Canadá – Toronto

Para llegar a Asia desde Sudamérica la opción rápida era hacer escala en Los Ángeles o Nueva York, pero tras hojear rápidamente el pasaporte y ver aún fresquitos los sellos de Nicaragua y Cuba pensamos que sería más conveniente pasar por un país sin, digamos, tantos prejuicios democráticos. “En este viaje estoy echando de menos un invierno” decía de vez en cuando Vanessa. Tres tazas.

Toronto (tres días)

El airbnb estuvo guai, calentito y relativamente céntrico, aunque de techos bajos, coscorrón contra la viga al entrar. Juntando camisetas conseguimos ponernos ocho capas de ropa y acercarnos al fish and chips de enfrente.

El primer día la nieve en las cunetas no nos impidió una visita al centro de Toronto y las ráfagas de viento helado no nos detuvieron a la hora de visitar una exposición de obras de luz por la noche. Que llegue pronto el tranvía por favor.

El segundo día, con sol gracias, visitamos las cataratas del Niágara y coincidimos en que las de Iguazú molan más, al llegar a casa coscorrón contra la viga al ir al baño. Como consejo práctico, ya que este no deja de ser al fin y al cabo un blog de viajes, si vas a ver las cataratas no contrates el tour con una agencia, que te van a sajar, sino alquila un coche por tu cuenta y conduce simplemente hasta allá.

El tercer día nos hizo mucha ilusión quedar por la mañana con Satish “bachata-man”, al que conocimos en Nueva York y que se ha mudado aquí en el entretiempo, buena gente, y por la tarde fuimos a indigestarnos de palomitas a un partido de la NBA donde Hernangómez no jugó ni un solo segundo.

Hasta aquí Toronto. No vimos que la gente tenga las cabezas partidas en dos, ni pudimos comprobar si la educación y la seguridad social son gratis, ni vimos una pelea de boxeo del presidente. Así que dejamos la casa, coscorrón contra la viga al salir, fuimos para el aeropuerto y ¡rumbo a Asia!

 

Colombia

“I have a dream” coreó Simón Bolívar ante una muchedumbre enfervorizada y así nació la gran nación que aglutinaría a todos los pueblos latinoaméricanos, independientes y libres por fin del colonialismo impuesto en sus tierras por las potencias extranjeras. “Te llamarás Colombia” y se giró inseguro hacia su consejero de marketing que asentía condescendiente con los dos pulgares alzados. El Libertador tenía la corazonada de que aquel nombre, basado en el ínclito genovés iniciador de sus males, les traería a la larga mal fario a nivel kármico. Malditos publicistas de Harvard.

Colombia (tres semanas)

Cuando el taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel en Bogotá nos insiste tres veces que cerremos los seguros del coche, se empeña en aparcarnos en la puerta y no un poco más allá, nos ordena no dejar la mochila en el suelo ni un segundo y nos cobra el viaje más caro que la tarifa oficial, nos damos cuenta de que por aquí, tonterías las justas. Aún así nos da para un paseo por el centro, una visita al museo Botero y vuelta al hotel antes del anochecer.

Sin tiempo para acostumbrarnos a que constantemente se estén equivocando a su favor al darte el cambio, nos subimos en un avión hasta Barranquilla para vivir en primera persona los segundos carnavales más grandes de toda Sudamérica, para lo cual el hotel en el que habíamos reservado nos recibe con un triplicado en el precio de la habitación, una gorra regalo y una sonrisa de diente de oro. Pagamos una fortuna para entrar en un palco, vemos al pueblo bailar y desfilar en el cumbiódromo, asistimos a una guerra de espuma sufriendo daños colaterales y celebramos el punzante e ingenioso discurso de La Reina del Carnaval mientras cuidamos el cubo a la latera que se ha ido a por las vueltas tras pagarle dos cervezas.

Al no existir el bus que habíamos reservado por internet, nos lo cambian sobre la marcha en la estación y vamos a Santa Marta con la intención de visitar las playas del parque nacional, pero como está cerrado para que los indígenas purifiquen la tierra y hagan ofrendas a sus antepasados nos conformamos con hacer tubing por un río mirando con prismáticos cómo duermen los monos la siesta.

Una puesta de sol entre vendedores ambulantes más tarde agarramos otro bus hasta Cartagena, obviamente tampoco el previamente reservado sino uno que estará llegando ahorita, espérenlo allá. El casco histórico merece mucho la pena, vamos al cine, tomamos helados, estamos de terrazas, huimos cuando empieza a actuar Michael Jackson en nuestra oreja, y el hostal está chulo, recién abierto por un italiano que se mosquea con nosotros al no salir un día de la habitación habiendo tenido el aire acondicionado constantemente encendido. Aprovechamos para pasar tres días en las Islas de San Bernardo, a dos horas en barco de Cartagena, incluyendo en el trayecto de ida un avistamiento de delfines silvestres y quemaduras de segundo grado por la parte de la izquierda, sector nariz, y en el de vuelta una montaña rusa de olas, remojones, estómago en caída libre y muchas ganas de mear. En las islas, cocktail de bienvenida, masajes, camarote con hamaca y vistas al mar, aguas esmeralda, playas blancas, snorkel en banco de coral, baño de noche entre plancton luminiscente, pulgones y medusas, y un chef que va de mesa en mesa recogiendo cumplidos por el menú.

