Colombia

“I have a dream” coreó Simón Bolívar ante una muchedumbre enfervorizada y así nació la gran nación que aglutinaría a todos los pueblos latinoaméricanos, independientes y libres por fin del colonialismo impuesto en sus tierras por las potencias extranjeras. “Te llamarás Colombia” y se giró inseguro hacia su consejero de marketing que asentía condescendiente con los dos pulgares alzados. El Libertador tenía la corazonada de que aquel nombre, basado en el ínclito genovés iniciador de sus males, les traería a la larga mal fario a nivel kármico. Malditos publicistas de Harvard.

Colombia (tres semanas)

Cuando el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel en Bogotá nos insiste tres veces que cerremos los seguros del coche, se empeña en aparcarnos en la puerta y no un poco más allá, nos ordena no dejar la mochila en el suelo ni un segundo y nos cobra el viaje más caro que la tarifa oficial, nos damos cuenta de que por aquí, tonterías las justas. Aún así nos da para un paseo por el centro, una visita al museo Botero y vuelta al hotel antes del anochecer.

Sin tiempo para acostumbrarnos a que constantemente se estén equivocando a su favor al darte el cambio, nos subimos en un avión hasta Barranquilla para vivir en primera persona los segundos carnavales más grandes de toda Sudamérica, para lo cual el hotel en el que habíamos reservado nos recibe con un triplicado en el precio de la habitación, una gorra regalo y una sonrisa de diente de oro. Pagamos una fortuna para entrar en un palco, vemos al pueblo bailar y desfilar en el cumbiódromo, asistimos a una guerra de espuma sufriendo daños colaterales y celebramos el punzante e ingenioso discurso de La Reina del Carnaval mientras cuidamos el cubo a la latera que se ha ido a por las vueltas tras pagarle dos cervezas.

Al no existir el bus que habíamos reservado por internet, nos lo cambian sobre la marcha en la estación y vamos a Santa Marta con la intención de visitar las playas del parque nacional, pero como está cerrado para que los indígenas purifiquen la tierra y hagan ofrendas a sus antepasados nos conformamos con hacer tubing por un río mirando con prismáticos cómo duermen los monos la siesta.

Una puesta de sol entre vendedores ambulantes más tarde agarramos otro bus hasta Cartagena, obviamente tampoco el previamente reservado sino uno que estará llegando ahorita, espérenlo allá. El casco histórico merece mucho la pena, vamos al cine, tomamos helados, estamos de terrazas, huimos cuando empieza a actuar Michael Jackson en nuestra oreja, y el hostal está chulo, recién abierto por un italiano que se mosquea con nosotros al no salir un día de la habitación habiendo tenido el aire acondicionado constantemente encendido. Aprovechamos para pasar tres días en las Islas de San Bernardo, a dos horas en barco de Cartagena, incluyendo en el trayecto de ida un avistamiento de delfines silvestres y quemaduras de segundo grado por la parte de la izquierda, sector nariz, y en el de vuelta una montaña rusa de olas, remojones, estómago en caída libre y muchas ganas de mear. En las islas, cocktail de bienvenida, masajes, camarote con hamaca y vistas al mar, aguas esmeralda, playas blancas, snorkel en banco de coral, baño de noche entre plancton luminiscente, pulgones y medusas, y un chef que va de mesa en mesa recogiendo cumplidos por el menú.

Un avión nos lleva a Medellín, encontrándonos una ciudad molona, bien comunicada, alternativa y moderna. Con ganas de que te lleves una buena impresión y se lo cuentes a tus amigos. Un día hacemos un tour por el centro que nos gusta mucho, chapó para el guía, arte, política, historia, anécdotas, y cómo no, Pablo Escobar, y otro día hacemos un tour por una comuna (el equivalente a una favela) que también nos gusta, metrocable, graffiti, proyectos sociales, costumbres y, cómo no, Pablo Escobar. Pues de tanto mentarlo habrá que verse la serie, pensamos.

Una furgoneta nos transporta a Manizales, en el eje cafetero, y aún nos acordamos entre náuseas de las dichosas curvitas y del Luis Moya que tuvimos por conductor. Nos aposentamos en una habitación con terraza, en la cima de una colina con vistas al valle, sin wifi, dejamos la vida transcurrir y nos tragamos por mero interés documental las dos primeras temporadas de Narcos en tres días. ¿Sí o qué? Paseamos entre plantaciones de café, charlamos con lugareños y cenamos vegetariano; el truquito está en echarle limón a la sopa y poner un poco de patata en cada pinchada, ¿listo?

De vuelta en Bogotá nos apuntamos a un tour de graffiti por el barrio, nos vuelven a hablar de Pablo Escobar (y esta vez ya estamos informados), y apuramos los últimos días en la zona hipster de la capital, reflexionando sobre lo jodido que debe de ser crecer en un país que lleva toda la vida en guerra, si no es una cosa es la otra, sobre el buen ánimo que tiene a pesar de ello la gente, con sus ganas de salir adelante, de hacer cosas y de mostrarte lo bonito, y ahora seguro, que es Colombia. Lo que hemos vivido nosotros, así ha sido. Hágale.