USA – Nashville, Memphis y el Mississippi

 

De nuevo un aeropuerto, una conexión que se retrasa y temer que no lleguen las mochilas a destino, pero esta vez las hadas aeroportuarias son benignas y nos reciben con música country en directo y el típico frío sureño. Sin querer meternos en política, lo que más tememos es encontrarnos a Patrick Swayze y tener que correr delante de los grises.

 

Nashville  (tres días)

Una chulada el airbnb, gominolas en la cama, palomitas en el armario, cervezas en la nevera, música en la radio, una ducha bien caliente, un take away de pollo frito al lado y el apartamento todo para nosotros, perfectos ingredientes para recobrar la salud mental y el tono físico tras el vegas crucis. El día que salió el sol nos atrevimos a pasear por Broadway St., epicentro del turisteo, y lo que llama la atención es que cada bar donde pasamos por delante tiene montado un concierto, en plan solo o en plan grupo, tocando en directo a cambio de propinas. También en los bares donde estuvimos dentro (ejem). Para quien no lo supiera, o sea yo, Nashville es la cuna de la música country, o sea, viola, banjo, steel guitar, voz nasal desgarrada alargando los mississippiiiis, botas, espuelas y sombrero. Mención especial al museo de Johnny Cash, de donde al salir, y durante la siguiente hora y media, no se puede tararear otra cosa distinta a “because you’re mine, I walk the line”. La tenían puesta en loop en todas las salas.

 

Memphis  (dos días)

Alquilamos un coche y llegamos justo a tiempo de ser invitados a una fiesta de Halloween, de las de chavales haciendo ronda de truco o trato mientras los de las casas intentan asustarles. Nos prestaron rápidamente unos disfraces, Vanessa de bruja buena malvada, y yo de payaso cabrón. Hice tándem con el hijo de María (la anfitriona de la fiesta) que, vestido de camuflaje de hierba y tumbado en la oscuridad del jardín que apenas se le veía, daba singular bienvenida en brinco y gruñido a los grupos de niños que se acercaban, y ahuyentaba más o menos a la mitad. Los que seguían quedaban a merced de Pennywise y de la voz de nuestro casero y su imitación de madre de Anthony Perkins. ¿Rancio? Lo que quieras, pero qué divertido saltar amenazante de las sombras y que niños super pequeños salgan corriendo, cagados de miedo, con ataque de ansiedad y coulrofobia (miedo irracional a los payasos) de por vida. Uno de los sobrinos de María no quiso entrar en la casa en toda la noche mientras yo estuviera dentro, incluso sin careta, lo que ahora que lo pienso..

El día siguiente paseamos por Beale St., que es el mismo concepto que la calle de los bares de música de Nashville, pero con blues en vez de country. Y entramos a ver a Marc Gasol liderar a su equipo pese a que los Grizzlies perdieran por dos después de fallar los últimos tres intentos de canasta con opción a victoria. Se coreó el “dii-fens” en el último cuarto y sorprendió ver que el estadio no se llenó del todo pero, bueno, es el principio de la temporada.

También visitamos el Museo de Derechos Civiles, muy bien montado, y aprendimos sobre la importación, esclavización, segregación y lucha por la igualdad de la población negra en los Iueséi. Se te queda un poco de malestar en el estómago, especialmente al visitar la habitación del motel donde asesinaron a Martin Luther King, y atisbar por vídeos y testimonios el palo que representó para la comunidad afroamericana y el daño que supuso para su causa. I am a man!
Y terminamos con una visita a unos históricos estudios de grabación, Stax, convertido en museo de música soul, moviendo los pies, moviendo las caderas, y saliendo, cómo no, a través de la tienda de regalos.

De Elvis, ni hablamos.

Rumbo a Nueva Orleans  (dos días)

Siguiendo el trazo del Mississippi, es bastante ancho este río, vimos plantaciones de algodón, nos cruzamos con patrullas de carretera, sufrimos un ataque de insectos mientras paseamos a la rivera del río (no pasa literalmente medio segundo entre decir Vanessa lo que me sorprende es que no hay mosquitos, y vernos cubiertos al instante, ropa, pelo, todo, de mariquitas voladoras), comimos en un garito de Morgan Freeman, tomamos rapidito una coca-cola en un bar de atmósfera inquietante, nos colamos en un parque museo de una batalla con derrota confederada, vimos los restos del primer barco hundido con una mina, dormimos en moteles baratos y derramamos mogollón de mantequilla por los bordes de la máquina de gofres ante la gélida mirada del recepcionista.

Uff, ya sólo nos queda una semana en este país.

