgo para turistas solemos consultar con antelación la cuñipedia, y visitar cualquier sitio de la capital aparece en rojo en todos los consejos, junto a las elecciones de Honduras, una misa del gallo en Kabul o el agua del grifo de Torremolinos, de modo que regateamos en la puerta el traslado a la más segura ciudad colonial de Antigua: ellos aceptan bajar el precio del viaje, nosotros aceptamos que nos lo suban dejándolo como al principio, y todos tan contentos.

Las calles de Antigua son empedradas y se respira ambiente de mercado, donde todos los puestos ofrecen las mismas artesanías. Se ven niños vendiendo, pidiendo, limpiando zapatos, y se ven señoras hablando en maya que cambian al español cuando pasas “qué nesesita, que busca, buen presio”. No se nos ocurre pecar de dedos largos pues carteles diseminados por los pasillos nos informan abiertamente de que el hurto se responderá con linchamiento. En las tiendas de electrónica vemos la frustración de CR7 en un nuevo empate a cero en casa y nos trasladamos de un sitio a otro en tuk tuk, que son motos de tres ruedas a prueba de baches y curvas cerradas.

Habiendo improvisado y con tan pocos días, dejamos las visitas a Semuc Champey y a Tikal para otra ocasión, y tomamos un bus local hasta el más cercano lago de Atitlán, donde pasaremos cuatro días visitando santos de lancha en lancha. La base la ponemos en Panajachel, donde vemos puestas de sol entre volcanes comiendo cacahuetes callejeros cervecita en mano, le discutimos la cuenta a todas luces inflada a un muy servicial, primero, indignado después, caradura camarero, y nos quedamos en la calle unas horas en pijama al cerrársenos la puerta de la casa con las llaves dentro. Un día visitamos a San Juan, bullicioso y callejero, donde el filete empanado de moscas nos costó casi tan barato como usar el baño público encharcado de enfrente y donde Vanessa inició su carrera en el arte del regateo pagando por dos prendas exactamente lo que le pidieron. Tras insistirle en que, además, no tiene por qué dejar propina, cogimos la lancha a San Marcos, tan hippie que tienen un portero en el embarcadero que te pide el carnet si no llevas rastas hasta la cintura o un piercing de aro en la nariz, y al que esquivamos aduciendo que veníamos al taller de reiki de kinesiología aromática. Otro día visitamos a San Juan, nativo y textil, o más bien nos visitó él a nosotros, pues fue agarrar el primer tuk tuk y sin pretenderlo nos vimos dentro de una cooperativa indígena con demostración gratis de tradicional coloración y tejido manual de algodón y posterior salida a través de la tienda de exposición y venta donde tres señoras te hacían una llave de judo hasta que comprabas una falda, un edredón y un poncho, los más gordos que había, ideales para su posterior transporte mochilero a través de los aeropuertos de medio mundo. Y otro día visitamos a Santa Cruz, empinada y distante, donde tras ascensión y caminata acabamos en una piscina a ras de lago y a temperatura del tiempo para que el selfie nos costara una comida a tres veces su precio y un principio de pulmonía, ya que el jacuzzi había que abonarlo extra.

También fuimos a Chichicastenango (Chichi para los amigos), famoso por su mercado, y ya. Grande, grande Vanesssa, mírala ahí regateando ese bolso como si no hubiera mañana, lo que ha aprendido en cuatro días 😉

Y aún nos dio tiempo a visitar un finde Quetzaltenango (Xela para los amigos) que, y pese al buenrollismo de los guiris que habían montado recientemente nuestro hostal, nos encantó por su, cómo explicarlo, normalidad. Una ciudad pequeña, con sus transeúntes, sus palomas, sus gestorías, sus oficinas de plastificado de documentos, sus cementerios, su feria de emprendimiento y, lo más chulo, su festival de cine y teatro-foro. Este último, presentado por un francés de gafas, alternaba rap en maya con educación sexual, y donde el público participó con aes, oes, chiflidos, aplausos, e intervenciones espontáneas en el escenario para re-representar escenas de la obra según sus propias convicciones. Una joyita. Y ya metidos en artistas, en uno de esos encuentros surrealistas que ocurren de vez en cuando, acabamos en el estudio de Rodrigo Díaz, pintor presuntamente famoso que, entre fotos de Picasso, lienzos sin enmarcar pisoteados (por él) y posters de bienales con su nombre, nos estuvo enseñando una a una todas sus pinturas a la espera, imaginamos, de que le diésemos el alto en alguna para pedirle precio.