Un avión nos lleva a Medellín, encontrándonos una ciudad molona, bien comunicada, alternativa y moderna. Con ganas de que te lleves una buena impresión y se lo cuentes a tus amigos. Un día hacemos un tour por el centro que nos gusta mucho, chapó para el guía, arte, política, historia, anécdotas, y cómo no, Pablo Escobar, y otro día hacemos un tour por una comuna (el equivalente a una favela) que también nos gusta, metrocable, graffiti, proyectos sociales, costumbres y, cómo no, Pablo Escobar. Pues de tanto mentarlo habrá que verse la serie, pensamos.

Una furgoneta nos transporta a Manizales, en el eje cafetero, y aún nos acordamos entre náuseas de las dichosas curvitas y del Luis Moya que tuvimos por conductor. Nos aposentamos en una habitación con terraza, en la cima de una colina con vistas al valle, sin wifi, dejamos la vida transcurrir y nos tragamos por mero interés documental las dos primeras temporadas de Narcos en tres días. ¿Sí o qué? Paseamos entre plantaciones de café, charlamos con lugareños y cenamos vegetariano; el truquito está en echarle limón a la sopa y poner un poco de patata en cada pinchada, ¿listo?

De vuelta en Bogotá nos apuntamos a un tour de graffiti por el barrio, nos vuelven a hablar de Pablo Escobar (y esta vez ya estamos informados), y apuramos los últimos días en la zona hipster de la capital, reflexionando sobre lo jodido que debe de ser crecer en un país que lleva toda la vida en guerra, si no es una cosa es la otra, sobre el buen ánimo que tiene a pesar de ello la gente, con sus ganas de salir adelante, de hacer cosas y de mostrarte lo bonito, y ahora seguro, que es Colombia. Lo que hemos vivido nosotros, así ha sido. Hágale.

 

 

 

Brasil

Para un golpe de estado en Europa necesitas tanques en las calles, tiros en el congreso y un monarca molesto por tanta transición. En Latinoamérica te hace falta un soborno al presidente y enviar armas al ejército. En Brasil basta con aplicar la doctrina Lance Armstrong, donde todos los políticos se dopan pero sólo encarcelan a Lula.

Brasil (un mes)

Y si nos quedamos menos tiempo tampoco hubiera pasado nada.

Fase 1: desmitificar el brasileiro-portugués como un idioma facilito de entender. Ni Vanessa con su poliglotía y genealogía gallega fue capaz de entender un caralho.

Fase 2: desmitificar Río de Janeiro como epicentro del crimen. Incluso tenemos la osadía de abandonar la habitación, dejar atrás el acogedor recinto vallado del hostal y caminar por nuestra cuenta y riesgo hasta la playa de Copacabana pasado el atardecer. Sólo después de haber rociado con spray pimienta la cara de los 5 primeros transeúntes que se nos acercaron empiezo a entender que Río es una ciudad tan normal como otra cualquiera y que mirar compulsivamente a mi espalda resulta histriónico. Ajena a una adolescencia marcada por la emisión semanal de Documentos TV, Vanessa asiste burlona a la deconstrucción de mis temores.

Fase 3: desmitificar las cataratas de Iguazú como espectáculo de la naturaleza. Difícil empresa esta, pues si bien es mi segunda visita y no existe el plus de la novedad, ciertamente siguen siendo impresionantes. Pongamos a parir entonces al guía de nuestro tour, empeñado en que no hiciéramos el circuito superior con la aplastante lógica de que el resto de integrantes de nuestro grupo no habían contratado un paseo un lancha que nosotros sí hicimos, ergo algo tendríamos que sacrificar para sincronizar los horarios. Pongamos a parir a los compañeros turistas de nuestra lancha que, mientras nos acercábamos solemnemente a una de las caídas de agua, activaron el modo selfie en una interminable y opaca fila de cuerpos hasta la proa, justo ahí entre la catarata y tu vista. Pongamos a parir, cómo no, al conductor de la lancha que, a primera hora de la mañana nos sumergió tres veces bajo el chorro de agua entre gritos, aplausos, vítores y un par de zapatillas inevitablemente encharcadas por dentro que nos acompañarán después al ritmo de chofchofchof durante el resto del día. Y ya que estamos, pongamos a parir a las nubes y a la lluvia constante que hizo de este más que económico tour una visita inolvidable. Por cierto, antes de marchar recordamos al guía que el recorrido superior que nos quería regatear estaba incluido en nuestro paquete y tras haber apelado a su ética profesional así como mencionar posibles diligencias judiciales, lo pudimos visitar satisfactoriamente, si bien nos condujo en plan indignada liebre de Saïd Aouita.

