Si no es por las hoces y los martillos que adornan cada casa en Laos ni nos hubiéramos dado cuenta de que volvemos a estar en territorio enemigo. En la ciudad vemos modelos nuevos de coches japoneses, grandes carteles publicitarios, tiendas bien abastecidas de cocacolas, oreos, kitkats, patatas lays, marlboros, iphones, helados magnum y jabón palmolive. Entonces, si se puede ser comunista con las ventajas que tiene un capitalista pobre, ¿por qué, bajo el mismo sistema ideológico, en Cuba no encuentras ni variedad ni cantidad en las tiendas? ni que las estuviera bloqueando alguien..
Como esperamos de una verdadera revolución comunista, chúpate esa Fidel Castro, en Laos vemos miseria conviviendo con gente de bien, personas durmiendo en la calle frente a casas con aire acondicionado y parabólica, presas, plantaciones, bosques y grandes extensiones de tierra en manos extranjeras, niños trabajando o mendigando, muy pocos centros de salud, escasa infraestructura, casi ninguna actividad cultural aparte de una exposición de objetos encontrados con bombas sin explotar made in usa y malformaciones de nacimiento en mucha gente de mi edad.
Laos (17 días)
Todavía en Tailandia, madrugamos para llegar con tiempo a la taquilla del autobús a Laos, y la amable señorita de la ventanilla nos grita, en monosílabos y sin sugerir alternativa, que no hay billetes, así que retiro mi mano del mostrador porque hace ademán de bajar violentamente la persiana y mis dedos aún están dentro. Le solicitamos perplejos si puede elaborar su respuesta y un graznido con forma de índice nos lleva frente al autobús de la plataforma 1, donde el oficial de la mesa perfecciona el arte de mirar al infinito a través nuestro y sacude la cabeza apartando unas moscas. Se nos empieza a afilar el colmillo y las carcajadas de desprecio del sanedrín de arpías de la mesa 17 al enviarnos de nuevo a la taquilla inicial transforman a Vanessa en un caminante blanco que, con un tono donde se puede leer la calma interior en el vaho que se forma sobre el cristal, requiere, si-es-posible, un billete para el siguiente autobús libre. Que yo me encuentre pateando papeleras, arrancando de las paredes los papeles en tailandés y dejándome los antebrazos en carne viva por aliteración de cortes de manga no hace sino añadir templanza a la escena. En estas aparece un ángel guardián de la compañía agitando en la mano dos boletos sueltos que, por arte de magia, se habían quedado sin vender, y lo siguiente que sabemos es que vamos montados en el autobús rumbo a Pakse, entre cajas de electrodomésticos, bolsones de textiles y el estrés post-traumático de un buen sofocón.
En la frontera tenemos que comprar la visa de entrada por el triple de su valor oficial para que el agente de inmigración pueda encontrar entre tantos cajones la tinta del sello con el que estampar los pasaportes, de los cuales sólo los europeos se han extraviado, y al llegar a Pakse el tuktuk que nos traslada al hotel nos vacía de todas formas la cartera sin agradecernos el que bajáramos una vez para empujar, sacándolo de la zanja en la que se había metido él solito en el mercado.
Bienvenidos a las 4.000 islas. Hace un sol justiciero, y cuesta un poco cargar con las mochilas los 10 minutos que hay desde donde nos deja el minibús hasta el embarcadero. Pasaremos los próximos días de relax lustrando una hamaca a orillas del Mekong, para lo cual hemos elegido la isla más tranquila de las dos más turísticas del área. Y con buen criterio. De los guiris que esperan abordar un bote, sólo unos pocos elegidos con clase vamos a Don Khon, mientras la gran mayoría, que va a Don Det atraída por los hosteles baratos de barracas, karaokes nocturnos y duchas compartidas de agujero, consiste en jovenzuelos confusos, protorrastas, transfiesteros, afterhipsters, tecnopastis, pijopackers, bebesmoothies, neohackers, panyoutubers, infraencers y una pareja de hippies del 68 que, o no habían hecho los deberes de investigación, o el sintrón is the new millenial. Entre siestas nos tomamos la molestia de acudir al apareamiento de unos delfines de río, de los cuales sólo el lomo aleteado de una selecta minoría se digna en aparecer de vez en cuando en la lejanía. Los baches del camino de tierra no detienen el avance del tuktuk que esquiva vacas, perros y niños sin volcar una sola vez, y el siguiente bote nos lleva a la catarata más grande del mundo, en su opinión. El sol se oculta lentamente en el horizonte y remontamos entre islotes el río con una lagartija de polizón, un barquero de pasado turbio que trata de ocultarse de la policía y una sonrisa en la cara que evidencia completa satisfacción.
