Cuba

Disclaimer: El texto de este post es inusualmente (más) largo y denso. Si estás en el trabajo, es domingo a la hora de la siesta o tienes las lentejas en el fuego, te recomiendo que saltes directamente a las fotos y pospongas su lectura hasta otro momento más propicio, quién sabe, quizá nunca. Avisado quedas.

 

Estamos en el año 59 después de Castro. Toda Latinoamérica está ocupada por los imperialistas.. ¿Toda? ¡No! Una isla poblada por irreductibles cubanos resiste todavía y siempre al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones de mercenarios imperialistas de los campamentos fortificados de Guantánamum, Miamium, Londonum y Bruselum..

La historia la escriben los vencedores, y esta dice así: Érase una vez que se era una isla paradisíaca del Caribe, bañada permanentemente en el sol, cuyos valles majestuosos y prístinas playas de aguas cristalinas daban seguro cobijo y rico alimento a toda flora, fauna e indígenas que en ella habitaban. Un día llegó a sus costas un despistado marinero que llegaba tarde a una cita que tenía con un urólogo en Calcuta, al que le había fallado el GPS y y que sólo quería parar un momentito en tierra para cagar, repostar gasolina y pillar el último cassette de Camela, pero que, con tal de no oir más quejas de su hambrienta tripulación y esquivar el motín que se estaba preparando, les hizo creer que habían llegado ya a destino y plantó una estelada en la playa expropiando la isla en nombre de la democracia y al amparo del estado de derecho constitucional. Se daba así por inaugurada la radial de peaje Colonial-I, por la cual empezaron a arribar guardias jurados, telepredicadores, agentes inmobiliarios, asesores fiscales y un notario de Palencia. Los vecinos decidieron movilizarse pacíficamente con manifestaciones y sentadas en las playas más relevantes haciendo más fácil la aplicación de la ley mordaza por parte de los antidisturbios que los exterminaron a estornudos o a palos, lo que fuera más rápido. Habiéndose recalificado todos los terrenos hizo falta recurrir a mano de obra extranjera, principalmente africana, para abaratar los costes de explotación, y el oligopolio así construido impuso un áureo control de todas las actividades cotidianas con especial atención al fútbol y a los toros. La vida discurría tan plácida y el statu quo se mantenía tan falto de sobresaltos a excepción de alguna que otra insignificante insurrección de esclavos, o el nacimiento de algún ilustre y subversivo poeta en armas, llamémosle José Martí, que nadie se dio cuenta de que los vecinos imperialistas del norte habían crecido hasta convertirse en el matón del barrio y habían declarado como objetivo estratégico inalienable hacerse con el poder en la isla. Por el bien de la libertad, dijeron. Para ello usaron la estrategia de la fruta madura, a saber, esperar a que España la cagara solita, nada nuevo por otra parte, y cuando el incipiente independentismo cubano estuviera a punto de ganar, autoexplotarse un barco en la costa, echar la culpa al monarca ibérico y presentarse a recoger las ganancias. De este modo, el nuevo gobierno pasó a ejercerlo la United Fruit Company, que sucesivamente fue contratando a diferentes presidentes que, organizándose en fructíferas tramas de corrupción, fueron implementando políticas de austeridad, privatizando bienes públicos, construyendo circuitos de Fórmula 1, y destruyendo a martillazos los ordenadores del gobierno. Llegamos más o menos a 1953, cuando un joven abogado que apunta maneras, hijo de un gallego y una cubana, se cansa de tanta dominación y decide asaltar con un grupo de amiguetes y un hermano pequeño un cuartel militar en el sur del país, aprovechando que es carnaval y se pueden vestir de sargentos y ponerse bigotes postizos sin llamar la atención. Su intención es hacerse con las armas del arsenal, y que el ruido generado haga saltar la chispa de un levantamiento popular que le devuelva la legítima soberanía a los cubanos. El tema sale rana y, entre que un guardia hace ronda por donde no debe empezando los tiros antes de tiempo, que la segunda unidad se confunde de edificio donde atacar y que se les despegan los bigotes con la humedad caribeña, el asalto fracasa y el aspirante a revolucionario, ya famoso, da con sus huesos en la cárcel, de donde nunca debió salir amnistiado dos años después porque, vaya si la lió. Cagada, cagada eso de liberarle, porque es salir el tipo este de la cárcel y exiliarse a Méjico, y de ahí a conocer al Che, montar una expedición de asalto en barco, refugiarse en las montañas con sólo 12 soñadores, dejarse barba esta vez de verdad, ganarle la guerra al ejército oficial, y hacer una revolución socialista en las mismas narices del Imperio sólo pasan 3 años. Los siguientes 60 los dedica a resistir el mongoosismo imperialista (o como acabar con el ejemplo), y a eliminar el analfabetismo, aumentar la esperanza de vida, reducir la mortalidad infantil, repartir la tierra y dar casa, comida, sanidad, educación, seguridad, pleno empleo, orgullo y algún que otro quebradero de cabeza en cuestiones de propaganda, salarios y libertad de expresión a los vecinos. ¡Ah! lo mejor: no existe ni la publicidad comercial ni la tuna.

 

Cuba (1 mes)

Empezamos, cómo no, en La Habana, y los primeros días son de aclimatación y de colas. Cola para el Etecsa, que es el único sitio donde se puede conseguir un número de móvil cubano y tarjetas para conectarse a internet. Cola en el Cadeca, que es el único sitio donde se puede cambiar dinero y conseguir pesos cubanos. Cola en el cine, porque estos días está el festival de cine latinoaméricano y primero entran los que tienen el pase y luego los demás. Cola nuevamente en el Etecsa porque resulta que no se puede comprar el móvil cubano ni las tarjetas de internet sin pasaporte y la primera vez no lo llevábamos encima. Cola en el pueto de perritos calientes que, si hay tanta gente esperando deben de ser baratos. Cola, y van tres, en el Etecsa porque ayer no funcionaba la conexión electrónica y no podían dar de alta ni el móvil cubano ni las tarjetas de internet. Cola en la estación de autobuses, que van todos llenos y hay que resignarse a la lista de espera y acudir una hora antes de la salida por si ha fallado alguien.

Existen dos tipos de pesos cubanos, los CUCs y los CUPs. Los primeros, también llamados divisa o convertibles, valen lo mismo que un dólar y, digamos, es la moneda de los turistas, y los segundos, también llamados pesos cubanos o moneda nacional, valen 4 céntimos de dólar y, digamos, es la moneda de los cubanos. A ver, qué lío. O sea que vas a un sitio y pagas en divisa, luego en otro no te la aceptan, sólo moneda nacional, y luego en otro te aceptan los CUCs pero te dan el cambio en CUPs. Menos mal que si vas al Museo de la Revolución te lo ponen fácil, los cubanos pagan 10 pesos en moneda nacional por entrar y los turistas 10 pesos en divisa, dejándote así de historias (hasta que te das cuenta de que los cubanos han pagado 40 céntimos la entrada, y tú 10 dólares, en un museo que, por cierto, no vale mucho la pena). Esta doble vara de medir no es metafórica, se traduce en la calle y me atrevería a decir que en la distribución social de la riqueza. Por un lado tienes una economía que por diseño político intenta ser estructuralmente distributiva, donde el coste de productos básicos de alimentación, vivienda o energía, es marginal a través de subvenciones estatales y donde los salarios son muy bajos incluso entre profesionales cualificados (maestros, ingenieros, médicos); y por otro lado tienes una economía alrededor del yuma (turista), donde por una cena o por una noche de hotel te cobran lo que ganaría un profesional en un mes, que, si bien es un ingreso neto de riqueza en el país, este se distribuye principalmente en el sector terciario, enriqueciendo relativamente a hosteleros y arrendadores frente al resto de la población, aumentando por tanto la desigualdad económica, encareciendo la comida en general y provocando una fuga interna de cerebros, donde el ingeniero se hace taxista, el maestro arrendador y el médico, si es que no se ha ido ya a Venezuela o Brasil para cobrar plus por internacionalismo, se hace guía turístico.

