Vietnam (sólo fotos de momento)

 

 

Laos

Si no es por las hoces y los martillos que adornan cada casa en Laos ni nos hubiéramos dado cuenta de que volvemos a estar en territorio enemigo. En la ciudad vemos modelos nuevos de coches japoneses, grandes carteles publicitarios, tiendas bien abastecidas de cocacolas, oreos, kitkats, patatas lays, marlboros, iphones, helados magnum y jabón palmolive. Entonces, si se puede ser comunista con las ventajas que tiene un capitalista pobre, ¿por qué, bajo el mismo sistema ideológico, en Cuba no encuentras ni variedad ni cantidad en las tiendas? ni que las estuviera bloqueando alguien..

Como esperamos de una verdadera revolución comunista, chúpate esa Fidel Castro, en Laos vemos miseria conviviendo con gente de bien, personas durmiendo en la calle frente a casas con aire acondicionado y parabólica, presas, plantaciones, bosques y grandes extensiones de tierra en manos extranjeras, niños trabajando o mendigando, muy pocos centros de salud, escasa infraestructura, casi ninguna actividad cultural aparte de una exposición de objetos encontrados con bombas sin explotar made in usa y malformaciones de nacimiento en mucha gente de mi edad.

Laos (17 días)

Todavía en Tailandia, madrugamos para llegar con tiempo a la taquilla del autobús a Laos, y la amable señorita de la ventanilla nos grita, en monosílabos y sin sugerir alternativa, que no hay billetes, así que retiro mi mano del mostrador porque hace ademán de bajar violentamente la persiana y mis dedos aún están dentro. Le solicitamos perplejos si puede elaborar su respuesta y un graznido con forma de índice nos lleva frente al autobús de la plataforma 1, donde el oficial de la mesa perfecciona el arte de mirar al infinito a través nuestro y sacude la cabeza apartando unas moscas. Se nos empieza a afilar el colmillo y las carcajadas de desprecio del sanedrín de arpías de la mesa 17 al enviarnos de nuevo a la taquilla inicial transforman a Vanessa en un caminante blanco que, con un tono donde se puede leer la calma interior en el vaho que se forma sobre el cristal, requiere, si-es-posible, un billete para el siguiente autobús libre. Que yo me encuentre pateando papeleras, arrancando de las paredes los papeles en tailandés y dejándome los antebrazos en carne viva por aliteración de cortes de manga no hace sino añadir templanza a la escena. En estas aparece un ángel guardián de la compañía agitando en la mano dos boletos sueltos que, por arte de magia, se habían quedado sin vender, y lo siguiente que sabemos es que vamos montados en el autobús rumbo a Pakse, entre cajas de electrodomésticos, bolsones de textiles y el estrés post-traumático de un buen sofocón.

En la frontera tenemos que comprar la visa de entrada por el triple de su valor oficial para que el agente de inmigración pueda encontrar entre tantos cajones la tinta del sello con el que estampar los pasaportes, de los cuales sólo los europeos se han extraviado, y al llegar a Pakse el tuktuk que nos traslada al hotel nos vacía de todas formas la cartera sin agradecernos el que bajáramos una vez para empujar, sacándolo de la zanja en la que se había metido él solito en el mercado.

Bienvenidos a las 4.000 islas. Hace un sol justiciero, y cuesta un poco cargar con las mochilas los 10 minutos que hay desde donde nos deja el minibús hasta el embarcadero. Pasaremos los próximos días de relax lustrando una hamaca a orillas del Mekong, para lo cual hemos elegido la isla más tranquila de las dos más turísticas del área. Y con buen criterio. De los guiris que esperan abordar un bote, sólo unos pocos elegidos con clase vamos a Don Khon, mientras la gran mayoría, que va a Don Det atraída por los hosteles baratos de barracas, karaokes nocturnos y duchas compartidas de agujero, consiste en jovenzuelos confusos, protorrastas, transfiesteros, afterhipsters, tecnopastis, pijopackers, bebesmoothies, neohackers, panyoutubers, infraencers y una pareja de hippies del 68 que, o no habían hecho los deberes de investigación, o el sintrón is the new millenial. Entre siestas nos tomamos la molestia de acudir al apareamiento de unos delfines de río, de los cuales sólo el lomo aleteado de una selecta minoría se digna en aparecer de vez en cuando en la lejanía. Los baches del camino de tierra no detienen el avance del tuktuk que esquiva vacas, perros y niños sin volcar una sola vez, y el siguiente bote nos lleva a la catarata más grande del mundo, en su opinión. El sol se oculta lentamente en el horizonte y remontamos entre islotes el río con una lagartija de polizón, un barquero de pasado turbio que trata de ocultarse de la policía y una sonrisa en la cara que evidencia completa satisfacción.