De vuelta en Guatemala City para tomar el próximo vuelo, volvimos a hacerle caso a la cuñipedia, e hicimos la noche en una colonia cerrada, con garita, guarda armado en la puerta y contraseña para poder acceder. En nuestro caso fue, ya que hubo que cenar algo, “telepizza”.

En la retina, tantos y tantos colores, y a las fotos de abajo me remito.

 

 

Costa Rica (y Panamá)

Está bien saber que para salir de los Iueséi existen dos filas, una normal para simples mortales (mindundis en su idioma ), y otra privilegiada para militares donde no existe la obligación de tener que quitarse uno los zapatos, ni la chaqueta, ni el cinturón, ni sacar el ordenador de la mochila. Lógico. Puestos a asegurarnos de que nadie sea capaz de montar una bomba en el avión a partir de elementos cotidianos, dejemos sin controlar precisamente a aquellos que lo tuvieron que aprender en West Point.

Panamá (4 horas)

La escala entre los vuelos es lo suficientemente larga como para visitar todas las puertas de embarque del aeropuerto de Panamá City y darse uno cuenta de que por más pasillos que se recorran, no existe pecera de fumadores ni cafetería con terraza al aire libre, por lo que nos dirigimos a la salida con nuestros equipajes de mano, rellenamos una tarjeta de aduanas, recibimos un sello en el pasaporte y salimos al aparcamiento donde una ola de calor húmedo nos aclimata a Centroamérica de un buen hostiazo. De vuelta al sobredimensionado aire acondicionado de la terminal, tenemos que pasar nuevamente el control de seguridad y ¡ay amigo! pase usted comida, pase usted líquidos, pase usted si quiere un marine con el ordenador escondido en la chaqueta conectado por el cinturón a la suela de su zapato, pero no se le ocurra nunca, nunca jamás, intentar pasar un mechero.

Costa Rica (6 días)

Tres mecheros menos, llegamos a San José donde nos esperan dos horas de cola en inmigración y un taxista aburrido de esperar que nos traslada al hostal por un sobreprecio. Pura vida. La ciudad tiene buena pinta y malos olores. Camino al restaurante nos aborda un chico que nos pide un cigarrillo, luego algo de dinero que no le damos, y ensalza a los españoles frente a los gringos mientras demuestra dificultades para entender la diferencia entre el concepto Cataluña y el concepto F.C. Barcelona. No le culpo.

El día siguiente es domingo, y lo pasamos entero, o esa es la sensación, en dos estaciones de autobuses intentando averiguar cuál es la mejor forma que tiene un turista para llegar por tierra a Nicaragua. Tras regatear sin éxito el precio de unas sandalias, las compramos y tras esquivar al vendedor de veneno para matar ratoooneees, cucaraaaachaaas, buscamos infructuosamente un buen garito donde nos den de cenar a estas horas. Horreur, el único sitio abierto cerca del hostal es un local de letrero El Típico donde los camareros visten autóctono, la decoración incluye una fuente-cascada y la carta de vinos es más elocuente que la de los platos. Los precios obviamente a la altura, incluyendo un extra por terremoto de 6.4 para que la experiencia sea inolvidablemente auténtica. La secuencia es como sigue.. las paredes se empiezan a mover y pienso, será el metro que pasa por debajo, la mesa se ondulea como un boli bic cuando lo mueves rápido y piensa Vanessa, vaya racha de viento fuerte, las copas colgadas del techo hacen el barco pirata tintineando, y pensamos los dos, ¿por qué están corriendo los camareros despavoridos hacia la calle al grito de extranjero el último? y justo cuando se puede leer en nuestros ojos la comprensión de lo que está ocurriendo, ya ha acabado todo, los turistas milagrosamente a salvo, inmóviles en nuestras mesas bajo unos ventanales intactos y muy, muy grandes, los valientes camareros retornando de la calle en espera de propina por su heroico comportamiento con los comensales, las copas del techo aún moviéndose por la inercia, y nosotros haciéndonos un selfie con los maniquíes folclóricos de la entrada. Pura vida.