Estábamos en La Habana, intentando conseguir tarjetas de acceso a internet (de una hora, de tres horas, de cinco horas) bien haciendo la cola en el Etecsa, o bien comprándosela a un chaval en la calle por el triple de su valor. Vale, lo siguiente es localizar un punto guaifái oficial, que suelen estar en los parques centrales o, no tiene pérdida, allí donde veas mogollón de gente sentada en bancos, poyetes o en el suelo mirando, tecleando o hablando con el móvil. Entonces buscas un sitio cómodo, abres una bolsa de palomitas, te armas de paciencia, conectas tras varios intentos el wifi de tu móvil a la red guaifái oficial, cruzas los dedos a ver si se abre una pantalla de login, introduces el usuario y la clave de la tarjeta, y empiezas a ver cómo se te consumen 7 minutos de conexión sin haber podido aún abrir la portada del Marca. ¿Que se cae la red guaifái a la mitad de la sesión, lo cual es casi siempre? Tranquilo, que el tiempo de la tarjeta sigue corriendo sin poder acceder a la pantalla de desconexión y mañana estará tan vacía como la biblioteca de Celia Villalobos.

En La Habana paseamos por el Malecón esquivando con acierto las olas que golpeaban el muro y lo escalaban salpicando hacia el otro lado y una vez empapados tras un fallo de cálculo y cierto exceso de confianza dimos una vuelta por la ciudad vieja helado de cucurucho en mano al son de músicos callejeros y espontáneos caricaturistas. Para volver a casa, y tras negociar un precio siempre injusto, nos montaron en el coche más escacharrado disponible.. al entrar se me cayó el marco de la puerta encima, hizo falta tres minutos de intentos para arrancar, se caló en marcha un par de veces, una de ellas después de un sospechoso clunk del motor y cierto olor a aceite quemado y cuando el conductor nos deja 10 calles más abajo y nos pregunta si ese es el sitio, nos faltó tiempo para decirle que sí, y bajar echando leches del coche, besar el suelo y caminar 15 minutos tranquila y felizmente hacia casa.

En La Habana fuimos dos veces al cine, primero a ver una película venezolana mala, muy mala, sobre el fallido golpe de estado a Chávez y donde un señor muy amable nos pagó la entrada ya que la taquillera no nos quería aceptar divisa y no teníamos moneda nacional, y al día siguiente, ya con moneda nacional, fuimos a ver una argentina donde, el mundo es un pañuelo, nos saludó como a viejos conocidos una pareja de señores con los que habíamos estado hablando en la cola del cine el día anterior. Unos días más por allí y terminamos tomando cañas con la cúpula del partido.

Para iniciar la ruta por la isla, pensamos que lo mejor sería pasarnos por la oficina de turismo, que nos ofrecerían información objetiva, sin sesgo, sobre lugares a visitar y cómo llegar a ellos, y salimos de allí con una casa reservada en Viñales, un taxi para llevarnos allá y un me llamo Juan Carlos de Infotur. Ya saben, la oficina de turismo informa de esto y blablá, pero si quieren, y como ayuda que ofrezco a modo personal a los yumas, ejem, perdón, turistas y porque me han caído ustedes la mar de bien, yo conozco una casita en, y conozco a un taxista que, y no dejen de llevarse esta (larga) lista de casas particulares en toooodas estas ciudades en las que les recomiendo alojarse y en las que, no se olviden, den siempre mi nombre como contacto.

Las casas particulares es el modo que tienen los cubanos de poder alquilar habitaciones a los turistas, ya que los hoteles pertenecen todos al estado, Para ello, el cubano debe pedir una licencia al gobierno para poder alquilar una habitación, el cual a veces las concede o a veces cierra el grifo. Si has conseguido licencia, debes pagarle una tarifa plana mensual y no barata al gobierno, tanto si has alquilado la habitación como si no, además de pagar un porcentaje del alquiler por cada noche que sí la hayas alquilado. La habitación estándar contiene baño propio con ducha caliente, minibar con agua, cerveza y su tabla de precios, y las casas ofertan desayuno y cena de pago. Curiosamente, los precios son más o menos estándar en todas las ciudades que hemos visitado. Si tienes suerte y te ocupan unos turistas tu habitación incluyendo desayuno y cena, resulta que puedes ganar en un día lo que ganarías en tu trabajo en un mes. Corolario, existe una competencia feroz por que el turista ocupe tu casa y no la de tu vecino. Se origina así lo que se llama la cadena de contactos, si te alojas en una casa, te preguntan a qué ciudad te diriges después y siempre conocen a alguien con una casa fabulosa en el sitio al que vas, y todo amabilidad, encanto y presión pasiva-agresiva llaman por teléfono delante de ti al contacto y te consiguen tu nuevo destino así como un taxista de confianza para llevarte, de modo que, y hasta que sales de la cadena por una y otra razón, los alojamientos van apareciendo delante tuya como por arte de magia. O de invento. Obviamente, los arrendadores nunca se olvidan de enviarle un chequecito de comisión al contacto anterior en la cadena, ni tampoco de enviarle a los turistas que tienen ellos ahora si es que van de vuelta. Quid pro quo, Clarice. Naturalmente, siempre puedes negarte, ir por libre, conseguir los transportes por tu cuenta, llegar a los sitios, llamar a las casas, regatear, etc, y eso hicimos nosotros en alguna ocasión si el de la casa no nos cayó bien, se intentó aprovechar demasiado o el destino era tan lejos que no tenían cadena allá, aunque la mayor parte de las veces fuimos de contacto en contacto.

