Costa Rica (y Panamá)

Está bien saber que para salir de los Iueséi existen dos filas, una normal para simples mortales (mindundis en su idioma ), y otra privilegiada para militares donde no existe la obligación de tener que quitarse uno los zapatos, ni la chaqueta, ni el cinturón, ni sacar el ordenador de la mochila. Lógico. Puestos a asegurarnos de que nadie sea capaz de montar una bomba en el avión a partir de elementos cotidianos, dejemos sin controlar precisamente a aquellos que lo tuvieron que aprender en West Point.

Panamá (4 horas)

La escala entre los vuelos es lo suficientemente larga como para visitar todas las puertas de embarque del aeropuerto de Panamá City y darse uno cuenta de que por más pasillos que se recorran, no existe pecera de fumadores ni cafetería con terraza al aire libre, por lo que nos dirigimos a la salida con nuestros equipajes de mano, rellenamos una tarjeta de aduanas, recibimos un sello en el pasaporte y salimos al aparcamiento donde una ola de calor húmedo nos aclimata a Centroamérica de un buen hostiazo. De vuelta al sobredimensionado aire acondicionado de la terminal, tenemos que pasar nuevamente el control de seguridad y ¡ay amigo! pase usted comida, pase usted líquidos, pase usted si quiere un marine con el ordenador escondido en la chaqueta conectado por el cinturón a la suela de su zapato, pero no se le ocurra nunca, nunca jamás, intentar pasar un mechero.

Costa Rica (6 días)

Tres mecheros menos, llegamos a San José donde nos esperan dos horas de cola en inmigración y un taxista aburrido de esperar que nos traslada al hostal por un sobreprecio. Pura vida. La ciudad tiene buena pinta y malos olores. Camino al restaurante nos aborda un chico que nos pide un cigarrillo, luego algo de dinero que no le damos, y ensalza a los españoles frente a los gringos mientras demuestra dificultades para entender la diferencia entre el concepto Cataluña y el concepto F.C. Barcelona. No le culpo.

El día siguiente es domingo, y lo pasamos entero, o esa es la sensación, en dos estaciones de autobuses intentando averiguar cuál es la mejor forma que tiene un turista para llegar por tierra a Nicaragua. Tras regatear sin éxito el precio de unas sandalias, las compramos y tras esquivar al vendedor de veneno para matar ratoooneees, cucaraaaachaaas, buscamos infructuosamente un buen garito donde nos den de cenar a estas horas. Horreur, el único sitio abierto cerca del hostal es un local de letrero El Típico donde los camareros visten autóctono, la decoración incluye una fuente-cascada y la carta de vinos es más elocuente que la de los platos. Los precios obviamente a la altura, incluyendo un extra por terremoto de 6.4 para que la experiencia sea inolvidablemente auténtica. La secuencia es como sigue.. las paredes se empiezan a mover y pienso, será el metro que pasa por debajo, la mesa se ondulea como un boli bic cuando lo mueves rápido y piensa Vanessa, vaya racha de viento fuerte, las copas colgadas del techo hacen el barco pirata tintineando, y pensamos los dos, ¿por qué están corriendo los camareros despavoridos hacia la calle al grito de extranjero el último? y justo cuando se puede leer en nuestros ojos la comprensión de lo que está ocurriendo, ya ha acabado todo, los turistas milagrosamente a salvo, inmóviles en nuestras mesas bajo unos ventanales intactos y muy, muy grandes, los valientes camareros retornando de la calle en espera de propina por su heroico comportamiento con los comensales, las copas del techo aún moviéndose por la inercia, y nosotros haciéndonos un selfie con los maniquíes folclóricos de la entrada. Pura vida.

Con el bus de la mañana llegamos hasta Liberia, elegida como base por su cercanía a la frontera. El hostal resulta incómodo y carcelario, y el mesero nos intenta vender como sea una excursión al parque natural, a la cascada o a la playa, por lo que en una de las escasas veces que descuidan la puerta conseguimos fugarnos y damos una vuelta por el pueblo. Pura vida. Da para comprar algo de ropa de segunda mano, tomar un par de cervezas Imperial Silver, refrescarnos con un poco de lluvia en buen momento y preguntarnos por qué instalarán cervatinas en las escuelas y en los parques infantiles. Tolerancia cero a las pellas, pensamos.

El aeropuerto de San José está en Alajuela, del mismo modo que el de Madrid está en Adolfo Suárez, y junto con el de Panamá nos funcionará de intercambiador entre países y de implacable sumidero de mecheros; de tanto llegar, el wifi del móvil se conecta solo, los de inmigración nos tutean y los vampiros vendedores de taxis a la salida por fin nos ignoran. Puesto que las estancias en Alajuela son de un día, elegimos un hotel con piscina para no usarla, internet potente que se gripa cada diez minutos y agua caliente que sale fría. Para pasar el rato comemos donde Vicky que nos recomienda encarecidamente una excursión que no hacemos, visitamos al médico por unas décimas que no van a más, y deambulamos por la oficina de correos donde obviamente no venden cajas de cartón, así que tenemos que improvisar un paquete acudiendo al chino de enfrente y teniendo que convencer a tres señores distintos de que si nos llevamos esa caja vacía que tienen en la basura no les estamos robando sino haciendo un favor, si se empeñan a ellos no, pero al medio ambiente por lo menos. Pura vida. El sistema de hacer cola en correos es digno de mención, con cuatro hileras de asientos con gente sentada esperando su turno y una fila en pie detrás, de modo que cuando atienden al siguiente y el primer asiento se queda libre, se produce una reacción en cadena que hace que todo el mundo se levante de su asiento y se desplace al de al lado ganando así un puesto, adjudicándose entonces el último asiento libre al primero de la cola de detrás; y así sucesivamente.

Por cierto, dato futbolero, Keylor Navas es el héroe nacional de únicamente la mitad de la población, en concreto, de los hinchas del Saprissa, y es un hecho que las críticas del Bernabéu le caen exclusivamente por racismo. Que Diego López lo haría mejor no se contempla.

Costa Rica, caga y critica.