Se acerca la celebración de Año Nuevo en Laos, y la vida se detiene entre 3 y 5 días. Se lavan las penas del año pasado y se amanece limpio y puro para afrontar las nuevas. Se hace orden en la casa, se saca brillo a los budas del templo y, sobre todo, se participa sin cuartel en una masiva guerra de agua callejera. Estamos en Vientiane, y por la ventana se filtra música electrónica a toda pastilla, salteada con risas, arrebatos y bocinazos. La inspección del campo de batalla desde el balcón revela un grupo de chavales bailando en botellón frente a un barril lleno de agua, salpicándose un poco entre ellos de vez en cuando. No parece tan terrible como nos lo habían pintado, demos una vuelta con cuidado y con suerte esquivaremos los remojones. Aparece una vespino por la calle y uno de los chavales le pega de lleno tal cubetazo de agua en el pecho que esta derrapa y, aunque consigue enderezar, más nos vale armarnos que aquí bromitas las justas. Bañador, móvil plastificado y dos fusiles lanzaaguas más tarde emboscamos a un grupo de niños, el mayor tendrá unos 5 años, y pese a su nutrido arsenal de globos de agua, conseguimos mantenerlos a raya hasta que sale una madre algo enojada y nos echa de allí aún no entendemos por qué. Turista moja turista, pues, y en un ataque coordinado utilizando un coche aparcado de trinchera, sorprendemos de inicio a un gafillas que porta, craso error de juicio el nuestro, una metralleta bastante más cara, y no sólo su chorro es más grande sino que además llega más lejos. Empapada y retirada. Comienza el asalto a la colina de la manguera, donde un artillero fofichino reparte estopa a raudales gracias al flujo ininterrumpido de munición y a su impecable habilidad en el manejo de armamento pesado. Me alegro sobremanera de haberme leído El Arte de la Guerra la semana pasada en el kindle, y el primer asalto lo intentamos hacer de estrangis rehuyendo el cuerpo a cuerpo, esta no es nuestra guerra así que tú pon cara de póker. Manguerazo, y de lleno. Ah, ¿conque esas tenemos? Vanessa, tú te acercas por la espalda y yo te cubro. Doble manguerazo. ¡Maldición! Vale, le atacamos kamikazes al mismo tiempo. Más manguerazos y esta vez el tipo se ceba. ¿Qué haría Curro Jiménez en nuestra situación, aparte de secarse las patillas? Salto como una nutria a sus espaldas, agarro la goma desconectándola por la mitad quedándome así con el nuevo extremo de una manguera más corta, el chino mira desconcertado unos segundos cómo su agua ha dejado de brotar antes de girarse hacia mi sonrisa triunfante, y comprobar que la venganza es un plato que se sirve bien húmedo. Llegamos empapados al hotel justo cuando el recepcionista termina de fregar el lobby y rumbo a la habitación nos aseguramos de pisar bien por todos los lados.