En Viñales, nuestro primer destino tras La Habana, caímos en la casa de Sarita a través de Juan Carlos de Infotur. Y de allí permanecimos en la cadena de Sarita hasta por lo menos 4 ciudades más. La verdad es que Sarita, maestra retirada a arrendadora, y su madre, un encanto de señora, nos cayeron muy bien y echamos muchas risas. Un pueblito muy turístico, este de Viñales, todas las casas, todas, eran arrendadoras. Nada más llegar Sarita nos consiguió (acostúmbrense a Cuba, todo es economía colaborativa en cadena) un tour en caballo semiautomático para visitar una fábrica manual de puros, no compramos, una plantación de café, sí compramos, y una pequeña laguna, sí nos bañamos, donde se me perdieron las gafas de sol (si estáis atentos a las fotos después, incluso, snif, snif, podéis ver la última vez que las llevo.. a partir de ahí y en próximos posts no volverán a salir..). Mi caballo, por cierto, hacía caso sólo a su estómago, ignorando toda rienda habiendo alfalfa delante. Al día siguiente fuimos a unas cuevas, una más pequeña y turística por aquello de hacer el último trecho en barca, y otra más interesante donde, el taxista que teníamos alquilado nos recomendó no hacer la visita oficial y acudir “por la izquierda” a unos conocidos suyos que ofrecían paseos no tan oficiales por el mismo precio pero más personalizados.. obviamente acabamos pagando de más porque nos mostrarían niveles en la cueva que no estaban incluidos en la visita oficial, más difíciles de acceder pero con la recompensa de ver lo que otros no verían, y ya que estamos allí.. Nada que objetar, porque estuvo genial, el plan era estar dentro una hora, y la charla con el guía era tan interesante que se nos fue a todos un poco el santo al cielo y los de afuera incluyendo a nuestro taxista que se quedó esperándonos (qué habrá sido de estos chicos, qué cojones pasa que tengo el taxi parado, me aburro) tuvieron que enviar al equipo de rescate que ya van tres horas, no sea que les haya pasado algo a estos yumas y ya la tenemos liada. Nuestro guía se llevó una severa reprimenda del jefe y una generosa propina por nuestra parte, no precisamente en este orden.

La cadena nos envió a Playa Larga en colectivo (o cómo meter a 13 turistas en una camioneta con las ventanas abiertas encima de un tubo de escape sin filtro), donde las cenas fueron las mejores y más abundantes de todas las casas en las que estuvimos. La playa no estaba mal, excepto a la hora del anochecer, donde en cuestión de dos minutos pudimos contabilizar al menos 25 ataques de mosquito en la espalda de la, algo mareada por el veneno o la sugestión, dolorida Vanessa. Mis brazos y piernas andaban más o menos a la par, ya que tuve el reflejo de meterme rápidamente en la camiseta nada más empezar las hostilidades salvaguardando así cierta honra dorsal. Agarrando un bus de los Simpson lleno de turistas descamisados en plena competición de tatuajes, disfrutamos también de una excursión de snorkel en una pequeña barrera de coral, con aguas transparentes, abundantes peces de colores y algún que otro neumático enterrado en la arena. Con la perspectiva de lo ya acaecido, debimos habernos alojado en Playa Girón, que es casi lo mismo y estaba al lado, sólo que además cuenta con el museo de la fallida invasión de los imperialistas (lo de bahía cochinos, vaya) y hubiera molado averiguar un poquito más de la gran historia revolucionaria. Se repelió el intento de invasión, eso está claro, pero me quedo con la duda de saber cuánto influyó en ello el factor mosquito.

Pasando de camino brevemente por Caleta Larga (más snorkel, más peces, un par de mojitos) llegamos a Cienfuegos y nos alojamos en las redes del pérfido Pepe, que nos lo habían vendido como a un interesante director de escuela con mucha historia que contar, y nos encontramos una casa cuyo descansillo no desmerecía una exposición en el salón principal del Louvre comisionada por el todo a cien de la esquina. El asunto empieza ya bien cuando el amigo Pepe nos quiere cobrar, y de hecho nos cobra, más del precio estándar y pre-acordado en la cadena, Y pese a su insistencia en que cenemos las langostas más grandes de la isla, llegadas en bandeja de plata pulida a sus augustas manos desde el coto de pesca privado del mismísimo Neptuno, nos decidimos por el exquisito pollo que su multitudinario equipo de servicio más que cocinar, sabe acariciar hasta que el collage de sabores especiados ensalzan su textura al contacto con el paladar. Que es un filete de pollo a la plancha, colega, lo estás cobrando al precio de la langosta en otras casas, y además sin patatas fritas. Huyendo de las garras de Pepe y esquivando a varios sirvientes, un yerno taxista y dos columnas dóricas de cartónpiedra llegamos por fin a la calle, respiramos libertad y tanto disfrutamos en un paseo muy guai de la tranquila, colonial y artística Cienfuegos, incluyendo una didáctica charla literario-histórica-política con un pintor al que regateamos a su favor una pintura muy chula, que nos dio pena haber planeado quedarnos solamente un día y donde, de no existir Pepe, hubiéramos seguro extendido la estancia.

Nuestro siguiente destino es Santa Clara, donde se encuentra el mausoleo con los restos del Che, rescatados de la fosa común en Bolivia donde los puso inicialmente la CIA, y a quien nada más llegar ofrecimos nuestros mayores respetos en cumplida visita reglamentaria. Llegábamos maldiciendo por lo bajo pues, pese a nuestros esfuerzos por hacernos los longuis y esquivar lo inevitable, en una furtiva salida al patio, fuimos detectados por los sensores de movimiento de Pepe y, con la más natural de sus cordiales sonrisas, nos acorraló ante el teléfono mientras marcaba el número de su contacto en la cadena, habiendo sido asignados, sin más intervención que la de su omnipresencia, a la casa de su cuñado en Santa Clara. ¡Por una vez la providencia nos ampara! Y sabe mal celebrar desgracias ajenas, pues a tenor de un no tan repentino deterioro de la salud de un familiar, el cuñado hubo de transferirnos a nuestra llegada a la casa de otro conocido, sin más relación con Pepe que el más distante, y para nosotros liberador, amigo de un amigo. Desde aquí mis deseos de salud y pronta recuperación del familiar en cuestión. Dicho esto, la carambola no nos pudo salir mejor porque dimos con la casa de Julio César, su esposa, sus dos niños y su madre que vive abajo, donde nos sentimos más a gusto y más en conexión que en todas las otras casas donde estuvimos en Cuba. Alargamos nuestra estancia, por supuesto. Y pasamos la Navidad en su casa, tan contentos. Enumerando, tenemos la terraza con música de Sabina, los mojitos con hierbabuena recién cortada de la maceta, conversaciones técnicas, políticas, sociales, económicas, históricas, culturales y un par de ricuras en forma de niño y niña que corretean alrededor de la mesa y se parten de risa cuando me golpeo contra la silla. La noche del sábado nos pasamos por el Mejunje, garito alternativo donde según la guía habría un show de drag queens que, lamentablemente se ha trasladado a la Nochebuena del domingo, y donde entre drag queens de paisano y clientela habitual de sábado conocemos a Crespo, el primer y único okupa ilegal legal de toda Cuba (sic), que vive allí y cuya función aparentemente es la de ir juntando a todos los turistas que encuentra para que nos relacionemos entre nosotros. La Nochebuena la pasamos en Remedios, que es donde se celebra la fiesta más grande y con más gente de toda la isla, si famosos son sus juegos de luces y desfiles de carrozas, míticos son sus fuegos artificiales. Pues bien, conseguimos colarnos en un colectivo que organiza Arturo el gordo y que contiene, en orden de aparición, un mejicano con bigote en punta a lo mosquetero y/o hipster que canta rancheras en armónico dúo con Arturo y esto aún antes de haber probado gota de licor, una pareja chico-chica de majetes mochileros brasileños por el mundo, una pareja, hombre-chica de bolivianos que al principio pensamos que son pareja y luego resulta que son padre e hija, donde el padre es ministro de Evo Morales y me cuenta más tarde en el fragor de la botella cómo echó a patadas de su despacho a un cobrador del frac que había enviado el banco mundial, una pareja chico-chico de singapurenses muy, muy, muy graciosos y ocurrentes y, cómo no, un ruso con aires de bohemio que sin hablar pizca de español se hace con una botella de ron a falta de vodka y vasos de plástico para todos que va rellenando igualitariamente al ritmo de “bebe kodro” pero con acento del este de los de verdad. Y a todo esto, esperando que empiecen los fuegos de la medianoche, que ha sido ver volar literalmente dos cohetes de estos de preparación, y desde entonces aquí estamos a las tres de la mañana, esperando, sin comida, sin fuegos, y con alerta rusky porque se ha acabado la botella y parece que el notas está intentando conseguir otra. El más emotivo fue el ya, a estas horas de la botella, pesado de Arturo que, entre que no sabía inglés para hablar con nadie del grupo y yo que me dejo liar, me adoptó como compadre entre abrazos tenaza, lágrimas alcohólicas contándome sus penas de la infancia y perdigones y berridos en plan exaltación de la amistad tan cerca de mi oreja, que los brasileños hacían apuestas con Vanessa a ver cuándo me iba a soltar un morreo. Llegó la hora de la retirada, sin ron, sin morreo y aún sin fuegos, los cuales se dignaron en aparecer por fin a las 4 de la mañana cuando estamos moviéndonos por la calle entre la gente, buscando el carro con el gps de mi móvil, e ignorando a Arturo que, se supone que siendo el guía sabría volver, pero que está tan ciego que nos indica tozudamente la dirección contraria. Llegamos sanos y salvos de vuelta a Santa Clara (el conductor se había quedado durmiendo en el carro ajeno a la farra), todos adormilados menos el rusky que aún tiene marcha, y nos enteramos al día siguiente de que se demoraron los fuegos porque, en el primer intento había habido algo así como 26 heridos, alguno de ellos grave. Decidido, la próxima Nochebuena la pasamos en las Fallas.

