Cuenta Marco Polo en sus memorias que lo primero que le llamó la atención de los siameses fue que cuando se dirigieron a él en la terminal de llegadas del puerto no fue para intentar venderle un viaje en palanquín, sino simplemente para informarle desinteresadamente de cómo tomar uno, desmontando así los prejuicios que arrastraba desde que su amigo Cristóbal Colón le contara dos siglos después que los indios le intentarían colocar de todo no más pisar tierra. En la hospedería el batiente pareció abrirse solo, le habían puesto un cuenco de hidromiel en la mano antes de decir ni hola y unos mozos peleaban por subir las valijas a su aposento, Aún estaba por ver si la proverbial amabilidad asiática que había vivido hasta ese momento iba a mantenerse idéntica durante el resto de su estadía.
Lo segundo que le llamó la atención fue que, aún estando en el meollo de una zona geográfica sistemáticamente expoliada por franceses colonialistas primero y brutalmente arrasada por estadounidenses imperialistas después, Siam siempre se hizo el longuis y se mantuvo relativamente independiente. Por eso en su idioma la palabra thai significa libertad, lo cual en un estado gobernado por una junta militar donde un rey hereditario es el jefe de las fuerzas armadas no deja de ser un éxito de marketing lingüístico o una ironía con cierta mala leche.
Bangkok (cuatro días)
La bofetada de calor y humedad que recibimos al salir del aeropuerto de Bangkok nos despeja el jet-lag en un pispás así que hacemos turnos al llegar a la habitación del hotel para abrazarnos al aparato de aire acondicionado.
En nuestro primer intento de salir a la calle llegamos hasta el tren ligero, deducimos cómo funciona el sistema de tickets y recorremos un par de centros comerciales sin llegar a un acuerdo si comer japonés o coreano, de modo que elegimos un chino bastante nefasto. Estamos sudando sólo con respirar y echamos a lengua, nariz o ceja quién levanta el brazo para apretar el botón de la próxima parada.
Al día siguiente, más resignados que aclimatados, tomamos un bote petado de turistas para ir visitando, en precio de entrada creciente, los templos, palacios y budas más característicos de la ciudad vieja. Como es la primera vez para los dos que estamos en Asia, todo es novedad y se nos hubiera caído un poco la baba de no haberla hipertranspirado antes. Las pagodas, o las stupas, o como se llamen estas torres cónicas, o inversamente acampanadas, de azulejos, dragones, serpientes, estatuas, puntas, esquinas y detalles impresionan, casi tanto como el inmenso buda tumbado de 46 metros que hay en el primer templo. No así el archicelebrado buda esmeralda del otro porque te peleas en la fila con cuatro autobuses de japoneses colones para encontrarte después sólo un enano de medio metro que ni siquiera es entero verde.
Por la tarde visitamos la zona mochilera y compramos camisetas, comemos pad thai callejero riquísimo e insuperado en días venideros, regateamos el precio del tuktuk y constatamos que, definitivamente, el medio de transporte por aquí es la vespino.
El último día fuimos a un mercado flotante, que de flotante sólo tenía dos barcas, y con un bote fuimos por los canales a dar de comer pan a los peces. El aeropuerto local para viajar a Myanmar merecería un capítulo aparte pero no se lo vamos a dar como protesta y represalia por a) el taxista que conducía mirando el combate de thai boxing en la tele del salpicadero y que, según nuestro móvil gps, nos hubiera llevado errónamente al otro aeropuerto a tomar por culo de no haberle obligado a girar inmediatamente de dirección, b) la incompetencia, lentitud, nula información e incómoda y tardía facturación por parte de la aerolínea y c) el retraso de los vuelos, la masificación de la sala de espera, los cargamóviles gratis defectuosos y la habitación de fumadores cerrada por obras.