Fase 4: desmitificar la música bahiana como rica en texturas. En Salvador de Bahía sólo se escucha percusión. Tambores por aquí, tambores por allá. Los conciertos espontáneos que vimos por la calle se limitaron a unos chavales pasando la gorrilla, un grupo de estudiantes de percusión alemanes en viaje de fin de curso, y el rodaje de un anuncio de colonia para el mercado hindú con unos rastas de fondo haciendo malabares con un bombo. Y el que vimos indoors, de los míticos Olodum, tuvo su gracia al principio, que a partir de la cuarta hora ininterrumpida de concierto, Vanessa y un servidor empezamos a intercambiarnos miraditas para ver quién era el primero que se atrevía a insinuar la retirada. La próxima vez nos quedamos en la iglesia, que tiene la misma marcha y sabes que terminará pronto porque hay que pasar el cepillo. Las calles son de pavés en cuesta y sin lado de la sombra, las fachadas coloridas, aquí un tipo te pinta símbolos tribales en el brazo, allí otro te pasa unas ramas por la cabeza, alguien pide tu lata vacía para echarla a un saco, te levantan unos duros por una rosa de bambú que no te dan, un chaval te vende una botella de agua por el doble, la señora de las palomitas un cucurucho por el triple, el conductor del uber casi la lía en un giro en dirección contraria, pagamos la entrada a un museo sólo para poder encontrar un baño, en la oficina de correos te dan los sellos mal, y el día que salimos de excursión a la playa hubo que improvisar porque no pasó el autobús de vuelta. Con eso y todo, Salvador, molas mucho.

Fase 5: desmitificar la arquitectura colonial como lugar de obligada visita. En Lençois nos encontramos con un pueblito dedicado única y exclusivamente a la gestión turística, los edificios ensombrecidos por la agencia de viajes de la planta baja, el callejón intransitable por la aglomeración de terrazas, restaurantes, tascas y músicos callejeros, y la excursión al parque nacional como el que pilla el metro en hora punta. En Ouro Preto, Mariana, Tiradentes (al que ni fuimos), se respira el gastado esplendor de las antiguas riquezas que proporcionaron sus minas de oro en siglos anteriores, despilfarradas por los europeos en lujos, mansiones e iglesias de las que no queda más que fachada, ticket de entrada y pedigüeño al acecho, además de cobijar en la estación de autobuses a un taquillero más lento que el mago manco. Al contrario que Belo Horizonte, ciudad que sin ser bonita ni aparecer en guías disfrutamos por su normalidad, sus exhibiciones multimedia gratuitas, sus ensayos callejeros pre-carnaval, sus manifestaciones políticas y una habitación de airbnb donde a la higiene aún se la está esperando. No muy lejos de allí, Inhotim, un maravilloso parque botánico-museo-galería de arte donde para entrar te piden el certificado de vacunación y te regalan spray anti-mosquitos no sea que el brote de fiebre amarilla que está asolando la región te estropee unas merecidas vacaciones.

Fase 6: desmitificar las playas brasileiras como idílicas estampas de postal. 10 horas de autobús nos chupamos expresamente para visitar las renombradas playas de Paraty y vacilar un poco con las fotos. Entre que el primer día llovió y que el resto de la semana le cogimos apego a la terraza de la habitación, lo más cerca que estuvimos de tan memorables vistas fue cuando fuimos al economato de la esquina a reponer galletas de chocolate.

Fase 7: una vez desmitificado Río de Janeiro, volver allí para vivir peligrosamente: el airbnb, con vistas, lo pillamos en un barrio modesto donde para llegar a la casa te subías en una furgoneta llena de locales, caminamos por en medio de la sudorosa gente en una fiesta callejera en vísperas de carnaval, visitamos la favela más grande de sudamérica haciéndonos salir el guía precipitadamente de una terraza panorámica en cuanto sonaron allá abajo los primeros disparos y, para ir a la playa de Ipanema, cogimos despreocupados el metro estando a punto de meternos en el vagón exclusivo para mujeres.

Resumiendo: En Brasil, aguas mil. Brasilero, enano, parla castellano

 

USA – Nueva Orleans

 

Iueséi sólo tiene tres ciudades, Nueva York, San Francisco y Nueva Orleans; todo lo demás es Cleveland”.

La cita no es mía, es de Tennesse Williams según una camiseta que no llegamos a comprar en la tienda de souvenirs. Y tampoco es suya, pues para documentarme y publicar este post me he leído sus obras completas y en ninguna aparece la frase. Fui a la capilla donde nació, visité su casa-museo, entrevisté a los herederos, adquirí en subasta los manuscritos apócrifos, y ni una sola mención. Si no se tomó la molestia de gravarlo en su epitafio, como para haberse currado una camiseta. “Hay un tiempo para marcharse, incluso cuando no hay un lugar concreto a donde ir”, vale, esa sí. “La suerte es creer que se tiene suerte”, correcto. Pero vamos, ¿una triste camiseta? ¿slim fit y con cuello de pico? Eso tiene menos credibilidad que la foto de Carme Forcadell jurando bandera en la mili.