Poniendo rumbo en taxi colectivo al juntarnos con una pareja de alemanes, porque no hay billetes en el autobús y habría que esperar a ver si queda alguna plaza libre de última hora, llegamos al cacareado destino de Trinidad, flor de la arquitectura colonial cubana y destino número 1 en ciudades a visitar y actividades para no perderse según todas las guías y páginas de internet habidas y por haber. En vez de conseguir el taxi por el mecanismo habitual, léase, preguntar a Julio César qué conocido suyo nos podría llevar, esta vez negociamos el transporte con un jinetero de la estación.

Los jineteros son personas que te vas encontrando por la calle, especialmente en las plazas principales, estaciones o puntos de referencia turística, con la misión de ofrecer todo tipo de servicios de carácter eminentemente ilegal (en el sentido de no tener licencia, es decir, no oficial, no que las actividades sean en sí ilegales tipo drogas o prostitución que supongo que también habrá pero que no hemos conocido) a cambio de una comisión por el servicio acordado. Es frecuente desembarcar de cualquier autobús y, sin tiempo para estirar una pierna, tienes tres o cuatro tipos encima tuyo gritándote taxi taxi, o casa casa, o puros puros, cuyo objetivo es llamar tu atención y embaucarte en una negociación por si necesitas lo que sea. Es a lo que te expones en el mercado negro, que a lo mejor arreglas un taxi por menos dinero de lo que te ofrecen normalmente, se supone que porque el carro es de un particular sin licencia, y donde las probabilidades de que algo no salga del todo bien aumentan exponencialmente con la rebaja. No nos ha pasado pero se oyen casos de turistas con casas reservadas donde a la puerta de la misma espera un jinetero con una triste historia sobre la familia de la dueña resultando en que te llevan a otra casa distinta donde cobran ellos su comisión y donde el casero posteriormente la traslada íntegra a la factura del inadvertido e inocente yuma. Los jineteros te aseguran que tienen un carro por un precio negociado a tal sitio para, habiendo cerrado contigo el trato, buscarse después la vida y encontrar entonces a un conductor que haga el trayecto por menos y quedarse ellos con más; y si no encuentran el carro, pues te quedas tú después al día siguiente a la hora convenida con las maletas en la puerta y esperando un fantasma que nunca acaba de llegar. El jinetero te pregunta en la calle de dónde eres para entablar conversación y en un rato su carisma y habilidad la han derivado hacia un familiar suyo, honrado trabajador en la fábrica de cigarros, que te puede conseguir los Montecristo que fumaba Fidel Castro a un tercio de su valor para que te los lleves como regalo para tu jefe. El jinetero te pide fuego y en ese momento ha puesto tres puros en tu mano como regalo que no acepta de vuelta, te pide una camiseta porque no tiene ninguna otra que ponerse, y si ofreces quitarte la tuya y dársela la rechaza llevándose 8 dólares de tu bolsillo para poder comprarse una nueva más unas playeras.

En nuestro caso, al jinetero con quien acordamos el taxi a Trinidad le falló el carro a la primera, o más bien que apareció una hora antes cuando aún estábamos desayunando y pasamos de él, aunque tuvo tiempo de rehacerse y, cuando casi ya íbamos camino de la estación de buses, apareció con otro carro, esta vez con dos alemanes dentro también camino de Trinidad. El segundo jinetero que venía con ellos, básicamente es una mafia, nos llevó aparte y nos quiso subir el precio aduciendo que los alemanes habían pagado más, pero que nos rebajaba algo a nosotros si no les decíamos nada. Básicamente a los alemanes les había dicho lo mismo sobre nosotros. En total, nosotros no nos plegamos a las exigencias y ante nuestro amago de sacar las mochilas del carro nos respetó el precio inicial, y el trayecto transcurrió plácido y conforme a los acuerdos prestablecidos,. para nosotros, que cuando el taxi dejó primero a los alemanes en su destino y les quiso cobrar, estalló una fuerte discusión porque aparentemente el jinetero le había asegurado un precio al taxista y les había escrito otro distinto a los turistas; el taxista cobró lo suyo y los alemanes cabreados, a voz en grito y a quién protestas. Nosotros le habíamos pagado al taxista antes de montar, por lo que salimos limpios de esta.

Trinidad no nos gustó mucho, puede ser que fuera porque la casa pertenecía aún a la cadena de Pepe, o puede ser que fuera porque había más turistas que cubanos. Nos dio que pensar que fuera el primer y único sitio donde, paseando por calles que no eran del centro, y mira que en otros sitios habíamos andado por barrios marginales incluso cayendo la noche, se nos acercaron varios niños con la mano extendida a pedirnos caramelos. No es que nos sorprendiera que también hubiera pobres en una ciudad que recibe tanto dinero por el turismo, sino más bien la actitud de los niños de ver a un turista y automáticamente ir a pedir dinero (o caramelos), como si el hecho de que exista abundante turismo fomente al mismo tiempo la mendicidad como actividad económica y forma de vida. Jodidos yumas, les venimos con nuestros iphones y nuestros relojes y nuestras propinas a generarles ansiedad por el consumismo, les subimos el precio de los alimentos, les desequilibramos (aún más) la igualdad social y, en cuanto se flexibilice un poco el gobierno ante la presión internacional, les quitaremos la tierra y las empresas. Democracia y libertad.