 

USA – Conduciendo de SF a LA

Queda confirmado, iueséi, con sus carreteras anchas, gasolina barata, distancias largas y tranquilidad al volante, es un país por y para coches. Si te vas a equivocar de giro y das un volantazo a izquierdas sin intermitente, tranquilo, el camionero de atrás te da las gracias, si doblas el límite de velocidad permitido y te adelanta por la derecha una familia de mormones, tranquilo, hay 6 carriles de M-30, si se te cansa la pierna izquierda de tanto pisar y soltar el embrague en el atasco, tranquilo, el cambio es automático y lo que has reducido a cenizas era el estuche de las gafas. Así que ni cortos ni perezosos encaminamos nuestros pasos a una agencia de alquiler de vehículos y, tras primero equivocarnos de mostrador y depués esperar a que fabricaran el coche, salimos rumbo al sur, a recorrer la escénica highway 1 que, bordeando la orilla, une Santurce con Bilbao.

Scenic drive – desde SF a LA  (7 días)

Como todos los blogs de viajes recomendaban cuatro días para este trayecto, nosotros lo hicimos en siete, que no se trata tanto de ir deprisa y llegar cuanto antes sino de perderse en detalles, admirar paisajes, enriquecerse del entorno, camuflarse con paisanos y al final tener que hacer tiempo de todas formas porque, efectivamente, con cuatro días basta y sobra. Qué memorable sensación saberse hijos del viento, con la carretera por delante sin saber cuándo ni dónde caerá la noche. Corolario: pésima idea intentar reservar habitación para la misma noche un sábado a las ocho de la tarde, ni Monterey ni romanticismos ni hostias.

La costa ofrece paisajes escarpados, puntos de mar agreste, playas, gaviotas, focas, pueblos turísticos y un precioso tramo (privado) de casi 30 km de campo de golf, lo que antes era costa, donde para poder pasar hay que pagar si te quieres dar el gustazo de molestar la concentración de los millonarios que estarían disfutando de su handicap en tan idílico domingo de no ser por la puta chusma y sus fotitos de olas. En Santa Cruz, que es un pueblo barra parque de atracciones fuimos al baño y Vanessa se hizo su primer tatuaje. En Monterey, después de comer una pizza que hubo que lamentar estomacalmente los dos días posteriores, nos dio tiempo a visitar brevemente su mundialmente famoso acuario (lo que tardamos en llegar a las taquillas y ver que la entrada era 50 pavos por persona). En el parque del Big Sur contemplamos que la cascada de la playa estaba temporalmente cerrada y que la carretera de la costa continuaba cortada por obras. En San Luis Obispo aparcamos muy cerca de los museos y Vanessa casi se tiñe el pelo, y en Morro Bay les robamos en el último segundo la mejor posición para ver la puesta de sol a una familia de suizos que llevaban guardando el sitio toda la tarde, tapándoles además la vista, y que, fieles a sus costumbres, optaron por no decir ni pío. En Santa Bárbara hicimos la colada, un poco de piscina, un poco de playa, un poco de tiempo y un poco de nada. Y en Santa Mónica pagamos el parking del pier y la novatada.

Y por las noches, para dormir, disfrutando de los clásicos moteles de carretera, con sus toallas de baño que no secan sino desollan, con su rollo (uno) de papel higiénico unicapa, es decir, transparente, o translúcido, o como se diga, vamos, que permite pasar la carne a través, con sus drogadictos de parking pidiéndote tabaco y con sus dicharacheras dueñas de motel, o conserjes, donde la conversación tipo nada más llegar es algo así como:

(Nosotros)   ¡Hola, muy buenas tardes!

(Motelera)   La tarjeta de crédito.

(Nosotros)   ¿Ha visto usted qué buen tiempo hace? ¡Qué bonito lugar este!

(Motelera)   Prohibido fumar en la habitación.

(Nosotros)   ¡Muy amable, que tenga usted un día maravilloso!

(Motelera)   Check out a las 11:00.

 

Los Ángeles  (1 día)

Y menos mal que decidimos saltarnos Los Ángeles, porque parece muy muy grande. ¿En extensión? Enorme. ¿Buena pinta? Uff.. casi que no mucha, así que si hay que reducirse a lo mínimo, demos una vuelta por Hollywood al menos, Y eso hicimos, entramos a la ciudad conduciendo por Mulholland Drive, nos hicimos un selfie desde lejos con las famosas letras en las colinas al fondo, bajamos a dar un paseo por el walk of fame donde cada dos baldosas hay una estrella con el nombre de algún celebrity (y vale todo, desde cine a música pasando por television, y donde entran todos, incluido Nicholas Cage y Luis Cobos). Es sólo en el patio del teatro chino donde están los cementos con las huellas de las manos y los pies, algunos antiguos, algunos más modernos, incluyendo las suelas de Tarantino donde se lee „paz y prosperidad para la humanidad“ ¿o quizá era „fuck you“?, no me acuerdo muy bien, en fin, una de esas dos cosas.

Una hora de coche por la ciudad y casi sin atasco para llegar hasta el airbnb, y a reponer fuerzas que al día siguiente empieza la aventura de los parques nacionales. Oh, ducha larga y cuarto de baño propio, oh, pequeños placeres cotidianos.