USA – Nueva Orleans

 

Iueséi sólo tiene tres ciudades, Nueva York, San Francisco y Nueva Orleans; todo lo demás es Cleveland”.

La cita no es mía, es de Tennesse Williams según una camiseta que no llegamos a comprar en la tienda de souvenirs. Y tampoco es suya, pues para documentarme y publicar este post me he leído sus obras completas y en ninguna aparece la frase. Fui a la capilla donde nació, visité su casa-museo, entrevisté a los herederos, adquirí en subasta los manuscritos apócrifos, y ni una sola mención. Si no se tomó la molestia de gravarlo en su epitafio, como para haberse currado una camiseta. “Hay un tiempo para marcharse, incluso cuando no hay un lugar concreto a donde ir”, vale, esa sí. “La suerte es creer que se tiene suerte”, correcto. Pero vamos, ¿una triste camiseta? ¿slim fit y con cuello de pico? Eso tiene menos credibilidad que la foto de Carme Forcadell jurando bandera en la mili.

 

Nueva Orleans  (una semana)

Un risueño iraquí con acento ozores black power nos condujo al airbnb y nos encantó al instante. Según Lissie, su dueña, la casa más antigua de la calle y casi casi de todo Marigny, barrio negro de estilo colonial cercano al French Quarter. Vecinos sentados de cháchara a las puertas de las casas, un chavalín paseando en bicicleta con una rueda pinchada, preguntándonos si tenemos una bomba de inflar, y con quien te cruzas en la calle te saluda y te pregunta qué tal estás. Como llegamos casi de noche decidimos quedarnos en casa aunque, o precisamente porque, era sábado, y para solucionar la cena hicimos una expedición a la zona de las gasolineras, debajo del puente de la autopista, eligiendo un take away concurridísimo de los de mendigo pedigüeño, carta ambigua, arroz a saco y coreano en mostrador, este último detrás de una mampara de vidrio anti-robo de pared entera, micrófono en boca y dicción de Jorge Sanz. Eso más que un comida rápida parecía un bingo.

La calle más típica del barrio francés fue decepcionante y la atmósfera, entre garitos de 3×1, buscavidas de tarjetas, tiendas horteras, bailarines callejeros y locales de striptease nos recordó un poco, salvando las distancias, a las Vegas, y encima estaba en obras. Mejor pasear de día por las calles aledañas y entonces sí, ya se ve parte de la magia prometida, las paredes de colores, los balcones floridos y las candelas encendidas. Mucha gente te pide dinero, mucha gente durmiendo en el suelo. Entramos en un sitio al azar, pedimos dos cocacolas y nos sentamos en el banco de afuera a ver pasar a la gente, sin pretenderlo habíamos dado con el bar más antiguo de Nueva Orleans, de modo que todos los carruajes llevando turistas hacían parada delante nuestro, incluyendo la gracieta de conducir el caballo disfrazado de unicornio, pezuñas fucsia, a la barra del bar como si quisiera pedirse un trago. Se te cae el pelo de la impresión.

En la plaza, videntes echando cartas y pronosticando perogrullerías por la voluntad, y en el templo espiritual del voodoo, una madame te da conversación inocente y te enseña su santuario (si le has caído bien) mientras notas cómo se te hiela el espinazo cuando sus ojos te escrutan taladrándote el alma. Habelas hainas.

Y en la calle, música, el viejito tocando el saxo delante del café, el grupo de jóvenes mixtos con bombos y vientos en las esquinas, el rapper rimando freestyle sobre la camiseta de Mafalda de Vanessa y la chica, tremenda voz y gafas de espejos con forma de corazón versionando a Adelle. También una calle donde los bares se especializan en bolos de jazz con un mercadillo de artistas y tenderetes. Y despidiendo la semana, y el país, un homenaje con visita a un coqueto local de vino y queso en el que tras hacer 20 minutos de cola sin entrar rodeados de pijos, corbatas y optimistas trayendo a su cita, fuimos al chino más cercano, compramos una botella para llevar (envuelta en papel opaco como en las películas), y brindamos en chanclas en casa por la tierra de las oportunidades, los excesos y los contrastes.

La fiesta que se improvisó un día en casa junto a la casera, disfraces de mardi gras incluídos, la contaremos en otra ocasión, que hay niños (y madres) delante.

Un placer conocerle, señor Obama, nos vemos en las colonias.