Se acerca la celebración de Año Nuevo en Laos, y la vida se detiene entre 3 y 5 días. Se lavan las penas del año pasado y se amanece limpio y puro para afrontar las nuevas. Se hace orden en la casa, se saca brillo a los budas del templo y, sobre todo, se participa sin cuartel en una masiva guerra de agua callejera. Estamos en Vientiane, y por la ventana se filtra música electrónica a toda pastilla, salteada con risas, arrebatos y bocinazos. La inspección del campo de batalla desde el balcón revela un grupo de chavales bailando en botellón frente a un barril lleno de agua, salpicándose un poco entre ellos de vez en cuando. No parece tan terrible como nos lo habían pintado, demos una vuelta con cuidado y con suerte esquivaremos los remojones. Aparece una vespino por la calle y uno de los chavales le pega de lleno tal cubetazo de agua en el pecho que esta derrapa y, aunque consigue enderezar, más nos vale armarnos que aquí bromitas las justas. Bañador, móvil plastificado y dos fusiles lanzaaguas más tarde emboscamos a un grupo de niños, el mayor tendrá unos 5 años, y pese a su nutrido arsenal de globos de agua, conseguimos mantenerlos a raya hasta que sale una madre algo enojada y nos echa de allí aún no entendemos por qué. Turista moja turista, pues, y en un ataque coordinado utilizando un coche aparcado de trinchera, sorprendemos de inicio a un gafillas que porta, craso error de juicio el nuestro, una metralleta bastante más cara, y no sólo su chorro es más grande sino que además llega más lejos. Empapada y retirada. Comienza el asalto a la colina de la manguera, donde un artillero fofichino reparte estopa a raudales gracias al flujo ininterrumpido de munición y a su impecable habilidad en el manejo de armamento pesado. Me alegro sobremanera de haberme leído El Arte de la Guerra la semana pasada en el kindle, y el primer asalto lo intentamos hacer de estrangis rehuyendo el cuerpo a cuerpo, esta no es nuestra guerra así que tú pon cara de póker. Manguerazo, y de lleno. Ah, ¿conque esas tenemos? Vanessa, tú te acercas por la espalda y yo te cubro. Doble manguerazo. ¡Maldición! Vale, le atacamos kamikazes al mismo tiempo. Más manguerazos y esta vez el tipo se ceba. ¿Qué haría Curro Jiménez en nuestra situación, aparte de secarse las patillas? Salto como una nutria a sus espaldas, agarro la goma desconectándola por la mitad quedándome así con el nuevo extremo de una manguera más corta, el chino mira desconcertado unos segundos cómo su agua ha dejado de brotar antes de girarse hacia mi sonrisa triunfante, y comprobar que la venganza es un plato que se sirve bien húmedo. Llegamos empapados al hotel justo cuando el recepcionista termina de fregar el lobby y rumbo a la habitación nos aseguramos de pisar bien por todos los lados.
Salvo con los italianos, que siempre andan a gritos, en Laos no se conoce tan fácilmente quién es local y quién turista, así que sólo digamos que hay un buen número de personas visitando las cataratas de Kuang Si, en las cercanías de Luang Prabang. Las vistas son preciosas, el agua verde y existen diferentes zonas y alturas. A la vuelta, se pone el sol en la cima de un cerro en medio de la ciudad, los mosquitos hacen su agosto y bajamos al mercadillo de artesanía que se instala cada día en la calle del turista (sic) mientras Rita, una amiga de Vanessa que nos visita por 3 semanas, peina foto en mano los puestos de comida para entregarle un paquete, encasquetado desde Zürich por otra amiga, al más inexpresivo o desagradecido de todos los pancakers. Son los últimos coletazos de las festividades del Año Nuevo, en el templo siguen duchando a buda y el palacio real está cerrado únicamente cuando intentamos visitarlo. La señora que guarda la cueva a donde hemos llegado tras un paseo en bote, pago obligatorio de una entrada (menos Rita que como suiza se cuela) e infinitos escalones nos fulmina con la mirada cuando no donamos adicionalmente para su mantenimiento, el de la señora, se supone. Entre cientos de figuras de budas de todos los tamaños descubrimos en un recoveco, casi oculta, una virgen blanca que demuestra la existencia del troleo religioso. El budismo es una filosofía, y no una religión. Ay, sí, perdón, es que con tantos templos, tantas estatuas y tantas personas llevando ofrendas y rezando a todas horas casi se me olvida.