Lo más interesante que hicimos en Trinidad fue, y no tuvo Vanessa que convencerme mucho (luego le paso estas notas para que matice y cuantifique ella con mayor precisión el concepto “mucho”), dar mi primera hora oficial de (¿muchas más futuras?) clases de salsa, un, dos, tres, un, dos, tres, cinco, seis, siete, cinco, seis, siete. La profesora estaba afónica y un poco mosqueada, suponemos que por interrumpirles un polvo cuando llamamos a la puerta, pero el profesor, y cobrador, fue amabilísimo, paciente y qué decir de la destacadísima alumna Vanessa, una natural born dancer.

Para la siguiente parada, Bayamo, decidimos jugárnosla a cara o bus. Obviamente no había billetes y hubo que ir a la lista de espera y padrenuestro, y en este caso el destino quedaba tan lejos, que no había jinetero que se atreviera a hacer una oferta. Y entramos. Por lo pelos, apretados en la última fila y aún diría yo que con doble suerte, porque metieron incluso a dos personas más en el ya completo bus, sin más asientos libres, así que ni cortos ni perezosos se sacaron de la manga dos sillas plegables de madera, de estas incómodas de jardín, y allí los colocaron en medio del pasillo. 8 horitas. Que pagaran el billete al mismo precio es probablemente lo de menos. Y a la hora de la verdad el trayecto se hizo algo ameno porque montamos un debate políticosocial en las últimas filas, incluyendo las de madera, con un pastor evangelista homófobo cuya máxima preocupación hoy en día era la terrible pérdida de valores entre la juventud.

El punto álgido en Bayamo fue la excursión que hicimos a la Comandancia de la Plata en Sierra Maestra, el emplazamiento donde ubicaron los revolucionarios su campamento para dirigir las últimas fases de la guerra de liberación popular y alcanzar el triunfo de la Revolución. Mención especial, celebrada por los guiris del grupo puesto que el guía no hablaba inglés, fue mi modesta contribución voluntaria como intérprete y agitador, puesto que además de traducir para el grupo lo que iba diciendo el guía, añadía además elementos de mi cosecha, ostensiblemente influenciado por la lectura reciente de una biografía de Fidel Castro autorizada por él mismo. En esta caminata también hubo tiempo para informarnos sobre la crisis política en Argentina, pues dos chicas del grupo eran activistas y militantes porteñas en viaje de turismo cultural y, sobre todo, para conversar sobre Rajoy y Puigdemont, pues el coletas grandote que vino con nosotros en el coche desde Bayamo, y con quien trabamos cierta amistad en los días posteriores, es eurodiputado europeo en activo por parte de la izquierda alemana, y máximo responsible en su partido de los temas relacionados con Cataluña, habiéndo estado, por ejemplo, destinado allá como observador internacional el día que hubo palos durante el referéndum.

La Nochevieja la pasamos en Santiago, donde pasamos un buen rato en compañía de las argentinas, el alemán y un matrimonio de austriacos, todos del grupo de la excursión a Sierra Maestra (y que nos fuimos encontrando por casualidad en Santiago), estos últimos invitándose a una botella de cava nada barato mientras yo les explicaba a todos la tradición de las campanadas improvisando unos panchitos a modo de uvas y me fumaba después uno de los puros que me regaló el viejito a cambio del timo de la camiseta y las playeras. La ironía revolucionaria reside en que, con tal de no hacerles un feo a los austriacos y fieles a nuestro eslogan el pueblo somos todos iguales, observamos puño en alto y embutidos en nustras flamantes camisetas del Che el cambio de año y el ondear de la bandera desde un apartado VIP de su gran hotel entre turistas, advenedizos y nuevos ricos mientras el lumpen progresista se apretujaba codo con codo en el gallinero a pie de plaza. La ciudad regular, y como no apareció Raúl Castro a dar ningún discurso de Año Nuevo como habían prometido burdos rumores, pasamos el día en el cementerio presentando nuestros respetos al Comandante Fidel, a José Martí, y al cambio de la guardia que con mucha pompa, estridente música y disimulado ridículo se produce cada media hora.

Para ir a Guardalavaca, nuestro siguiente destino, usamos el viejo truco de acudir a la estación, ignorar a los jineteros, esperar a que haya plazas vacías y colarnos en el bus, con el que, dos averías más tarde, llegamos a Holguín de noche y no queda más remedio que aceptar extorsión y taxi hasta nuestro destino. Vamos sin casa reservada, no problem, el taxista conoce por supuesto dónde procurarse una comisión. Habíamos venido hasta acá por su famosa playa, famosa digo por sus algas, sus olas marrones llenas de tierra, su ausencia de sombrillas, que es básicamente lo que nos encontramos, así que le echamos la culpa al ciclón del año pasado, reposamos en casa un par de días e iniciamos a cámara lenta el arduoso retorno al aeropuerto de salida.

La idea es llegar primero de algún modo a Camagüey, cosa que conseguimos juntando a dos interesantes colombianos para llenar un colectivo, pasar un día, y procurarse desde allí un transporte a La Habana. La ciudad tiene encanto, iconografía Che, cines por un tubo, libros políticos a medio dólar y un viejito nos aborda por la calle al reconocerse en mi acento pontevedrés, y que dice de sí mismo ser gallego y español, nunca cubano, pese a vivir toda su vida allá. Nos invita a un cafesito cubano, Zapatero hizo mucho por los emigrantes, viajo en tren gratis porque fui ferroviario, este bar lo inauguraron unos vascos, sois bienvenidos en mi casa cuando queráis, nunca tuve hijos, estoy enfermo y esperadme en esta placita 10 minutos porque voy a la farmacia buscando una medicina que si la tienen no la puedo pagar. Nos quedó la duda, ¿somos víctimas de otro sofisticado enredo para soltar dinero o se trata de un solitario viejito con ganas de conversar? No lo sabemos, nos fuimos sin esperarle ni despedirnos, y como ahora podemos imaginar cualquier final para esta historia la verdad es que el viejito fue auténtico y nosotros, incapaces de abrirnos al genuino contacto humano, un par de cínicos esperando descubrir un gancho. Salud, viejito.

En Camagüey estuvimos alojados en dos casas, suegra y yerna en ese orden. La suegra, enjuta, enmoñada, inquietante, espectral aparición de manos entrecruzadas a la altura del estómago, que levitaba más que andaba apareciendo de sobresalto a tu espalda antes de querer incluso pensar en llamarla, su hija una loca con fijación por las puertas y su hijo, Danny el de Bloodline, jinetero en horario de oficina que nos procuró el taxi a La Habana siempre y cuando no se lo dijéramos a la yerna debido a cierta turbia desavenencia interfamiliar que se nos escapaba. La yerna, autoritaria, negra, racista con los negros, y muy interesada en conocer con quién habíamos apalabrado el taxi, su taxi.
La noche de despedida la hicimos en un restaurante a la luz de las velas, por romanticismo, vale, por el apagón general en el barrio hasta bien entrada la medianoche, también.

Y siete horas de taxi al día siguiente para llegar a La Habana, donde nos despedimos de Cuba con palomitas y limonada de fabricación nacional, brindando a la luz de la luna en el poyete del malecón.