 

Nueva Orleans  (una semana)

Un risueño iraquí con acento ozores black power nos condujo al airbnb y nos encantó al instante. Según Lissie, su dueña, la casa más antigua de la calle y casi casi de todo Marigny, barrio negro de estilo colonial cercano al French Quarter. Vecinos sentados de cháchara a las puertas de las casas, un chavalín paseando en bicicleta con una rueda pinchada, preguntándonos si tenemos una bomba de inflar, y con quien te cruzas en la calle te saluda y te pregunta qué tal estás. Como llegamos casi de noche decidimos quedarnos en casa aunque, o precisamente porque, era sábado, y para solucionar la cena hicimos una expedición a la zona de las gasolineras, debajo del puente de la autopista, eligiendo un take away concurridísimo de los de mendigo pedigüeño, carta ambigua, arroz a saco y coreano en mostrador, este último detrás de una mampara de vidrio anti-robo de pared entera, micrófono en boca y dicción de Jorge Sanz. Eso más que un comida rápida parecía un bingo.

La calle más típica del barrio francés fue decepcionante y la atmósfera, entre garitos de 3×1, buscavidas de tarjetas, tiendas horteras, bailarines callejeros y locales de striptease nos recordó un poco, salvando las distancias, a las Vegas, y encima estaba en obras. Mejor pasear de día por las calles aledañas y entonces sí, ya se ve parte de la magia prometida, las paredes de colores, los balcones floridos y las candelas encendidas. Mucha gente te pide dinero, mucha gente durmiendo en el suelo. Entramos en un sitio al azar, pedimos dos cocacolas y nos sentamos en el banco de afuera a ver pasar a la gente, sin pretenderlo habíamos dado con el bar más antiguo de Nueva Orleans, de modo que todos los carruajes llevando turistas hacían parada delante nuestro, incluyendo la gracieta de conducir el caballo disfrazado de unicornio, pezuñas fucsia, a la barra del bar como si quisiera pedirse un trago. Se te cae el pelo de la impresión.

En la plaza, videntes echando cartas y pronosticando perogrullerías por la voluntad, y en el templo espiritual del voodoo, una madame te da conversación inocente y te enseña su santuario (si le has caído bien) mientras notas cómo se te hiela el espinazo cuando sus ojos te escrutan taladrándote el alma. Habelas hainas.

Y en la calle, música, el viejito tocando el saxo delante del café, el grupo de jóvenes mixtos con bombos y vientos en las esquinas, el rapper rimando freestyle sobre la camiseta de Mafalda de Vanessa y la chica, tremenda voz y gafas de espejos con forma de corazón versionando a Adelle. También una calle donde los bares se especializan en bolos de jazz con un mercadillo de artistas y tenderetes. Y despidiendo la semana, y el país, un homenaje con visita a un coqueto local de vino y queso en el que tras hacer 20 minutos de cola sin entrar rodeados de pijos, corbatas y optimistas trayendo a su cita, fuimos al chino más cercano, compramos una botella para llevar (envuelta en papel opaco como en las películas), y brindamos en chanclas en casa por la tierra de las oportunidades, los excesos y los contrastes.

La fiesta que se improvisó un día en casa junto a la casera, disfraces de mardi gras incluídos, la contaremos en otra ocasión, que hay niños (y madres) delante.

Un placer conocerle, señor Obama, nos vemos en las colonias.

 

 

USA – Nashville, Memphis y el Mississippi

 

De nuevo un aeropuerto, una conexión que se retrasa y temer que no lleguen las mochilas a destino, pero esta vez las hadas aeroportuarias son benignas y nos reciben con música country en directo y el típico frío sureño. Sin querer meternos en política, lo que más tememos es encontrarnos a Patrick Swayze y tener que correr delante de los grises.

 

Nashville  (tres días)

Una chulada el airbnb, gominolas en la cama, palomitas en el armario, cervezas en la nevera, música en la radio, una ducha bien caliente, un take away de pollo frito al lado y el apartamento todo para nosotros, perfectos ingredientes para recobrar la salud mental y el tono físico tras el vegas crucis. El día que salió el sol nos atrevimos a pasear por Broadway St., epicentro del turisteo, y lo que llama la atención es que cada bar donde pasamos por delante tiene montado un concierto, en plan solo o en plan grupo, tocando en directo a cambio de propinas. También en los bares donde estuvimos dentro (ejem). Para quien no lo supiera, o sea yo, Nashville es la cuna de la música country, o sea, viola, banjo, steel guitar, voz nasal desgarrada alargando los mississippiiiis, botas, espuelas y sombrero. Mención especial al museo de Johnny Cash, de donde al salir, y durante la siguiente hora y media, no se puede tararear otra cosa distinta a “because you’re mine, I walk the line”. La tenían puesta en loop en todas las salas.