Salvo con los italianos, que siempre andan a gritos, en Laos no se conoce tan fácilmente quién es local y quién turista, así que sólo digamos que hay un buen número de personas visitando las cataratas de Kuang Si, en las cercanías de Luang Prabang. Las vistas son preciosas, el agua verde y existen diferentes zonas y alturas. A la vuelta, se pone el sol en la cima de un cerro en medio de la ciudad, los mosquitos hacen su agosto y bajamos al mercadillo de artesanía que se instala cada día en la calle del turista (sic) mientras Rita, una amiga de Vanessa que nos visita por 3 semanas, peina foto en mano los puestos de comida para entregarle un paquete, encasquetado desde Zürich por otra amiga, al más inexpresivo o desagradecido de todos los pancakers. Son los últimos coletazos de las festividades del Año Nuevo, en el templo siguen duchando a buda y el palacio real está cerrado únicamente cuando intentamos visitarlo. La señora que guarda la cueva a donde hemos llegado tras un paseo en bote, pago obligatorio de una entrada (menos Rita que como suiza se cuela) e infinitos escalones nos fulmina con la mirada cuando no donamos adicionalmente para su mantenimiento, el de la señora, se supone. Entre cientos de figuras de budas de todos los tamaños descubrimos en un recoveco, casi oculta, una virgen blanca que demuestra la existencia del troleo religioso. El budismo es una filosofía, y no una religión. Ay, sí, perdón, es que con tantos templos, tantas estatuas y tantas personas llevando ofrendas y rezando a todas horas casi se me olvida.

¡Tráeme la herramienta especial! De vuelta en el hotel de lujo, tras la cena, en nuestra primera noche en Nong Khiaw, comprobamos que la llave de lujo que nos han dado en recepción, si bien corresponde a nuestro candado de lujo, no entra del todo y por tanto nuestra puerta de lujo no se abre. Es de noche, sin farolas, los insectos de esta zona hacen unos ruidos muy raros y con la linterna del móvil apenas conseguimos iluminar el lugar donde antes estaba nuestra suela del zapato y tras un desagradable crunch ahora están los restos moribundos de un caracol. El que grita pidiendo la herramienta es el encargado general de mantenimiento. El chico que viene corriendo con un pedrusco en la mano es su ayudante.

En el embarcadero de Muang Ngoi, sin carreteras y a donde sólo se llega navegando río arriba, las dueñas de las casas de hospedaje esperan cada día la llegada del barco que trae a los turistas. Tengo que adelantarme a mi vecina, un poco de inglés, y con suerte hoy eligen mi casa en vez de la suya, aún no he puesto mosquitera, pero por lo menos ahora también yo tengo aire acondicionado, además, qué tía, la muy borde, y tan repintada que va siempre, no entiendo cómo consigue llenar su casa, si les trata fatal, si la conocieran como yo la conozco vendrían sin dudar para la mía, más limpios estarían y no les gritaría nadie.

No se lo piensa dos veces. Volvemos de una de las cuevas que los locales usaban como refugio durante los masivos bombardeos sufridos a lo largo de la guerra de Indochina, cuando una camioneta se atranca delante nuestro en el único tramo del camino que está embarrado. Vanessa pone la directa, se lanza sin preguntar de cabeza al fango, y empieza a empujar mientras el conductor quema goma. Uno no desobecece así como así una mirada directa de Vanessa, y me tomo flemático un tiempo para quitarme la camiseta y los pantalones, me desabrocho las zapatillas, me ajusto el bañador, compruebo que pese a hacerme un Rajoy el problema no se ha solucionado solo, y acudo al trote cochinero en desinteresada ayuda a terceros.

Vietnam, gññññ. Inmune a mis súplicas y sin importarle que haya tenido que andar 3 kilómetros hasta aquí, el viejo de la mesa hace un gesto con la mano como para indicarme que los autobuses a Điện Biên Phủ no pasan, ni pasarán jamás, por su estación. ¿Existe alguno, si no es aquí dónde para, a qué hora? Vietnam, gññññ. Vietnam, gññññ. Veo la espalda del viejo alejarse y ya no existo ni en su recuerdo. Sospecho que vamos a tener que quedarnos un día más en Muang Khua.