 

 

USA – Nashville, Memphis y el Mississippi

 

De nuevo un aeropuerto, una conexión que se retrasa y temer que no lleguen las mochilas a destino, pero esta vez las hadas aeroportuarias son benignas y nos reciben con música country en directo y el típico frío sureño. Sin querer meternos en política, lo que más tememos es encontrarnos a Patrick Swayze y tener que correr delante de los grises.

 

Nashville  (tres días)

Una chulada el airbnb, gominolas en la cama, palomitas en el armario, cervezas en la nevera, música en la radio, una ducha bien caliente, un take away de pollo frito al lado y el apartamento todo para nosotros, perfectos ingredientes para recobrar la salud mental y el tono físico tras el vegas crucis. El día que salió el sol nos atrevimos a pasear por Broadway St., epicentro del turisteo, y lo que llama la atención es que cada bar donde pasamos por delante tiene montado un concierto, en plan solo o en plan grupo, tocando en directo a cambio de propinas. También en los bares donde estuvimos dentro (ejem). Para quien no lo supiera, o sea yo, Nashville es la cuna de la música country, o sea, viola, banjo, steel guitar, voz nasal desgarrada alargando los mississippiiiis, botas, espuelas y sombrero. Mención especial al museo de Johnny Cash, de donde al salir, y durante la siguiente hora y media, no se puede tararear otra cosa distinta a “because you’re mine, I walk the line”. La tenían puesta en loop en todas las salas.

 

Memphis  (dos días)

Alquilamos un coche y llegamos justo a tiempo de ser invitados a una fiesta de Halloween, de las de chavales haciendo ronda de truco o trato mientras los de las casas intentan asustarles. Nos prestaron rápidamente unos disfraces, Vanessa de bruja buena malvada, y yo de payaso cabrón. Hice tándem con el hijo de María (la anfitriona de la fiesta) que, vestido de camuflaje de hierba y tumbado en la oscuridad del jardín que apenas se le veía, daba singular bienvenida en brinco y gruñido a los grupos de niños que se acercaban, y ahuyentaba más o menos a la mitad. Los que seguían quedaban a merced de Pennywise y de la voz de nuestro casero y su imitación de madre de Anthony Perkins. ¿Rancio? Lo que quieras, pero qué divertido saltar amenazante de las sombras y que niños super pequeños salgan corriendo, cagados de miedo, con ataque de ansiedad y coulrofobia (miedo irracional a los payasos) de por vida. Uno de los sobrinos de María no quiso entrar en la casa en toda la noche mientras yo estuviera dentro, incluso sin careta, lo que ahora que lo pienso..

El día siguiente paseamos por Beale St., que es el mismo concepto que la calle de los bares de música de Nashville, pero con blues en vez de country. Y entramos a ver a Marc Gasol liderar a su equipo pese a que los Grizzlies perdieran por dos después de fallar los últimos tres intentos de canasta con opción a victoria. Se coreó el “dii-fens” en el último cuarto y sorprendió ver que el estadio no se llenó del todo pero, bueno, es el principio de la temporada.

También visitamos el Museo de Derechos Civiles, muy bien montado, y aprendimos sobre la importación, esclavización, segregación y lucha por la igualdad de la población negra en los Iueséi. Se te queda un poco de malestar en el estómago, especialmente al visitar la habitación del motel donde asesinaron a Martin Luther King, y atisbar por vídeos y testimonios el palo que representó para la comunidad afroamericana y el daño que supuso para su causa. I am a man!
Y terminamos con una visita a unos históricos estudios de grabación, Stax, convertido en museo de música soul, moviendo los pies, moviendo las caderas, y saliendo, cómo no, a través de la tienda de regalos.

De Elvis, ni hablamos.

Rumbo a Nueva Orleans  (dos días)

Siguiendo el trazo del Mississippi, es bastante ancho este río, vimos plantaciones de algodón, nos cruzamos con patrullas de carretera, sufrimos un ataque de insectos mientras paseamos a la rivera del río (no pasa literalmente medio segundo entre decir Vanessa lo que me sorprende es que no hay mosquitos, y vernos cubiertos al instante, ropa, pelo, todo, de mariquitas voladoras), comimos en un garito de Morgan Freeman, tomamos rapidito una coca-cola en un bar de atmósfera inquietante, nos colamos en un parque museo de una batalla con derrota confederada, vimos los restos del primer barco hundido con una mina, dormimos en moteles baratos y derramamos mogollón de mantequilla por los bordes de la máquina de gofres ante la gélida mirada del recepcionista.

Uff, ya sólo nos queda una semana en este país.