Con el bus de la mañana llegamos hasta Liberia, elegida como base por su cercanía a la frontera. El hostal resulta incómodo y carcelario, y el mesero nos intenta vender como sea una excursión al parque natural, a la cascada o a la playa, por lo que en una de las escasas veces que descuidan la puerta conseguimos fugarnos y damos una vuelta por el pueblo. Pura vida. Da para comprar algo de ropa de segunda mano, tomar un par de cervezas Imperial Silver, refrescarnos con un poco de lluvia en buen momento y preguntarnos por qué instalarán cervatinas en las escuelas y en los parques infantiles. Tolerancia cero a las pellas, pensamos.

El aeropuerto de San José está en Alajuela, del mismo modo que el de Madrid está en Adolfo Suárez, y junto con el de Panamá nos funcionará de intercambiador entre países y de implacable sumidero de mecheros; de tanto llegar, el wifi del móvil se conecta solo, los de inmigración nos tutean y los vampiros vendedores de taxis a la salida por fin nos ignoran. Puesto que las estancias en Alajuela son de un día, elegimos un hotel con piscina para no usarla, internet potente que se gripa cada diez minutos y agua caliente que sale fría. Para pasar el rato comemos donde Vicky que nos recomienda encarecidamente una excursión que no hacemos, visitamos al médico por unas décimas que no van a más, y deambulamos por la oficina de correos donde obviamente no venden cajas de cartón, así que tenemos que improvisar un paquete acudiendo al chino de enfrente y teniendo que convencer a tres señores distintos de que si nos llevamos esa caja vacía que tienen en la basura no les estamos robando sino haciendo un favor, si se empeñan a ellos no, pero al medio ambiente por lo menos. Pura vida. El sistema de hacer cola en correos es digno de mención, con cuatro hileras de asientos con gente sentada esperando su turno y una fila en pie detrás, de modo que cuando atienden al siguiente y el primer asiento se queda libre, se produce una reacción en cadena que hace que todo el mundo se levante de su asiento y se desplace al de al lado ganando así un puesto, adjudicándose entonces el último asiento libre al primero de la cola de detrás; y así sucesivamente.

Por cierto, dato futbolero, Keylor Navas es el héroe nacional de únicamente la mitad de la población, en concreto, de los hinchas del Saprissa, y es un hecho que las críticas del Bernabéu le caen exclusivamente por racismo. Que Diego López lo haría mejor no se contempla.

Costa Rica, caga y critica.

 

 

 

USA – Nashville, Memphis y el Mississippi

 

De nuevo un aeropuerto, una conexión que se retrasa y temer que no lleguen las mochilas a destino, pero esta vez las hadas aeroportuarias son benignas y nos reciben con música country en directo y el típico frío sureño. Sin querer meternos en política, lo que más tememos es encontrarnos a Patrick Swayze y tener que correr delante de los grises.

 

Nashville  (tres días)

Una chulada el airbnb, gominolas en la cama, palomitas en el armario, cervezas en la nevera, música en la radio, una ducha bien caliente, un take away de pollo frito al lado y el apartamento todo para nosotros, perfectos ingredientes para recobrar la salud mental y el tono físico tras el vegas crucis. El día que salió el sol nos atrevimos a pasear por Broadway St., epicentro del turisteo, y lo que llama la atención es que cada bar donde pasamos por delante tiene montado un concierto, en plan solo o en plan grupo, tocando en directo a cambio de propinas. También en los bares donde estuvimos dentro (ejem). Para quien no lo supiera, o sea yo, Nashville es la cuna de la música country, o sea, viola, banjo, steel guitar, voz nasal desgarrada alargando los mississippiiiis, botas, espuelas y sombrero. Mención especial al museo de Johnny Cash, de donde al salir, y durante la siguiente hora y media, no se puede tararear otra cosa distinta a “because you’re mine, I walk the line”. La tenían puesta en loop en todas las salas.