 

Memphis  (dos días)

Alquilamos un coche y llegamos justo a tiempo de ser invitados a una fiesta de Halloween, de las de chavales haciendo ronda de truco o trato mientras los de las casas intentan asustarles. Nos prestaron rápidamente unos disfraces, Vanessa de bruja buena malvada, y yo de payaso cabrón. Hice tándem con el hijo de María (la anfitriona de la fiesta) que, vestido de camuflaje de hierba y tumbado en la oscuridad del jardín que apenas se le veía, daba singular bienvenida en brinco y gruñido a los grupos de niños que se acercaban, y ahuyentaba más o menos a la mitad. Los que seguían quedaban a merced de Pennywise y de la voz de nuestro casero y su imitación de madre de Anthony Perkins. ¿Rancio? Lo que quieras, pero qué divertido saltar amenazante de las sombras y que niños super pequeños salgan corriendo, cagados de miedo, con ataque de ansiedad y coulrofobia (miedo irracional a los payasos) de por vida. Uno de los sobrinos de María no quiso entrar en la casa en toda la noche mientras yo estuviera dentro, incluso sin careta, lo que ahora que lo pienso..

El día siguiente paseamos por Beale St., que es el mismo concepto que la calle de los bares de música de Nashville, pero con blues en vez de country. Y entramos a ver a Marc Gasol liderar a su equipo pese a que los Grizzlies perdieran por dos después de fallar los últimos tres intentos de canasta con opción a victoria. Se coreó el “dii-fens” en el último cuarto y sorprendió ver que el estadio no se llenó del todo pero, bueno, es el principio de la temporada.

También visitamos el Museo de Derechos Civiles, muy bien montado, y aprendimos sobre la importación, esclavización, segregación y lucha por la igualdad de la población negra en los Iueséi. Se te queda un poco de malestar en el estómago, especialmente al visitar la habitación del motel donde asesinaron a Martin Luther King, y atisbar por vídeos y testimonios el palo que representó para la comunidad afroamericana y el daño que supuso para su causa. I am a man!
Y terminamos con una visita a unos históricos estudios de grabación, Stax, convertido en museo de música soul, moviendo los pies, moviendo las caderas, y saliendo, cómo no, a través de la tienda de regalos.

De Elvis, ni hablamos.

Rumbo a Nueva Orleans  (dos días)

Siguiendo el trazo del Mississippi, es bastante ancho este río, vimos plantaciones de algodón, nos cruzamos con patrullas de carretera, sufrimos un ataque de insectos mientras paseamos a la rivera del río (no pasa literalmente medio segundo entre decir Vanessa lo que me sorprende es que no hay mosquitos, y vernos cubiertos al instante, ropa, pelo, todo, de mariquitas voladoras), comimos en un garito de Morgan Freeman, tomamos rapidito una coca-cola en un bar de atmósfera inquietante, nos colamos en un parque museo de una batalla con derrota confederada, vimos los restos del primer barco hundido con una mina, dormimos en moteles baratos y derramamos mogollón de mantequilla por los bordes de la máquina de gofres ante la gélida mirada del recepcionista.

Uff, ya sólo nos queda una semana en este país.

 

USA – Conduciendo de SF a LA

Queda confirmado, iueséi, con sus carreteras anchas, gasolina barata, distancias largas y tranquilidad al volante, es un país por y para coches. Si te vas a equivocar de giro y das un volantazo a izquierdas sin intermitente, tranquilo, el camionero de atrás te da las gracias, si doblas el límite de velocidad permitido y te adelanta por la derecha una familia de mormones, tranquilo, hay 6 carriles de M-30, si se te cansa la pierna izquierda de tanto pisar y soltar el embrague en el atasco, tranquilo, el cambio es automático y lo que has reducido a cenizas era el estuche de las gafas. Así que ni cortos ni perezosos encaminamos nuestros pasos a una agencia de alquiler de vehículos y, tras primero equivocarnos de mostrador y depués esperar a que fabricaran el coche, salimos rumbo al sur, a recorrer la escénica highway 1 que, bordeando la orilla, une Santurce con Bilbao.

Scenic drive – desde SF a LA  (7 días)

Como todos los blogs de viajes recomendaban cuatro días para este trayecto, nosotros lo hicimos en siete, que no se trata tanto de ir deprisa y llegar cuanto antes sino de perderse en detalles, admirar paisajes, enriquecerse del entorno, camuflarse con paisanos y al final tener que hacer tiempo de todas formas porque, efectivamente, con cuatro días basta y sobra. Qué memorable sensación saberse hijos del viento, con la carretera por delante sin saber cuándo ni dónde caerá la noche. Corolario: pésima idea intentar reservar habitación para la misma noche un sábado a las ocho de la tarde, ni Monterey ni romanticismos ni hostias.

La costa ofrece paisajes escarpados, puntos de mar agreste, playas, gaviotas, focas, pueblos turísticos y un precioso tramo (privado) de casi 30 km de campo de golf, lo que antes era costa, donde para poder pasar hay que pagar si te quieres dar el gustazo de molestar la concentración de los millonarios que estarían disfutando de su handicap en tan idílico domingo de no ser por la puta chusma y sus fotitos de olas. En Santa Cruz, que es un pueblo barra parque de atracciones fuimos al baño y Vanessa se hizo su primer tatuaje. En Monterey, después de comer una pizza que hubo que lamentar estomacalmente los dos días posteriores, nos dio tiempo a visitar brevemente su mundialmente famoso acuario (lo que tardamos en llegar a las taquillas y ver que la entrada era 50 pavos por persona). En el parque del Big Sur contemplamos que la cascada de la playa estaba temporalmente cerrada y que la carretera de la costa continuaba cortada por obras. En San Luis Obispo aparcamos muy cerca de los museos y Vanessa casi se tiñe el pelo, y en Morro Bay les robamos en el último segundo la mejor posición para ver la puesta de sol a una familia de suizos que llevaban guardando el sitio toda la tarde, tapándoles además la vista, y que, fieles a sus costumbres, optaron por no decir ni pío. En Santa Bárbara hicimos la colada, un poco de piscina, un poco de playa, un poco de tiempo y un poco de nada. Y en Santa Mónica pagamos el parking del pier y la novatada.

