Nicaragua

La primera vez que fui a Nicaragua, Ruggeri vivía en un campamento en los arrabales, y lo mismo se cavaban a mano fosas sépticas para las casas de los vecinos como se arrastraban piedras para tapar las zanjas abiertas por la lluvia en la carretera. Mosquiteras hechas de agujeros cubrían unas literas cuyas sábanas sudaban varias hornadas de voluntarios, la ducha era un hilillo de agua en un remolino de insectos y se necesitaba tener cocacola a mano para poder reanimar a la próxima víctima de un alacrán. A Oscarito se le veía calvo y contento.

La segunda vez que fui a Nicaragua, Ruggeri vivía en una casa alquilada de techo cerrado con patio interior abierto, y lo mismo había que conducir hasta un cementerio de camiones a por un cigüeñal que perseguir de incógnito una carga de cuero para descubrir a dónde desviaba el conductor su mordida. Los zancudos poblaban la noche pese al ventilador del techo del dormitorio, la ducha si no madrugabas era una botella de cocacola de 2 litros y medio y alguna vez hubo que montar guardia en la cocina, escoba en mano, para intentar dar caza a esos malditos roedores. A Don Óscar se le veía calvo y contento.

Esta es la tercera vez que voy a Nicaragua, y Ruggeri se ha construido su propia casa, con portero en la finca, vecino gringo, agua caliente, despacho, habitación de invitados con baño propio, piscina comunitaria y dos limoneros en el jardín, uno de ellos más fructífero que el otro. Un maleducado perro guardián araña la pintura de su carro, y un resabiado gato vecino se cuela en la casa para gorronear comida. El día se desliza cálido y suave. Para la fresca, mecedoras en el porche, y para la siesta, telepepé internacional. Y como a mí se me ve calvo, el Comandante tan contento.

 

Nicaragua (17 días)

Si al llegar a la frontera de Nicaragua te hacen bajar del bus con todo el equipaje, en pleno sol y rodeado por soldados, carteles de socialismo cristiano, vendedores ambulantes y una viejita errante que se bebe de un trago tu gaseosa, pues al menos que te lo chequeen, que no sirven de nada los dos formularios a rellenar y la hora larga de cola si cuando pasa la maleta por los rayos x la agente de aduanas está de plática con su coleguita, mirando cualquier cosa excepto hacia la pantalla del escáner. Si lo llego a saber me hubiera ahorrado la ingesta de cuatro putos clippers para evitar su incautamiento interfronterizo. En fin, al menos salieron después rellenos de gas.

Gran bienvenida por parte de Óscar y Patricia, Kiko y Cholo, que hacen todo lo que está en sus manos para que nos sintamos como en casa. Y nos hemos sentido como en casa: levantándonos a las tantas, bebiendo a morro la leche de la nevera, dejando la cama sin hacer, tirando la ropa interior por el suelo, convirtiendo el porche en zona de fumadores, comunicándonos a eructos y, de vez en cuando, llegando de farra a las tantas encendiendo luces, dando portazos y pisando al gato.

Se agradece, y mucho, tener piscina en la colonia, especialmente los días en los que, conmigo de pareja, Ruggeri pierde al pádel contra los catalanes, y se agradece, y mucho, tener un baño en la habitación, especialmente el día en que la pizza de anoche en la gasolinera contiene extra de diarrea.

Nada más llegar celebramos el cumpleaños de Patricia dándole palos a Radek Bejbl, y como no pudimos regalarle la victoria del Atleti en el derbi sino sólo un empate, vaciamos de estrangis una botella de ron que era de alguien y se dio cuenta, Óscar mandó traer todas las telepizzas del menú y yo saqué a bailar a Vanessa durante toda una bachata, o casi. Para qué trasnochar, si es bien sabido que la vida en Nicaragua amanece a las cinco, o para qué descansar, si es bien sabido que Ruggeri procastina todas las transacciones de trabajo donde se necesita coche para luego encasquetarle a cada visitante el papel de un chófer, un amigo, un esclavo, un siervo.