 

Memphis  (dos días)

Alquilamos un coche y llegamos justo a tiempo de ser invitados a una fiesta de Halloween, de las de chavales haciendo ronda de truco o trato mientras los de las casas intentan asustarles. Nos prestaron rápidamente unos disfraces, Vanessa de bruja buena malvada, y yo de payaso cabrón. Hice tándem con el hijo de María (la anfitriona de la fiesta) que, vestido de camuflaje de hierba y tumbado en la oscuridad del jardín que apenas se le veía, daba singular bienvenida en brinco y gruñido a los grupos de niños que se acercaban, y ahuyentaba más o menos a la mitad. Los que seguían quedaban a merced de Pennywise y de la voz de nuestro casero y su imitación de madre de Anthony Perkins. ¿Rancio? Lo que quieras, pero qué divertido saltar amenazante de las sombras y que niños super pequeños salgan corriendo, cagados de miedo, con ataque de ansiedad y coulrofobia (miedo irracional a los payasos) de por vida. Uno de los sobrinos de María no quiso entrar en la casa en toda la noche mientras yo estuviera dentro, incluso sin careta, lo que ahora que lo pienso..

El día siguiente paseamos por Beale St., que es el mismo concepto que la calle de los bares de música de Nashville, pero con blues en vez de country. Y entramos a ver a Marc Gasol liderar a su equipo pese a que los Grizzlies perdieran por dos después de fallar los últimos tres intentos de canasta con opción a victoria. Se coreó el “dii-fens” en el último cuarto y sorprendió ver que el estadio no se llenó del todo pero, bueno, es el principio de la temporada.

También visitamos el Museo de Derechos Civiles, muy bien montado, y aprendimos sobre la importación, esclavización, segregación y lucha por la igualdad de la población negra en los Iueséi. Se te queda un poco de malestar en el estómago, especialmente al visitar la habitación del motel donde asesinaron a Martin Luther King, y atisbar por vídeos y testimonios el palo que representó para la comunidad afroamericana y el daño que supuso para su causa. I am a man!
Y terminamos con una visita a unos históricos estudios de grabación, Stax, convertido en museo de música soul, moviendo los pies, moviendo las caderas, y saliendo, cómo no, a través de la tienda de regalos.

De Elvis, ni hablamos.

Rumbo a Nueva Orleans  (dos días)

Siguiendo el trazo del Mississippi, es bastante ancho este río, vimos plantaciones de algodón, nos cruzamos con patrullas de carretera, sufrimos un ataque de insectos mientras paseamos a la rivera del río (no pasa literalmente medio segundo entre decir Vanessa lo que me sorprende es que no hay mosquitos, y vernos cubiertos al instante, ropa, pelo, todo, de mariquitas voladoras), comimos en un garito de Morgan Freeman, tomamos rapidito una coca-cola en un bar de atmósfera inquietante, nos colamos en un parque museo de una batalla con derrota confederada, vimos los restos del primer barco hundido con una mina, dormimos en moteles baratos y derramamos mogollón de mantequilla por los bordes de la máquina de gofres ante la gélida mirada del recepcionista.

Uff, ya sólo nos queda una semana en este país.

 

USA – Zion

 

La ruta por los parques nacionales está llegando a su fin, aunque aún nos da tiempo a visitar Zion, del que todo el mundo por el camino parece que habla maravillas. Y se agradece la insistencia, porque en vez de ver un cañón desde el borde de arriba tal y como estamos acostumbrados, esta vez recorremos el cañón por y desde abajo, lo que le permite a uno darse igual cuenta, por fin sin temer un desafortunado resbalón, o empujón, de lo inmenso, abrupto y escarpado que son las paredes de roca y de lo pequeñito que se es en comparación. Parece mentira que sigamos en el desierto, porque aquí el entorno es río, cascada, estanque, fauna y flora. A patear.

Zion  (una noche)

Llegamos con la habitual pachorra, y obtenemos plaza de camping dentro del parque con la habitual chorra, esta vez por los pelos porque fuimos los penúltimos, es decir, el tipo de literalmente dos coches más atrás se tuvo que buscar la vida en otro lado. Probablemente en un sitio con duchas, porque en nuestro camping no las hubo. Venías de pasar el día caminando bajo la solana, sudado y con mugre pegada a la piel, y tenías que salir del parque y conducir la camper a un comercio estratégicamente situado al lado que, con buen olfato para los monopolios y cuñados con libre acceso a Génova, vendía 5 miserables minutos de ducha a cuatro pavos.

Comiendo un sandwich en el restaurante del parque entablamos conversación con un matrimonio fitness de Cleveland, donde por cierto estamos invitados tras ofrecerles una de nuestras dos porciones de patatas fritas bien rellenitas de colesterol que, y contra todo pronóstico (“lo mejor de Toronto es que allí toda la gente está en buena forma”) aceptaron y engulleron como si no hubiera mañana, con profundo dolor de mi corazón.