El bueno de Singthong nos cuenta sobre la mesa del desayuno que si le alquilamos unas mountainbike por un día nos lleva de excursión al pueblo de su tía y que después un amigo suyo nos puede cambiar kips por dongs casi sin comisión. Nos vamos mañana y andamos sobrados de divisa de Laos, por lo que el trato nos parece justo. Primeros europeos en ir con él a su pueblo, los niños nos siguen entre risas y sentimos las miradas curiosas de los adultos. Sentados bajo un techo de caña los hombres fuman madera, ríen bromas que no entendemos y bebemos con ellos un vaso de agua amarilla que deja posos de tierra. Comemos arroz pegajoso, pescado de río picante, col hervida y granos de menta, todo con las manos. En la calle dos gallos se pelean, en un tejado se seca tabaco, una mujer pone las setas que recogió por la mañana a secar y una anciana se ducha sin pudor en el único grifo con agua corriente.

Laos, hemos hecho las paces.

 

 

 

Myanmar

Cuenta un viejo chiste birmano que para ir al dentista es necesario viajar a Tailandia, porque en Myanmar te meten en la cárcel cuando abres la boca. Con buen criterio, piensas, cuando ves al recepcionista del hotel regalarte una sonrisa de encías negras y tabaco entre los dientes. El paredón me parece poco, concluyes, cuando absorbe sonoramente y escupe el gargajo mascado junto a tus pies descalzos.

Myanmar (tres semanas)

Una vez aclarado que Myanmar es Birmania y los myanmareños birmanos, nos dejamos atrapar por su calidez, amabilidad, curiosidad y simpatía. En el primer día nos enteramos por medio del contacto de una amiga de Vanessa que no podremos visitar las regiones occidentales del país, cerradas al turismo debido a, seguro que lo has leído en la prensa, un pequeño asunto interno de limpieza étnica cruzada. Las personas sufren mientras, entre el gobierno americano y el chino, se geo-azuza, niega, dirige, maquea, bendice o denuncia el genocidio para ver quién se hace antes con las materias primas y el acceso al mar en la tierra donde están los Rohinyás. A las regiones orientales tampoco podremos viajar, porque haría falta un permiso especial del ejército así que decidimos hacer un poquito de sur y un poquito de norte.

Habiendo aterrizado en Yangon (Rangún), dedicamos un día a explorar la impresionante pagoda Shwedagon, descalzos y junto con un guía que fue monje durante quince años y que nos enseñó algunos truquillos como distinguir un buda chino de uno birmano (el chino ha de ser calvo, gordo y sonriente, el birmano puede ser cualquier ser humano – excepto una mujer, ejem), honrar correctamente al animal de nuestro día de la semana, o elegir el camino de las baldosas al sol donde se queman menos los pies. El restaurante recomendado por la guía de viajes fue ciertamente picantito, la puesta de sol en el parque olió a espray antimosquitos, el regateo con el taxista fue semivictorioso y el autobús del día siguiente semipuntual.

Para llegar al Golden Rock, en el último tramo hubo que tomar un camión abierto con bancos de madera, filas repletas de a seis y curvas a pie de barranco, así que bienvenidos los codazos costillares y los sobacos de tres días con tal de no parecer auténticos peregrinos y cargar las mochilas colina arriba tres penitentes horas. En la cima un hotel de lujo, un mercadillo en los laterales, un recinto templario donde para entrar es necesario descalzarse, el suelo de insectos, cáscaras de pipas, mondas de naranja y escupitajos de tabaco y al fondo una roca en equilibrio que los fieles recubren con papel de oro adquirido en un mostrador de venta justo enfrente. El anochecer se acerca y la atmósfera va llenándose de magia, incienso, ofrendas, pintura en las caras, familias sentadas en corro, peregrinos durmiendo en el suelo, monjes haciéndose selfies, una guiri subiendo a un altar pese al cartel de prohibido mujeres y nosotros en plan estelar que, un poco sorprendidos al principio, algo pacientes después, y ante todo divertidos, damos lustre a nuestros minutos de fama mientras no paran de llegar peticiones de los birmanos presentes para que nos hagamos unas fotos con ellos. Considerando que el país estuvo prácticamente cerrado al turismo hasta 2011 les debió impresionar lo guapa que es Vanessa y lo elegante que soy yo (o quizá fue su elevada estatura y mi poblada melena). Amanecimos justo a tiempo de ver la interminable caravana de monjes que, cada mañana, avanza en procesión hasta la cumbre mientras la gente les va regalando arroz cocido, fruta, dinero y ¡cigarrillos! como el pícaro monje aprendiz aquel que me hizo el inequívoco gesto de los dos dedos en uve repetidamente sobre la boca-morrito. En paralelo, una igualmente interminable procesión de vendedores de arroz en dosis donación-para-monje para que tu ofrenda resulte, ante todo, espontánea.