Y a todo esto, ¿qué dicen los cubanos (y las cubanas)? Que hay que reírse. Que nunca falte el buen humor. Que quien es el último en la cola. Que la comida está muy cara. Que los salarios son muy bajos. Que no es fácil. Que hay que luchar mucho. Que está el bloqueo externo, y está el bloqueo interno. Que hay que inventar para salir adelante. Que Fidel era un gran hombre. Que nos enseñó mucho. Que Fidel nos dio casa, nos dio tierras, nos dio dignidad. Que si pudiera me iría a trabajar unos años a Estados Unidos, a Alemania, a España, para hacer plata y después volver a Cuba. Que si no puedo no es porque el gobierno me lo prohiba, salir no es ilegal. son los otros países los que no me conceden la visa. Que si por excepción me la conceden, no puedo pagarme el boleto de avión. Que no me quedaría a vivir en otro sitio. Que no. Que siempre volvería. Que aquí tengo sanidad gratis. Que aquí tengo educación y seguridad. Que se vive muy bien, y muchos años. Que ojalá cambien algo las cosas. Que nos permitan tener nuestros negocios. Qué mierda de Trump con lo bueno que era Obama. Que nos dejen tranquilos de una vez. Que sólo quieren quedarse con nuestra tierra. Que aunque Raúl deje el gobierno los Castro van a seguir mandando. Que pongan a quien pongan, su hijo (el de Raúl) es quien mueve los hilos en la sombra. Que a Camilo se lo cargaron en un falso accidente. Qué dónde están los millones de Fidel. Que Fidelito se pega la vida padre. Que la escasez es una forma de control social. Que el gobierno se mete en todo y no nos deja hacer nada. Que en el exterior sólo hablan mal de nosotros. Que no cuentan nuestros logros. Que no hablan de cuando enviamos médicos contra la epidemia de ébola, ni cuando luchamos contra el apartheid, ni cuando enviamos tropas a defender a Argelia, a Angola, a Namibia, a Zimbabwe, sin esperar nada a cambio. Que viva Cuba libre. Que con la Revolución se vive mejor. Que soy, y me siento, revolucionario. Que venceremos.

 

Guatemala

Tan bien nos estaban tratando que no hubo más remedio que huir de un día para otro, a dónde, donde sea, da igual, pero alejémonos ya de este vergel de asueto, complacencia y felicidad que se echan de menos los sobrecostes tarifarios de los taxistas y los hostales de baño compartido y papel lijiénico. ¿Qué prefieres, volcanes o terremotos? Sin duda, volcanes, que se les ve venir.

Guatemala (9 días)

Lo primero que nos llama la atención al salir del aeropuerto de Guatemala City es que la población es indígena, las ropas son coloridas y Vanessa parece una jugadora de baloncesto. Para evitar las zonas de mayor riesgo para turistas solemos consultar con antelación la cuñipedia, y visitar cualquier sitio de la capital aparece en rojo en todos los consejos, junto a las elecciones de Honduras, una misa del gallo en Kabul o el agua del grifo de Torremolinos, de modo que regateamos en la puerta el traslado a la más segura ciudad colonial de Antigua: ellos aceptan bajar el precio del viaje, nosotros aceptamos que nos lo suban dejándolo como al principio, y todos tan contentos.

Las calles de Antigua son empedradas y se respira ambiente de mercado, donde todos los puestos ofrecen las mismas artesanías. Se ven niños vendiendo, pidiendo, limpiando zapatos, y se ven señoras hablando en maya que cambian al español cuando pasas “qué nesesita, que busca, buen presio”. No se nos ocurre pecar de dedos largos pues carteles diseminados por los pasillos nos informan abiertamente de que el hurto se responderá con linchamiento. En las tiendas de electrónica vemos la frustración de CR7 en un nuevo empate a cero en casa y nos trasladamos de un sitio a otro en tuk tuk, que son motos de tres ruedas a prueba de baches y curvas cerradas.

Habiendo improvisado y con tan pocos días, dejamos las visitas a Semuc Champey y a Tikal para otra ocasión, y tomamos un bus local hasta el más cercano lago de Atitlán, donde pasaremos cuatro días visitando santos de lancha en lancha. La base la ponemos en Panajachel, donde vemos puestas de sol entre volcanes comiendo cacahuetes callejeros cervecita en mano, le discutimos la cuenta a todas luces inflada a un muy servicial, primero, indignado después, caradura camarero, y nos quedamos en la calle unas horas en pijama al cerrársenos la puerta de la casa con las llaves dentro. Un día visitamos a San Juan, bullicioso y callejero, donde el filete empanado de moscas nos costó casi tan barato como usar el baño público encharcado de enfrente y donde Vanessa inició su carrera en el arte del regateo pagando por dos prendas exactamente lo que le pidieron. Tras insistirle en que, además, no tiene por qué dejar propina, cogimos la lancha a San Marcos, tan hippie que tienen un portero en el embarcadero que te pide el carnet si no llevas rastas hasta la cintura o un piercing de aro en la nariz, y al que esquivamos aduciendo que veníamos al taller de reiki de kinesiología aromática. Otro día visitamos a San Juan, nativo y textil, o más bien nos visitó él a nosotros, pues fue agarrar el primer tuk tuk y sin pretenderlo nos vimos dentro de una cooperativa indígena con demostración gratis de tradicional coloración y tejido manual de algodón y posterior salida a través de la tienda de exposición y venta donde tres señoras te hacían una llave de judo hasta que comprabas una falda, un edredón y un poncho, los más gordos que había, ideales para su posterior transporte mochilero a través de los aeropuertos de medio mundo. Y otro día visitamos a Santa Cruz, empinada y distante, donde tras ascensión y caminata acabamos en una piscina a ras de lago y a temperatura del tiempo para que el selfie nos costara una comida a tres veces su precio y un principio de pulmonía, ya que el jacuzzi había que abonarlo extra.

También fuimos a Chichicastenango (Chichi para los amigos), famoso por su mercado, y ya. Grande, grande Vanesssa, mírala ahí regateando ese bolso como si no hubiera mañana, lo que ha aprendido en cuatro días 😉

Y aún nos dio tiempo a visitar un finde Quetzaltenango (Xela para los amigos) que, y pese al buenrollismo de los guiris que habían montado recientemente nuestro hostal, nos encantó por su, cómo explicarlo, normalidad. Una ciudad pequeña, con sus transeúntes, sus palomas, sus gestorías, sus oficinas de plastificado de documentos, sus cementerios, su feria de emprendimiento y, lo más chulo, su festival de cine y teatro-foro. Este último, presentado por un francés de gafas, alternaba rap en maya con educación sexual, y donde el público participó con aes, oes, chiflidos, aplausos, e intervenciones espontáneas en el escenario para re-representar escenas de la obra según sus propias convicciones. Una joyita. Y ya metidos en artistas, en uno de esos encuentros surrealistas que ocurren de vez en cuando, acabamos en el estudio de Rodrigo Díaz, pintor presuntamente famoso que, entre fotos de Picasso, lienzos sin enmarcar pisoteados (por él) y posters de bienales con su nombre, nos estuvo enseñando una a una todas sus pinturas a la espera, imaginamos, de que le diésemos el alto en alguna para pedirle precio.

De vuelta en Guatemala City para tomar el próximo vuelo, volvimos a hacerle caso a la cuñipedia, e hicimos la noche en una colonia cerrada, con garita, guarda armado en la puerta y contraseña para poder acceder. En nuestro caso fue, ya que hubo que cenar algo, “telepizza”.