Y por las noches, para dormir, disfrutando de los clásicos moteles de carretera, con sus toallas de baño que no secan sino desollan, con su rollo (uno) de papel higiénico unicapa, es decir, transparente, o translúcido, o como se diga, vamos, que permite pasar la carne a través, con sus drogadictos de parking pidiéndote tabaco y con sus dicharacheras dueñas de motel, o conserjes, donde la conversación tipo nada más llegar es algo así como:

(Nosotros)   ¡Hola, muy buenas tardes!

(Motelera)   La tarjeta de crédito.

(Nosotros)   ¿Ha visto usted qué buen tiempo hace? ¡Qué bonito lugar este!

(Motelera)   Prohibido fumar en la habitación.

(Nosotros)   ¡Muy amable, que tenga usted un día maravilloso!

(Motelera)   Check out a las 11:00.

 

Los Ángeles  (1 día)

Y menos mal que decidimos saltarnos Los Ángeles, porque parece muy muy grande. ¿En extensión? Enorme. ¿Buena pinta? Uff.. casi que no mucha, así que si hay que reducirse a lo mínimo, demos una vuelta por Hollywood al menos, Y eso hicimos, entramos a la ciudad conduciendo por Mulholland Drive, nos hicimos un selfie desde lejos con las famosas letras en las colinas al fondo, bajamos a dar un paseo por el walk of fame donde cada dos baldosas hay una estrella con el nombre de algún celebrity (y vale todo, desde cine a música pasando por television, y donde entran todos, incluido Nicholas Cage y Luis Cobos). Es sólo en el patio del teatro chino donde están los cementos con las huellas de las manos y los pies, algunos antiguos, algunos más modernos, incluyendo las suelas de Tarantino donde se lee „paz y prosperidad para la humanidad“ ¿o quizá era „fuck you“?, no me acuerdo muy bien, en fin, una de esas dos cosas.

Una hora de coche por la ciudad y casi sin atasco para llegar hasta el airbnb, y a reponer fuerzas que al día siguiente empieza la aventura de los parques nacionales. Oh, ducha larga y cuarto de baño propio, oh, pequeños placeres cotidianos.

 

USA – San Francisco

Entre las dos costas de los iueséi hay tres horas de diferencia en el huso horario, siete de vuelo y una en el control de seguridad del aeropuerto para descartar cualquier resto de explosivos en todas y cada una de las nueve cajas de pastillas necesarias para limpiar el protector bucal que uso por las noches para roncar menos y que transporto en el fondo de la mochila bajo, en orden ascendente, el dicho protector bucal, su repuesto, el pijama, el bañador, los pantalones del chándal, la gorra de los Red Sox, los cables, los adaptadores, los enchufes, el neceser, el portátil, las pantuflas y la maña para poder cerrar de nuevo la cremallera.

 

San Francisco (10 días)

Muy chulo San Francisco y muy chulo el airbnb, tanto que dicidimos quedarnos tres días más de los previstos inicialmente. Y también porque entre unos catarros y otros nos vino muy bien descansar un par de días viendo pelis y jugando con los perros de Blu, nuestra casera. El barrio, la Misión, tiene sabor centroamericano, agradables paseos, coloridos murales y buena combinación de autobuses, llegando a cualquier sitio en menos de una hora, excepto cuando aciertas la línea pero no el sentido y te ves perdido en el extrarradio con moderada incredulidad y tu acompañante con evidente rebote. Si queríamos visitar el museo que hay en el Golden Gate (parque) porque los lunes son gratis, casi que llegamos un pelín cuando ya estaba chapado, y ni siquiera el deslumbrante paseo por los fabulosos jardines que conforman este vergel en pleno corazón de la urbe contribuyó a mejorar el ánimo, quizá debido en parte a la poca visivilidad inherente a ser noche cerrada, con rasca y poco abrigo.

Caminar el Golden Gate (puente) de un lado al otro son 35 minutos, a prudencial distancia de la barandilla, hormigueo en el estómago y paso vivo, porque para alguien vanagloriado de no tener mucho vértigo, acojona. Según la guía de viajes es el puente más fotografiado del mundo, y yo no iba a ser menos, como se comprueba en el número de fotos cuasiidénticas más abajo. Vale, que sí, vistas espectaculares y tal. De corbata.