Rumbo al sur paramos en Mawlamyine, no sin antes trabar conversación en una esquinilla embarrada considerada la estación de autobuses con un par de señoras adorables que nos regalaron turrón, mandarinas y casi una rebeca para que no nos muriéramos de hambre o de frío por el camino, y nos alojamos en un hotel muy chulo si bien la ciudad no nos inspiró para más que unos deliciosos noodles en una terraza frente a un atardecer en el río. Más partido le sacamos a Hpa-an donde, a pesar de los cuatro subnormales franceses que nos tocaron de acompañantes, disfrutamos de una excursión a diferentes cuevas budistas de los alrededores, incluyendo una batcueva donde cada anochecer, a la misma hora, salen para alimentarse miles de murciélagos disparados en torbellino. En este punto y pese a pagar religiosamente por asistir al espectáculo natural ofrecido a diario por estos entrañables roedores alados, los gabachos listillos, tan convencidos ellos como estaban de que había que subir a lo más alto del cerro y allí parapetarse para obtener la mejor perspectiva del fenómeno, bajaron al oscurecer muy presurosos al perfecto puesto de observación donde nos habíamos quedado tanto el vértigo de Vanessa como el mío, llegando sus gachas orejas tricolores justo a tiempo de no poder distinguir una mierda.

Al día siguiente paseamos por la ciudad entre desfiles callejeros y mercados de comida, siendo la última vez que le hacemos caso a la guía de viajes cuando nos recomienda un restaurante en el quinto pino donde la gracia se reduce a distinguir cuál de las nueve salsas que nos sirven es la más picante y de peor aspecto. Para hacer tiempo hasta el bus nocturno charlamos animadamente con un señor que nos aborda curioso mientras esquivamos los zarpazos no tan bien intencionados del nieto que lleva colgado y comemos habas fritas en el templo más cercano. Familias pasando el día, de merendola y sirviéndose te.

Amanecemos tras 12 horas de autobús hacia el norte en el lago Inle y, maldición, los franceses iban dentro. El hotel es un encanto de familia que nos perdona el habernos equivocado de día con la reserva, nos ayuda con el tour en barca hasta los pueblitos de las orillas, que es lo típico que se hace, y nos presta gratis unas bicicletas para que demos una vuelta a los alrededores.

En la barca, dos chavalitos, hermanos, nos llevan de aquí para allá entre pescadores, canales, plantas, búfalos y gente bañándose: primero un taller de plata donde las dependientas son tu espejo detrás de la vitrina, a saber, das un paso a un lado, la dependienta un paso al lado, das otro paso, la dependienta otro paso, te paras, ella también, cambias de mostrador, la dependienta corre, salta, resbala, se recompone, y ya la tienes enfrente antes de que tú hayas llegado; después un taller de tejidos con un sombrero para Vanessa; después un mercadillo ambulante donde todos los puestos ofrecen los mismos budas; después un templo donde se adora a tres piedras en un altar; después un restaurante donde los chicos pueden comer gratis por llevarte, después un taller de madera y construcción de canoas: después una fábrica artesanal de tabaco; después una zona de templos antiguos donde pagamos unos mototaxis para llegar; después un niño que nos deja mal cuerpo cuando nos pide dinero para comer; y después, ya de vuelta, una carrera a gritos e insultos con la barca de turistas de al lado que nos quiere adelantar por la derecha. Como ganamos nosotros los chavales se llevan una muy merecida propina.