En la retina, tantos y tantos colores, y a las fotos de abajo me remito.

 

 

Nicaragua

La primera vez que fui a Nicaragua, Ruggeri vivía en un campamento en los arrabales, y lo mismo se cavaban a mano fosas sépticas para las casas de los vecinos como se arrastraban piedras para tapar las zanjas abiertas por la lluvia en la carretera. Mosquiteras hechas de agujeros cubrían unas literas cuyas sábanas sudaban varias hornadas de voluntarios, la ducha era un hilillo de agua en un remolino de insectos y se necesitaba tener cocacola a mano para poder reanimar a la próxima víctima de un alacrán. A Oscarito se le veía calvo y contento.

La segunda vez que fui a Nicaragua, Ruggeri vivía en una casa alquilada de techo cerrado con patio interior abierto, y lo mismo había que conducir hasta un cementerio de camiones a por un cigüeñal que perseguir de incógnito una carga de cuero para descubrir a dónde desviaba el conductor su mordida. Los zancudos poblaban la noche pese al ventilador del techo del dormitorio, la ducha si no madrugabas era una botella de cocacola de 2 litros y medio y alguna vez hubo que montar guardia en la cocina, escoba en mano, para intentar dar caza a esos malditos roedores. A Don Óscar se le veía calvo y contento.

Esta es la tercera vez que voy a Nicaragua, y Ruggeri se ha construido su propia casa, con portero en la finca, vecino gringo, agua caliente, despacho, habitación de invitados con baño propio, piscina comunitaria y dos limoneros en el jardín, uno de ellos más fructífero que el otro. Un maleducado perro guardián araña la pintura de su carro, y un resabiado gato vecino se cuela en la casa para gorronear comida. El día se desliza cálido y suave. Para la fresca, mecedoras en el porche, y para la siesta, telepepé internacional. Y como a mí se me ve calvo, el Comandante tan contento.

 

Nicaragua (17 días)

Si al llegar a la frontera de Nicaragua te hacen bajar del bus con todo el equipaje, en pleno sol y rodeado por soldados, carteles de socialismo cristiano, vendedores ambulantes y una viejita errante que se bebe de un trago tu gaseosa, pues al menos que te lo chequeen, que no sirven de nada los dos formularios a rellenar y la hora larga de cola si cuando pasa la maleta por los rayos x la agente de aduanas está de plática con su coleguita, mirando cualquier cosa excepto hacia la pantalla del escáner. Si lo llego a saber me hubiera ahorrado la ingesta de cuatro putos clippers para evitar su incautamiento interfronterizo. En fin, al menos salieron después rellenos de gas.

Gran bienvenida por parte de Óscar y Patricia, Kiko y Cholo, que hacen todo lo que está en sus manos para que nos sintamos como en casa. Y nos hemos sentido como en casa: levantándonos a las tantas, bebiendo a morro la leche de la nevera, dejando la cama sin hacer, tirando la ropa interior por el suelo, convirtiendo el porche en zona de fumadores, comunicándonos a eructos y, de vez en cuando, llegando de farra a las tantas encendiendo luces, dando portazos y pisando al gato.

Se agradece, y mucho, tener piscina en la colonia, especialmente los días en los que, conmigo de pareja, Ruggeri pierde al pádel contra los catalanes, y se agradece, y mucho, tener un baño en la habitación, especialmente el día en que la pizza de anoche en la gasolinera contiene extra de diarrea.

Nada más llegar celebramos el cumpleaños de Patricia dándole palos a Radek Bejbl, y como no pudimos regalarle la victoria del Atleti en el derbi sino sólo un empate, vaciamos de estrangis una botella de ron que era de alguien y se dio cuenta, Óscar mandó traer todas las telepizzas del menú y yo saqué a bailar a Vanessa durante toda una bachata, o casi. Para qué trasnochar, si es bien sabido que la vida en Nicaragua amanece a las cinco, o para qué descansar, si es bien sabido que Ruggeri procastina todas las transacciones de trabajo donde se necesita coche para luego encasquetarle a cada visitante el papel de un chófer, un amigo, un esclavo, un siervo.

Tras visita nocturna al volcán Masaya, Vanessa y yo nos embarcamos unos días a Ometepe, isla con dos volcanes dentro del lago más grande de Centroamérica, y nada más llegar pensamos que la mejor idea para recorrer la isla sería alquilar una vespino, ¿habéis conducido alguna vez una moto? nos pregunta el chaval del mostrador con cara de sospecha, sí cómo no, contestamos mientras buscamos el pedal del embrague, anda deja que os explique cómo funciona y dais una vuelta hasta la esquina para que vea cómo os manejáis, nos dice el chaval santiguándose, de modo que tras casi atropellar a tres alemanes en la ronda de calificación salimos intrépidos y motorizados hacia nuestro hostal al otro lado de la isla mientras oímos al chaval gritar a nuestra espalda buena suerte en lugar de buen viaje. No le volveríamos a ver hasta el último día cuando nos tocó devolver la moto previo apoquine de 30 pavos para, según ellos, reparar unos arañacitos de nada en la pintura de un costado, y eso pese a la estrategia de enfundarme un jersey de manga larga en pleno sol para que no cantaran mucho los raspones que me hice en el codo en la única caída que tuvimos. Entre medias, kilómetros largos de carrepiedras, idílicas puestas de sol a la ribera del lago envueltos en una galaxia de luciérnagas, bañitos en piscina volcánica de aguas curativas como mercromina para el brazo, una competición de kayak a ver quien es más rápido entre nuestro guía y el de unos franceses (por supuesto, ganaron ellos) y la tremenda ascensión a pleno sol entre piedras, ríos, serpientes e italianos hasta llegar a una pintoresca cascada. Per cherto, a estos últimos, Vanessa se ofreció a sacarles su foto triunfal de grupo y, una vez cuadrados en pose, les soltamos un “digan mundiaaaaal” que ninguno salió sonriendo.

Huyendo del calor, el finde siguiente nos fuimos junto a Pato y Ruggeri a visitar unas peñas en el norte, durmiendo en un eco-resort que elegimos precisamente porque confirmaron que había duchas con agua caliente y ni tres segundos tardó el recepcionista cuando llegamos (el avispáo, también conocido como el pocasangre o el luces) en comunicarnos que en aquel sitio jamás habían funcionado los termos. Bueno, pues sin ducharnos, qué importa que hayamos planeado dos caminatas de dificultad media, media-alta en los días sucesivos si total, la puerta del baño no cierra y se abre sola, las habitaciones están comunicadas sin paredes y el olor a choto entra en el fondo común. Además, para aguas mayores es mejor ir a los aseos ecológicos comunitarios porque no existe la pared de enfrente y lo que tienes delante de ti es la selva. Para qué llevarse el periódico a cagar si el tiempo lo pasas vigilando que no te entre ningún bicho. Contra toda lógica, nunca vi que hubiera cola en ese baño.