¡Tráeme la herramienta especial! De vuelta en el hotel de lujo, tras la cena, en nuestra primera noche en Nong Khiaw, comprobamos que la llave de lujo que nos han dado en recepción, si bien corresponde a nuestro candado de lujo, no entra del todo y por tanto nuestra puerta de lujo no se abre. Es de noche, sin farolas, los insectos de esta zona hacen unos ruidos muy raros y con la linterna del móvil apenas conseguimos iluminar el lugar donde antes estaba nuestra suela del zapato y tras un desagradable crunch ahora están los restos moribundos de un caracol. El que grita pidiendo la herramienta es el encargado general de mantenimiento. El chico que viene corriendo con un pedrusco en la mano es su ayudante.
En el embarcadero de Muang Ngoi, sin carreteras y a donde sólo se llega navegando río arriba, las dueñas de las casas de hospedaje esperan cada día la llegada del barco que trae a los turistas. Tengo que adelantarme a mi vecina, un poco de inglés, y con suerte hoy eligen mi casa en vez de la suya, aún no he puesto mosquitera, pero por lo menos ahora también yo tengo aire acondicionado, además, qué tía, la muy borde, y tan repintada que va siempre, no entiendo cómo consigue llenar su casa, si les trata fatal, si la conocieran como yo la conozco vendrían sin dudar para la mía, más limpios estarían y no les gritaría nadie.
No se lo piensa dos veces. Volvemos de una de las cuevas que los locales usaban como refugio durante los masivos bombardeos sufridos a lo largo de la guerra de Indochina, cuando una camioneta se atranca delante nuestro en el único tramo del camino que está embarrado. Vanessa pone la directa, se lanza sin preguntar de cabeza al fango, y empieza a empujar mientras el conductor quema goma. Uno no desobecece así como así una mirada directa de Vanessa, y me tomo flemático un tiempo para quitarme la camiseta y los pantalones, me desabrocho las zapatillas, me ajusto el bañador, compruebo que pese a hacerme un Rajoy el problema no se ha solucionado solo, y acudo al trote cochinero en desinteresada ayuda a terceros.
Vietnam, gññññ. Inmune a mis súplicas y sin importarle que haya tenido que andar 3 kilómetros hasta aquí, el viejo de la mesa hace un gesto con la mano como para indicarme que los autobuses a Điện Biên Phủ no pasan, ni pasarán jamás, por su estación. ¿Existe alguno, si no es aquí dónde para, a qué hora? Vietnam, gññññ. Vietnam, gññññ. Veo la espalda del viejo alejarse y ya no existo ni en su recuerdo. Sospecho que vamos a tener que quedarnos un día más en Muang Khua.
El bueno de Singthong nos cuenta sobre la mesa del desayuno que si le alquilamos unas mountainbike por un día nos lleva de excursión al pueblo de su tía y que después un amigo suyo nos puede cambiar kips por dongs casi sin comisión. Nos vamos mañana y andamos sobrados de divisa de Laos, por lo que el trato nos parece justo. Primeros europeos en ir con él a su pueblo, los niños nos siguen entre risas y sentimos las miradas curiosas de los adultos. Sentados bajo un techo de caña los hombres fuman madera, ríen bromas que no entendemos y bebemos con ellos un vaso de agua amarilla que deja posos de tierra. Comemos arroz pegajoso, pescado de río picante, col hervida y granos de menta, todo con las manos. En la calle dos gallos se pelean, en un tejado se seca tabaco, una mujer pone las setas que recogió por la mañana a secar y una anciana se ducha sin pudor en el único grifo con agua corriente.
Laos, hemos hecho las paces.