En las bicis atravesamos campos de arroz y engañamos al calor parando en unos baños termales a mitad de camino donde conversamos con una familia letona que no habla palabra de inglés. Más adelante llegamos a un pueblo famoso por la fabricación artesanal de tofu donde un señor muy amable nos da de comer y nos hace una visita por diferentes casas donde se preparan pipas, cacahuetes, garbanzos, dulces, obleas, habas y alcohol de alambique, el tipo se aprovisiona de una botella para uso particular y brinda por la igualdad de género, mientras su señora se deja los brazos y los riñones en el fogón casero haciendo el tofu que se venderá mañana en el mercado. De vuelta al pueblo, cenamos en un restaurante de comida típica local, Vanessa tagliatelle al pesto y yo spaghetti carbonara, y organizamos otro busecito de esos de 10 horas hasta nuestro próximo destino.

En Bagan, que nos habían dicho que hace mucho calor, optamos por un hotel a las afueras, eso sí, con piscina, la cual nos vino muy bien al llegar tras el largo viaje. Al día siguiente les alquilamos una motillo eléctrica y, sin caídas ni sobresaltos para variar, lo dedicamos a pulular de un templo a otro, que básicamente es la gracia de este sitio. Los templos, esparcidos por una extensión bastante grande, son de piedra, de apariencia antigua, algunos grandes, otros pequeños, pero en todo caso muchísimos. Y en la puesta de sol, justo en el momento en que un lugareño intentaba vendernos un rubí más auténtico que el currículum de un diputado, se vieron muy bonitos.

Al amanecer hicimos equilibrismo mochilero para abordar, pasando por unos tablones sujetos con la imaginación de los tripulantes, el barco que nos llevaría, río arriba, hasta Mandalay. Moverse en barco tiene su romanticismo y nos pareció una pintoresca manera de viajar. Tras la primera hora de novedad, las restantes 10 fueron bastante coñazo. Cuando sale el sol, pese a la neblina, y cuando se pone, pese al cansancio, tiene un pase, pero el resto se lo puede ahorrar uno. Así como el sidecar que nos esperaba en el puerto de llegada para llevarnos al hotel. Un motorista a la izquierda intentando darnos conversación para vendernos un tour del día siguiente, y nosotros en el asiento del pasajero, espalda con espalda, aferrados al equipaje como espejismo de seguridad surcando calles envueltos en humo entre enjambres de vespinos, bocinazos de taxistas y semáforos girados sistemáticamente en rojo. Una vez en el hotel, un paseo al cajero más cercano nos desvela una acera al más puro estilo “sólo el penitente pasará”, con más baldosas rotas que enteras. Debí recordar que Buda en sánscrito se escribe con V antes de pisar mal y darme aquel piñazo.

Como Hsipaw se encontraba a 8 horas de distancia en tren, decidimos ir en autobús porque sólo íbamos a tardar 6, y qué momento elegimos, madre, porque por alguna razón perfectamente comunicada en birmano el bus se paró a mitad de trayecto, justo en la mitad de la nada, y allí estuvimos 4 horitas hasta que se hizo por fin la noche y el autobusero debió de creer conveniente que en tales condiciones de ausencia de luz sería más seguro continuar viaje. Total, cuando llegamos a destino los chicos que nos estaban esperando en el hotel yacían afablemente sobados en el suelo de la recepción. Criaturitas. Con una serie de improvisados bostezos nos alargaron la llave y ya se disponían a echar el cierre a tan fatigoso día cuando bajamos rápidamente de nuevo, antes de que se acostaran, para alertarles de un minúsculo problemilla de hormigas que había en nuestra cama, a lo que el somnoliento recepcionista me alargó mecánicamente un bote aerosol de veneno dirigiéndome una mirada “típicos turistas” bastante condescendiente; no, tronco, a lo mejor es que no me he explicado bien, le indiqué con un gesto que me siguiera hasta la habitación, le guié hasta la cacerolada de hormigaflautas que se había organizado entre las almohadas y sin más intercambio de palabras que sus ojos de plato y desencajada mandíbula abrió con la pierna la habitación de enfrente, revisó el cabecero de la cama por si la primavera árabe se había propagado a través de las redes sociales, nos hizo una reverencia hasta el suelo y nos cerró la puerta. Lo último que vimos fue cómo se agenciaba una silla a modo de escudo, tomaba aire y abría humo indiscriminadamente hacia la insectil manifa.