Conocimos a Fernando y Ángeles, y la mesita en el Kedeké se convirtió en butaca de tertulia, animado salón, hambre de aventuras e inspiración de formas y maneras, exigir lo que es justo y cómo hacer chocolate casero, ni lo olvidamos ni lo perdonamos. Conocimos a Ricardo e Franco, i amici irreconchiliabili, revoluchionario il uno, café sandinista y pizza aldente, librepensatore il otro, líbero, filósofo y poeta. Conocimos, entre otros, a Winston (y su conciencia), a William (y su inteligencia), a Jasser (y su resistencia), a Cholo (y su impertinencia), a los zancudos (y su virulencia), a Ramón y Pedro (y su independencia), al francés y la chilena (y su futura descendencia), al chulo de Boris (y su suficiencia), al guía de Peñas Blancas (y su elocuencia), al bar del alemán (y su nutrida concurrencia) y al embajador de España (sólo por la rima, pues su excelencia). Y saludamos, entre otros, a viejos amigos y conocidos, salud inberencial querido Álvaro, no le llaméis oveja que os veo, gemelos, gracias por todo, Gladys, mucha salud Hugo y a tu esposa también. René, te saludo ahora.

Como veis, los días en Nicaragua pasaron a la velocidad de las vacaciones donde se tiene la sensación de no haber hecho nada y haberlo hecho todo, de haber descansado sin dejar de moverse, de recién haber llegado y tener ya que irse.

Muchas gracias por todo, Patricia y Óscar. Volverem.

 

P.D.: Ojito Ruggi, que sabemos que en el fondo eres de izquierdas..

 

 

 

 

 

Costa Rica (y Panamá)

Está bien saber que para salir de los Iueséi existen dos filas, una normal para simples mortales (mindundis en su idioma ), y otra privilegiada para militares donde no existe la obligación de tener que quitarse uno los zapatos, ni la chaqueta, ni el cinturón, ni sacar el ordenador de la mochila. Lógico. Puestos a asegurarnos de que nadie sea capaz de montar una bomba en el avión a partir de elementos cotidianos, dejemos sin controlar precisamente a aquellos que lo tuvieron que aprender en West Point.

Panamá (4 horas)

La escala entre los vuelos es lo suficientemente larga como para visitar todas las puertas de embarque del aeropuerto de Panamá City y darse uno cuenta de que por más pasillos que se recorran, no existe pecera de fumadores ni cafetería con terraza al aire libre, por lo que nos dirigimos a la salida con nuestros equipajes de mano, rellenamos una tarjeta de aduanas, recibimos un sello en el pasaporte y salimos al aparcamiento donde una ola de calor húmedo nos aclimata a Centroamérica de un buen hostiazo. De vuelta al sobredimensionado aire acondicionado de la terminal, tenemos que pasar nuevamente el control de seguridad y ¡ay amigo! pase usted comida, pase usted líquidos, pase usted si quiere un marine con el ordenador escondido en la chaqueta conectado por el cinturón a la suela de su zapato, pero no se le ocurra nunca, nunca jamás, intentar pasar un mechero.

Costa Rica (6 días)

Tres mecheros menos, llegamos a San José donde nos esperan dos horas de cola en inmigración y un taxista aburrido de esperar que nos traslada al hostal por un sobreprecio. Pura vida. La ciudad tiene buena pinta y malos olores. Camino al restaurante nos aborda un chico que nos pide un cigarrillo, luego algo de dinero que no le damos, y ensalza a los españoles frente a los gringos mientras demuestra dificultades para entender la diferencia entre el concepto Cataluña y el concepto F.C. Barcelona. No le culpo.

El día siguiente es domingo, y lo pasamos entero, o esa es la sensación, en dos estaciones de autobuses intentando averiguar cuál es la mejor forma que tiene un turista para llegar por tierra a Nicaragua. Tras regatear sin éxito el precio de unas sandalias, las compramos y tras esquivar al vendedor de veneno para matar ratoooneees, cucaraaaachaaas, buscamos infructuosamente un buen garito donde nos den de cenar a estas horas. Horreur, el único sitio abierto cerca del hostal es un local de letrero El Típico donde los camareros visten autóctono, la decoración incluye una fuente-cascada y la carta de vinos es más elocuente que la de los platos. Los precios obviamente a la altura, incluyendo un extra por terremoto de 6.4 para que la experiencia sea inolvidablemente auténtica. La secuencia es como sigue.. las paredes se empiezan a mover y pienso, será el metro que pasa por debajo, la mesa se ondulea como un boli bic cuando lo mueves rápido y piensa Vanessa, vaya racha de viento fuerte, las copas colgadas del techo hacen el barco pirata tintineando, y pensamos los dos, ¿por qué están corriendo los camareros despavoridos hacia la calle al grito de extranjero el último? y justo cuando se puede leer en nuestros ojos la comprensión de lo que está ocurriendo, ya ha acabado todo, los turistas milagrosamente a salvo, inmóviles en nuestras mesas bajo unos ventanales intactos y muy, muy grandes, los valientes camareros retornando de la calle en espera de propina por su heroico comportamiento con los comensales, las copas del techo aún moviéndose por la inercia, y nosotros haciéndonos un selfie con los maniquíes folclóricos de la entrada. Pura vida.

Con el bus de la mañana llegamos hasta Liberia, elegida como base por su cercanía a la frontera. El hostal resulta incómodo y carcelario, y el mesero nos intenta vender como sea una excursión al parque natural, a la cascada o a la playa, por lo que en una de las escasas veces que descuidan la puerta conseguimos fugarnos y damos una vuelta por el pueblo. Pura vida. Da para comprar algo de ropa de segunda mano, tomar un par de cervezas Imperial Silver, refrescarnos con un poco de lluvia en buen momento y preguntarnos por qué instalarán cervatinas en las escuelas y en los parques infantiles. Tolerancia cero a las pellas, pensamos.

El aeropuerto de San José está en Alajuela, del mismo modo que el de Madrid está en Adolfo Suárez, y junto con el de Panamá nos funcionará de intercambiador entre países y de implacable sumidero de mecheros; de tanto llegar, el wifi del móvil se conecta solo, los de inmigración nos tutean y los vampiros vendedores de taxis a la salida por fin nos ignoran. Puesto que las estancias en Alajuela son de un día, elegimos un hotel con piscina para no usarla, internet potente que se gripa cada diez minutos y agua caliente que sale fría. Para pasar el rato comemos donde Vicky que nos recomienda encarecidamente una excursión que no hacemos, visitamos al médico por unas décimas que no van a más, y deambulamos por la oficina de correos donde obviamente no venden cajas de cartón, así que tenemos que improvisar un paquete acudiendo al chino de enfrente y teniendo que convencer a tres señores distintos de que si nos llevamos esa caja vacía que tienen en la basura no les estamos robando sino haciendo un favor, si se empeñan a ellos no, pero al medio ambiente por lo menos. Pura vida. El sistema de hacer cola en correos es digno de mención, con cuatro hileras de asientos con gente sentada esperando su turno y una fila en pie detrás, de modo que cuando atienden al siguiente y el primer asiento se queda libre, se produce una reacción en cadena que hace que todo el mundo se levante de su asiento y se desplace al de al lado ganando así un puesto, adjudicándose entonces el último asiento libre al primero de la cola de detrás; y así sucesivamente.

Por cierto, dato futbolero, Keylor Navas es el héroe nacional de únicamente la mitad de la población, en concreto, de los hinchas del Saprissa, y es un hecho que las críticas del Bernabéu le caen exclusivamente por racismo. Que Diego López lo haría mejor no se contempla.

Costa Rica, caga y critica.