Una vuelta por lo que se considera el centro de la ciudad deja mendigos en la retina (tirados en el suelo, hablando solos o empujando carritos de supermercado llenos de cartones y pertenencias), aviones militares en el tímpano (de maniobras, de espéctaculo, o simplemente tocando los huevos), marihuana en las fosas nasales (legalizada en California, que al fumador de tabaco cada vez se le ve con peor ojo) y, una vez bajados del pintoresco cable car que tan turístico como abarrotado remonta las primeras cuestas, agujetas en los isquiotibiales de patear las siguientes (¿Toledo? aficionados). Visitado Japantown, tras la cima del Tourmalet, y alcanzado Chinatown tras coronar el Angliru, llegamos a las curvas infernales de Lombard St., obviamente el Alpe d’Huez, y desde aquí mi respeto a los autobuseros y a lo que sería perenne procesión de embragues quemados de no ser automáticas las cajas de cambios.

El ambiente de la ciudad mola, relajado, abierto, colorido, amable, mixto, artístico, progre. Para preparar la visita a El Castro, el Chueca de San Francisco, la noche anterior nos vimos la peli de Milk, sobre la primera persona abiertamente gay en conseguir un cargo político oficial en los Estados Unidos siendo asesinado poco después por su osadía, e insuflados de su espíritu activista, justo y combativo nos hicimos unos selfies en su plaza memorial, entramos de gratis en el museo LGBT y compramos un imán para la nevera en el local donde el bueno de Harvey Milk inició su revolución, ahora tienda de souvenirs. ¡A la burguesía, guillotina, camaradas!

Por cierto, muy recomendable la visita a la isla de Alcatraz y a las instalaciones del famoso presidio. Con una audioguía que está muy bien lograda, antiguos carceleros y presos te meten en las celdas, narándote motines en el comedero e intentos de fuga, pero lo que no te explican es cómo es posible que no acabara dentro Nicholas Cage, que bien todos sabemos que el tipo ha hecho sus méritos para eso y más.

Acabamos la visita a esta ciudad tan vibrante y colorida, con pena de marchar e inspirados por Blu nuestra casera, okupa viajera en su mocedad y profesora de arte a tiempo parcial en la actualidad, visitando de nuevo el Golden Gate (parque) esta vez de día y con festival de conciertos al aire libre, mención especial a las lagrimillas contenidas de Vanessa escuchando el folk reivindicativo de Brandi Carlisle y un paseo anticipo hasta lo que será nuestra siguiente etapa en el viaje: el océano pacífico versión California.

 

USA – Boston

Noam Chomsky es professor en el MIT y Larry Bird consiguió elevar el concepto bigote a la cima de la expresión facial, razones en sí mismas más que suficientes para avalar una visita rápida a los orígenes del Tea Party. Como modélicos irlandeses que nunca seremos, había llegado la hora de encomendarnos a San Batracio, cargar en el Spotify una lista de reproducción de Simple Minds y bebernos antes de salir una pinta de Mahou negra en la estación de autobuses. ¡Salud!

 

Boston – dos días

En las casi 7 horas que duró el trayecto me vi tres prescindibles películas, no las del bus porque el wifi estaba roto, así que eché mano del portátil-convertible-a-tablet que nos habíamos agenciado para el viaje: una de miedo, una de risa y una de pena, esta última valiendo la redundancia, y Vanessa leía, dormía y volvía a leer. Sobre el aire acondicionado nada que objetar. Sobre la organización de los autobuses en el punto de recogida, con muchas ganas de llegar a un país decente, por ejemplo Nicaragua o Colombia, y poder por fin abordar un transporte con paz y tranquilidad. Esta vez no hubo vecinos o caseros en el estudio, y entre pros y contras, se agradeció tras largas jornadas cierta autonomía. Nos habían comentado que Boston quizás fuera algo elitista, y los precios de los airbnb no ayudaban a desmentir tan merecida fama, de modo que hubo acopio de galletas y pan bimbo en el súper para celebrar tan merecida independencia. Y un paseo por el parque, tan bucólico que los parroquianos alimentan mano en boca a las miriadas de ardillas que por allí campan a sus anchas para poder contagiarse de algo exótico y después vacilar de hipsters. Y un descanso en un banco del río Charles (no confundir con Charls), tan idílico que los runners, y runners, y más runners, no cortan la ribera sino vuelan. Y una visita al bar de Cheers, tan auténtico que hay que cruzar la tienda de regalos para poder llegar al baño (y con una cerveza tan pésima que por fin te explicas por qué NormCliff se pasaban el capítulo entero con el mismo vaso). Y un partido de béisbol, deporte tan aburrido que ya se ha merecido dicho adjetivo en dos de los tres posts USA que hay hasta el momento en este blog. No me extraña en absoluto que mientras se juega (porque no existe lo que se dice un descanso propiamente dicho entre tiempos, o cuartos, o sets) haya más gente en las colas de los perritos calientes que sentados en las gradas. Y es que, pese a llevar todo el rato puestas las gorras de los Red Sox (excepto al principio durante el momento himno en pie, no sea que nos increpen por ácratas), luego estos van y pierden. ¡Y ahora que hacemos con las dichosas gorritas cuando nos movamos por otras ciudades otros hooligans tiro al blanco! Porque será por el piso en el centro, por la gentrificación (signo de comillas con los dedos de ambas manos), por la proximidad de Harvard, o por los impuestos que se niega a pagar google, el caso es que vimos menos homeless y más caucasianos (nuevamente comillas y dedos) que en las otras dos ciudades anteriores. Doble cero power, y a buen entendedor. ¡Arriba el Celta!