Nuestro interés en visitar Hsipaw era para hacer senderismo por las montañas colindantes y pasar la noche en un poblado indígena aunque hubo que cambiar de idea cuando, al día siguiente, el guía nos informó de que, y desde hacía un mes, estaba habiendo tiros entre ejércitos locales habiéndose elevado el riesgo de vernos en medio de fuego cruzado por delante y minas antipersonas por detrás. No nos enteramos muy bien, y la wikipedia tampoco lo sabe aclarar, el caso es que los Palau estaban a hostias con los Kachin, o eran los Karen los que peleaban con el ejército central, o si no era que los Mon habían firmado un armisticio con los Bamar y entonces se rebelaban los Shan, en fin, que salga ahora Monedero hablando de plurinacionalidad en un país que reconoce oficialmente 135 grupos étnicos diferentes. Aún así nos dio para un día estupendo explorando pueblos cercanos, pateando caminos seguros, remontando un río en bote, refrescándonos los pies cuando hizo falta (Vanessa adentro que fue con ropa y todo), visitando templos antiguos y escuchando de la boca de unos parientes lejanos la historia de la ilegítima e injusta expropiación de títulos y propiedades del príncipe en el exilio. Porque, por supuesto, lo verdaderamente legítimo de un país es que sea una monarquía y que unos reyes posean por derecho las mejores tierras.

Para volver a Mandalay jugamos sobre seguro y elegimos el tren, tan lento como bamboleante, atando las mochilas a los guardaequipajes y aún así alguna le cayó encima a alguien. Aunque se atravesaron fuegos a pie de raíl cuyas llamaradas a través de las ventanas sin cristales amenazaban la integridad capilar de las cejas, el momento álgido se dio al atravesar el viaducto del Goteik, inaugurado en 1900 y dotado de, nos parecieron, idénticas medidas de seguridad a las de aquella época; yo pasé el tramo tragando saliva, mirando al frente, sintiendo el viento atravesar la cabina y escuchando los pájaros piar a mi oído mientras Vanessa se marcó un avestruz con tanta flexibilidad y elegancia que ya lo quisiera imitar el papa Francisco al bajar de un helicóptero.

Ya en Mandalay acudimos a la actuación del único componente en activo de los míticos Moustache Brothers, trío cómico y cabaretero que tuvo ciertos problemas legales allá en 1996 cuando les dio por hacer bromas sobre los generales de la junta militar y su aprecio por las prácticas corruptas. Todo hubiera quedado en mera anécdota de no haber usado títeres en la ejecución de sus rutinas, lo que les acarreó 7 años de trabajos forzados a dos de sus componentes y la prohibición de por vida para actuar en birmano, esquivando por poco la pena de muerte al no haberse rapeado ninguno de los chistes.

Nos ha encantado Myanmar. Un misterio, un descubrimiento, una joya. Cuando te cruces con un birmano simplemente sonríe, y te sonreirá de vuelta. Siempre.

Eso sí, reza para que no sea uno de los mascadores escupidores de tabaco y procura mirar por dónde pisas cuando entres descalzo en un templo.

¡Mingalar Bar!

Colombia

“I have a dream” coreó Simón Bolívar ante una muchedumbre enfervorizada y así nació la gran nación que aglutinaría a todos los pueblos latinoaméricanos, independientes y libres por fin del colonialismo impuesto en sus tierras por las potencias extranjeras. “Te llamarás Colombia” y se giró inseguro hacia su consejero de marketing que asentía condescendiente con los dos pulgares alzados. El Libertador tenía la corazonada de que aquel nombre, basado en el ínclito genovés iniciador de sus males, les traería a la larga mal fario a nivel kármico. Malditos publicistas de Harvard.

Colombia (tres semanas)

Cuando el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel en Bogotá nos insiste tres veces que cerremos los seguros del coche, se empeña en aparcarnos en la puerta y no un poco más allá, nos ordena no dejar la mochila en el suelo ni un segundo y nos cobra el viaje más caro que la tarifa oficial, nos damos cuenta de que por aquí, tonterías las justas. Aún así nos da para un paseo por el centro, una visita al museo Botero y vuelta al hotel antes del anochecer.