Nos dio tiempo para varias rutas, recorrimos la linde del río Virgin (aunque no nos adentramos en los Narrows, que según dicen mola mucho, porque había que mojarse los pies), fuimos a ver una roca que llora (sic), y después ascendimos una colina con el premio de muy buenas vistas. Un sendero chulo que hicimos también fue para subir hasta unos estanques verde esmeralda con pequeña cascada, a la sombra de muros verticales de roca multicolor, compartiendo camino con ciervos, halcones (hasta aquí no me neguéis que suena majestuoso), con dos clases juntas de tercero de la ESO y sus incipientes pubertades, y con un grupo de inglesas gritonas de despedida de soltera en Vegas, una de ellas además histérica “aaaagh! una ardillaaaaa! sácame de encima este depredador imundo!”.

Muy refrescante.

 

USA – Bryce Canyon

 

Será porque llevamos varios días seguidos viendo cañones y sus impresionantes esculturas de viento, será porque los ojos sólo pueden aceptar un límite determinado de novedad, el caso es que llegamos a Bryce Canyon, vimos y vadimus. Que sí, que el paisaje es alucinante, que vale, que las rocas tienen unas formas increíbles (se llaman hoodoos), que ok, que tenemos sitio en el camping del parque, que de acuerdo, que los senderos están muy bien organizados, el caso es que nos quedó la sensasión de “lástima no haber venido primero a este parque porque hubiéramos flipado, pero claro, habiendo visto antes los otros como que se fue el factor sorpresa”. Qué pena, porque es una belleza.

 

Bryce Canyon  (una noche)

La primera pista de que algo olía a chamusquina al llegar fue que el camping tenía un cartel así de grande indicando cómo comportarse en caso de encontrarte frente a un oso, lo que por un instante muy fugaz te hace echar de menos las arañas. La segunda pista fue que por la noche hizo una rasca así de grande que por un instante muy fugaz te hace echar de menos no tener un oso enfrente que te de calorcito. Y la tercera pista fue no pararse del todo en un stop así de grande y acto seguido encontrarte frente a un coche de policía que enciende las luces y nos da el alto, lo que por un instante muy fugaz te hace echar de menos la araña, el oso, y el guardia civil de mostacho y tricornio de toda la vida. Venga, vamos, demos una vuelta rápidita, hagamos las fotos mínimas para cubrir el expediente, y salgamos pitando de este lugar no sea que aparezca por aquí Puigdemont buscando asilo y ya la tenemos liada.

Muy inquietante.

 

USA – Arches

 

Hubiera estado bien que alguien le dijera a Alberto Ruiz Gallardón que de esperar una legislatura más, el viento, el agua y la erosión le habrían tunelado Madrid-Río enterito y encima gratis. De vuelta en los confines del imperio, reinstaurada la normalidad democrática, las carreteras vuelven a ser pavimentadas, hay tráfico, mapas temáticos, oficiales en las taquillas de entrada y señalizaciones para indicarte dónde encontrar los baños. Es más, hay señalizaciones para indicarte cómo usar los baños. Artículo 1 tras la intervención del estado de derecho: prohibido el caganer.

Arches  (dos noches)

Como le habíamos cogido el tranquillo a esto del senderismo, en Arches nos aventuramos por los caminos fáciles, sin precipicios y a ser posible sin ventiscas de arena. Adrenalina pura. Tanta que con el subidón – una vez metidos en harina – y saltándonos todo protocolo decidimos explorar zonas del parque más allá de los caminos permitidos, colándonos delante de unos señores mayores para ir al servicio y aparcando en línea en una zona de aparcamiento en batería. La revolución empieza por uno mismo. Y nos negamos a hacer el sendero que todo el mundo recomienda si visitas el parque (delicate arch) porque nos pareció icónico y burgués. Hagamos mejor este otro que lo recomiendan para niños y personas con los pies planos.

Los arcos en las rocas son una belleza, una vez llegas a ellos, incluyendo uno doble donde se puede escalar fácilmente si se tiene el calzado adecuado. Ya bajar después es otra historia, aunque siempre queda el elegante recurso de deslizamiento sobre pompis, recurso técnico en el que Vanessa, por cierto, demostró tener talento innato. Como dato cinéfilo, este arco doble aparece en las primeras escenas del tercer Indiana Jones.

Muy entretenido.