Tras visita nocturna al volcán Masaya, Vanessa y yo nos embarcamos unos días a Ometepe, isla con dos volcanes dentro del lago más grande de Centroamérica, y nada más llegar pensamos que la mejor idea para recorrer la isla sería alquilar una vespino, ¿habéis conducido alguna vez una moto? nos pregunta el chaval del mostrador con cara de sospecha, sí cómo no, contestamos mientras buscamos el pedal del embrague, anda deja que os explique cómo funciona y dais una vuelta hasta la esquina para que vea cómo os manejáis, nos dice el chaval santiguándose, de modo que tras casi atropellar a tres alemanes en la ronda de calificación salimos intrépidos y motorizados hacia nuestro hostal al otro lado de la isla mientras oímos al chaval gritar a nuestra espalda buena suerte en lugar de buen viaje. No le volveríamos a ver hasta el último día cuando nos tocó devolver la moto previo apoquine de 30 pavos para, según ellos, reparar unos arañacitos de nada en la pintura de un costado, y eso pese a la estrategia de enfundarme un jersey de manga larga en pleno sol para que no cantaran mucho los raspones que me hice en el codo en la única caída que tuvimos. Entre medias, kilómetros largos de carrepiedras, idílicas puestas de sol a la ribera del lago envueltos en una galaxia de luciérnagas, bañitos en piscina volcánica de aguas curativas como mercromina para el brazo, una competición de kayak a ver quien es más rápido entre nuestro guía y el de unos franceses (por supuesto, ganaron ellos) y la tremenda ascensión a pleno sol entre piedras, ríos, serpientes e italianos hasta llegar a una pintoresca cascada. Per cherto, a estos últimos, Vanessa se ofreció a sacarles su foto triunfal de grupo y, una vez cuadrados en pose, les soltamos un “digan mundiaaaaal” que ninguno salió sonriendo.

Huyendo del calor, el finde siguiente nos fuimos junto a Pato y Ruggeri a visitar unas peñas en el norte, durmiendo en un eco-resort que elegimos precisamente porque confirmaron que había duchas con agua caliente y ni tres segundos tardó el recepcionista cuando llegamos (el avispáo, también conocido como el pocasangre o el luces) en comunicarnos que en aquel sitio jamás habían funcionado los termos. Bueno, pues sin ducharnos, qué importa que hayamos planeado dos caminatas de dificultad media, media-alta en los días sucesivos si total, la puerta del baño no cierra y se abre sola, las habitaciones están comunicadas sin paredes y el olor a choto entra en el fondo común. Además, para aguas mayores es mejor ir a los aseos ecológicos comunitarios porque no existe la pared de enfrente y lo que tienes delante de ti es la selva. Para qué llevarse el periódico a cagar si el tiempo lo pasas vigilando que no te entre ningún bicho. Contra toda lógica, nunca vi que hubiera cola en ese baño.

Conocimos a Fernando y Ángeles, y la mesita en el Kedeké se convirtió en butaca de tertulia, animado salón, hambre de aventuras e inspiración de formas y maneras, exigir lo que es justo y cómo hacer chocolate casero, ni lo olvidamos ni lo perdonamos. Conocimos a Ricardo e Franco, i amici irreconchiliabili, revoluchionario il uno, café sandinista y pizza aldente, librepensatore il otro, líbero, filósofo y poeta. Conocimos, entre otros, a Winston (y su conciencia), a William (y su inteligencia), a Jasser (y su resistencia), a Cholo (y su impertinencia), a los zancudos (y su virulencia), a Ramón y Pedro (y su independencia), al francés y la chilena (y su futura descendencia), al chulo de Boris (y su suficiencia), al guía de Peñas Blancas (y su elocuencia), al bar del alemán (y su nutrida concurrencia) y al embajador de España (sólo por la rima, pues su excelencia). Y saludamos, entre otros, a viejos amigos y conocidos, salud inberencial querido Álvaro, no le llaméis oveja que os veo, gemelos, gracias por todo, Gladys, mucha salud Hugo y a tu esposa también. René, te saludo ahora.

Como veis, los días en Nicaragua pasaron a la velocidad de las vacaciones donde se tiene la sensación de no haber hecho nada y haberlo hecho todo, de haber descansado sin dejar de moverse, de recién haber llegado y tener ya que irse.

Muchas gracias por todo, Patricia y Óscar. Volverem.

 

P.D.: Ojito Ruggi, que sabemos que en el fondo eres de izquierdas..