Sin tiempo para acostumbrarnos a que constantemente se estén equivocando a su favor al darte el cambio, nos subimos en un avión hasta Barranquilla para vivir en primera persona los segundos carnavales más grandes de toda Sudamérica, para lo cual el hotel en el que habíamos reservado nos recibe con un triplicado en el precio de la habitación, una gorra regalo y una sonrisa de diente de oro. Pagamos una fortuna para entrar en un palco, vemos al pueblo bailar y desfilar en el cumbiódromo, asistimos a una guerra de espuma sufriendo daños colaterales y celebramos el punzante e ingenioso discurso de La Reina del Carnaval mientras cuidamos el cubo a la latera que se ha ido a por las vueltas tras pagarle dos cervezas.

Al no existir el bus que habíamos reservado por internet, nos lo cambian sobre la marcha en la estación y vamos a Santa Marta con la intención de visitar las playas del parque nacional, pero como está cerrado para que los indígenas purifiquen la tierra y hagan ofrendas a sus antepasados nos conformamos con hacer tubing por un río mirando con prismáticos cómo duermen los monos la siesta.

Una puesta de sol entre vendedores ambulantes más tarde agarramos otro bus hasta Cartagena, obviamente tampoco el previamente reservado sino uno que estará llegando ahorita, espérenlo allá. El casco histórico merece mucho la pena, vamos al cine, tomamos helados, estamos de terrazas, huimos cuando empieza a actuar Michael Jackson en nuestra oreja, y el hostal está chulo, recién abierto por un italiano que se mosquea con nosotros al no salir un día de la habitación habiendo tenido el aire acondicionado constantemente encendido. Aprovechamos para pasar tres días en las Islas de San Bernardo, a dos horas en barco de Cartagena, incluyendo en el trayecto de ida un avistamiento de delfines silvestres y quemaduras de segundo grado por la parte de la izquierda, sector nariz, y en el de vuelta una montaña rusa de olas, remojones, estómago en caída libre y muchas ganas de mear. En las islas, cocktail de bienvenida, masajes, camarote con hamaca y vistas al mar, aguas esmeralda, playas blancas, snorkel en banco de coral, baño de noche entre plancton luminiscente, pulgones y medusas, y un chef que va de mesa en mesa recogiendo cumplidos por el menú.

Un avión nos lleva a Medellín, encontrándonos una ciudad molona, bien comunicada, alternativa y moderna. Con ganas de que te lleves una buena impresión y se lo cuentes a tus amigos. Un día hacemos un tour por el centro que nos gusta mucho, chapó para el guía, arte, política, historia, anécdotas, y cómo no, Pablo Escobar, y otro día hacemos un tour por una comuna (el equivalente a una favela) que también nos gusta, metrocable, graffiti, proyectos sociales, costumbres y, cómo no, Pablo Escobar. Pues de tanto mentarlo habrá que verse la serie, pensamos.

Una furgoneta nos transporta a Manizales, en el eje cafetero, y aún nos acordamos entre náuseas de las dichosas curvitas y del Luis Moya que tuvimos por conductor. Nos aposentamos en una habitación con terraza, en la cima de una colina con vistas al valle, sin wifi, dejamos la vida transcurrir y nos tragamos por mero interés documental las dos primeras temporadas de Narcos en tres días. ¿Sí o qué? Paseamos entre plantaciones de café, charlamos con lugareños y cenamos vegetariano; el truquito está en echarle limón a la sopa y poner un poco de patata en cada pinchada, ¿listo?

De vuelta en Bogotá nos apuntamos a un tour de graffiti por el barrio, nos vuelven a hablar de Pablo Escobar (y esta vez ya estamos informados), y apuramos los últimos días en la zona hipster de la capital, reflexionando sobre lo jodido que debe de ser crecer en un país que lleva toda la vida en guerra, si no es una cosa es la otra, sobre el buen ánimo que tiene a pesar de ello la gente, con sus ganas de salir adelante, de hacer cosas y de mostrarte lo bonito, y ahora seguro, que es Colombia. Lo que hemos vivido nosotros, así ha sido. Hágale.