Tan bien nos estaban tratando que no hubo más remedio que huir de un día para otro, a dónde, donde sea, da igual, pero alejémonos ya de este vergel de asueto, complacencia y felicidad que se echan de menos los sobrecostes tarifarios de los taxistas y los hostales de baño compartido y papel lijiénico. ¿Qué prefieres, volcanes o terremotos? Sin duda, volcanes, que se les ve venir.
Guatemala (9 días)
Lo primero que nos llama la atención al salir del aeropuerto de Guatemala City es que la población es indígena, las ropas son coloridas y Vanessa parece una jugadora de baloncesto. Para evitar las zonas de mayor riesgo para turistas solemos consultar con antelación la cuñipedia, y visitar cualquier sitio de la capital aparece en rojo en todos los consejos, junto a las elecciones de Honduras, una misa del gallo en Kabul o el agua del grifo de Torremolinos, de modo que regateamos en la puerta el traslado a la más segura ciudad colonial de Antigua: ellos aceptan bajar el precio del viaje, nosotros aceptamos que nos lo suban dejándolo como al principio, y todos tan contentos.
Las calles de Antigua son empedradas y se respira ambiente de mercado, donde todos los puestos ofrecen las mismas artesanías. Se ven niños vendiendo, pidiendo, limpiando zapatos, y se ven señoras hablando en maya que cambian al español cuando pasas “qué nesesita, que busca, buen presio”. No se nos ocurre pecar de dedos largos pues carteles diseminados por los pasillos nos informan abiertamente de que el hurto se responderá con linchamiento. En las tiendas de electrónica vemos la frustración de CR7 en un nuevo empate a cero en casa y nos trasladamos de un sitio a otro en tuk tuk, que son motos de tres ruedas a prueba de baches y curvas cerradas.
Habiendo improvisado y con tan pocos días, dejamos las visitas a Semuc Champey y a Tikal para otra ocasión, y tomamos un bus local hasta el más cercano lago de Atitlán, donde pasaremos cuatro días visitando santos de lancha en lancha. La base la ponemos en Panajachel, donde vemos puestas de sol entre volcanes comiendo cacahuetes callejeros cervecita en mano, le discutimos la cuenta a todas luces inflada a un muy servicial, primero, indignado después, caradura camarero, y nos quedamos en la calle unas horas en pijama al cerrársenos la puerta de la casa con las llaves dentro. Un día visitamos a San Juan, bullicioso y callejero, donde el filete empanado de moscas nos costó casi tan barato como usar el baño público encharcado de enfrente y donde Vanessa inició su carrera en el arte del regateo pagando por dos prendas exactamente lo que le pidieron. Tras insistirle en que, además, no tiene por qué dejar propina, cogimos la lancha a San Marcos, tan hippie que tienen un portero en el embarcadero que te pide el carnet si no llevas rastas hasta la cintura o un piercing de aro en la nariz, y al que esquivamos aduciendo que veníamos al taller de reiki de kinesiología aromática. Otro día visitamos a San Juan, nativo y textil, o más bien nos visitó él a nosotros, pues fue agarrar el primer tuk tuk y sin pretenderlo nos vimos dentro de una cooperativa indígena con demostración gratis de tradicional coloración y tejido manual de algodón y posterior salida a través de la tienda de exposición y venta donde tres señoras te hacían una llave de judo hasta que comprabas una falda, un edredón y un poncho, los más gordos que había, ideales para su posterior transporte mochilero a través de los aeropuertos de medio mundo. Y otro día visitamos a Santa Cruz, empinada y distante, donde tras ascensión y caminata acabamos en una piscina a ras de lago y a temperatura del tiempo para que el selfie nos costara una comida a tres veces su precio y un principio de pulmonía, ya que el jacuzzi había que abonarlo extra.
También fuimos a Chichicastenango (Chichi para los amigos), famoso por su mercado, y ya. Grande, grande Vanesssa, mírala ahí regateando ese bolso como si no hubiera mañana, lo que ha aprendido en cuatro días 😉
Y aún nos dio tiempo a visitar un finde Quetzaltenango (Xela para los amigos) que, y pese al buenrollismo de los guiris que habían montado recientemente nuestro hostal, nos encantó por su, cómo explicarlo, normalidad. Una ciudad pequeña, con sus transeúntes, sus palomas, sus gestorías, sus oficinas de plastificado de documentos, sus cementerios, su feria de emprendimiento y, lo más chulo, su festival de cine y teatro-foro. Este último, presentado por un francés de gafas, alternaba rap en maya con educación sexual, y donde el público participó con aes, oes, chiflidos, aplausos, e intervenciones espontáneas en el escenario para re-representar escenas de la obra según sus propias convicciones. Una joyita. Y ya metidos en artistas, en uno de esos encuentros surrealistas que ocurren de vez en cuando, acabamos en el estudio de Rodrigo Díaz, pintor presuntamente famoso que, entre fotos de Picasso, lienzos sin enmarcar pisoteados (por él) y posters de bienales con su nombre, nos estuvo enseñando una a una todas sus pinturas a la espera, imaginamos, de que le diésemos el alto en alguna para pedirle precio.
De vuelta en Guatemala City para tomar el próximo vuelo, volvimos a hacerle caso a la cuñipedia, e hicimos la noche en una colonia cerrada, con garita, guarda armado en la puerta y contraseña para poder acceder. En nuestro caso fue, ya que hubo que cenar algo, “telepizza”.
En la retina, tantos y tantos colores, y a las fotos de abajo me remito.