Será porque llevamos varios días seguidos viendo cañones y sus impresionantes esculturas de viento, será porque los ojos sólo pueden aceptar un límite determinado de novedad, el caso es que llegamos a Bryce Canyon, vimos y vadimus. Que sí, que el paisaje es alucinante, que vale, que las rocas tienen unas formas increíbles (se llaman hoodoos), que ok, que tenemos sitio en el camping del parque, que de acuerdo, que los senderos están muy bien organizados, el caso es que nos quedó la sensasión de “lástima no haber venido primero a este parque porque hubiéramos flipado, pero claro, habiendo visto antes los otros como que se fue el factor sorpresa”. Qué pena, porque es una belleza.
Bryce Canyon (una noche)
La primera pista de que algo olía a chamusquina al llegar fue que el camping tenía un cartel así de grande indicando cómo comportarse en caso de encontrarte frente a un oso, lo que por un instante muy fugaz te hace echar de menos las arañas. La segunda pista fue que por la noche hizo una rasca así de grande que por un instante muy fugaz te hace echar de menos no tener un oso enfrente que te de calorcito. Y la tercera pista fue no pararse del todo en un stop así de grande y acto seguido encontrarte frente a un coche de policía que enciende las luces y nos da el alto, lo que por un instante muy fugaz te hace echar de menos la araña, el oso, y el guardia civil de mostacho y tricornio de toda la vida. Venga, vamos, demos una vuelta rápidita, hagamos las fotos mínimas para cubrir el expediente, y salgamos pitando de este lugar no sea que aparezca por aquí Puigdemont buscando asilo y ya la tenemos liada.
Muy inquietante.