 

USA – Filadelfia

Dicen por ahí que hay vida más allá de Nueva York, si no no se explicaría el resultado de las últimas presidenciales. Y aunque hubiera apetecido quedarse más tiempo observando a la gente hacer footing, a ver cómo se hace ahora para empaquetar una toalla extra en la mochila.

 

Philadelphia – 2 días y medio

Adrian, el ojo del tigre y queso de untar. El bus que nos lleva es rápido, la mitad del depósito de gasoil se utiliza para alimentar el aire acondicionado y nos plantamos en Philly en dos estornudos. Nos toca una habitación muy grande en el piso de arriba de una galería de arte, con los artistas, ella amante de los gatos y él echando pestes de Hugo Chávez, viviendo y trabajando abajo. El patio con jardín hubiera sido un magnífico espacio de meditación y asueto de no ser por el ejército de mosquitos antidisturbios que, sin cuartel, no parecían diferenciar entre antebrazo desnudo o pantorrilla en vaquero. En la estatua de Rocky las fotos las hace una sintecho por la voluntad, y mogollón de peña sube corriendo las escaleras para una vez arriba, saltar, levantar los brazos, recuperar el aliento, y echarse más fotos. La ciudad vieja está llena de museos y referencias a la declaración de la independencia que, a diferencia de otros estados más democráticos, allí sí se respeta y se celebra. Entre unas y otras enmiendas no entramos en ninguno, y paseamos frente al río Delaware con gofre y batido-engrudo de chocolate en mano, que si hay que pagar por entrar, mejor unos jardines mágicos que revitalizan un barrio deprimido o un concierto múltiple con bandas locales (Philadelphia es famosa por su escena musical) donde sustraer de estrangis un donut a la entrada. Por cierto, en este último te regalaban botellas de agua al salir y te cortaban el pelo gratis si eras chico y tenías Instagram (por razones que no vienen al caso, ninguno de los dos cumplimos los requisitos). ¡Ah, se me olvidaba! También nos hicimos un análisis de ADN. ¿Por qué? Pues porque era gratis.

 

USA – Nueva York

Iueséi! iueséi! Es el grito de guerra (nunca mejor dicho – ejem) de los enfervorecidos aficionados estadounidenses que, blandiendo guantes gigantes, palitroques sonoros llenos de aire, gorros tío Sam, perritos calientes y una caja king size de pollo frito con patatas, apoyan incansables a su selección mientras disputa el cetro mundial de cualquiera de sus deportes franquicia a cualquier otro ínfimo país. Bueno, descartemos el fútbol que ya se sabe que ahí no pintan nada. Descartemos también el otro fútbol, que ese sólo lo juegan entre ellos. Y descartemos el béisbol, que después de ir a ver un partido en vivo al estadio de los líderes de este año (los Red Sox de Boston) todos los clichés de arriba son ciertos excepto lo de animar, gritar y berrear, que o bien todas las aficiones de los equipos famosos son mudas (véase el Fly Emirates Santiago Bernabéu) o bien el béisbol es el deporte más aburrido desde la invención del curling sobre hierba. O las dos cosas.

Kilómetro Cero del imperio, cuna de la cultura occidental y marcador de tendencias, ¿son los Estados Unidos de América como nos cuentan las películas, las series y la televisión?, ¿son los Estados Unidos de América, América? o dicho de otro modo, ¿son los Estados Unidos de América, Unidos? ¿y Estados? y dependiendo de esto último ¿en qué estado queda Cataluña? En fin, que había que verlo para contarlo. La historia empieza una veraniega mañana en el santuario espiritual de Wall Street..

(Disclaimer 1: el 15 de Septiembre AÚN es verano. Fuente: Wikipedia)

 

(Disclaimer 2: el vuelo a Nueva York hizo escala en Lisboa)

 

NUEVA YORK – 1 semana

Brooklyn muy muy muy molón, barrio latino con cafeterías hipster y lavanderías cada diez pasos. Caótico servicio de recogida de equipajes en el aeropuerto, y no llegan las mochilas hasta un día después con lo que hay que agenciarse de urgencia un pack de supervivencia-ropa interior-toalla. Metro cercano con buena combinación a Manhattan (que es lo que yo pensaba, de las pelis, que era Nueva York). Ojo no te montes en el primer tren que pase que si es express te saltas la parada. La habitación del airbnb huele a pies, hay cristales rotos debajo de la cama y tenemos un baño casi para nosotros solos. El tipo de la casa, nos esperábamos un interesante madurito green peace y resulta un rastasurfero venido a menos, nos está alquilando su propia habitación mientras los primeros días duerme (supuestamente) en casa de su novia y los últimos dos en el sofá de arriba (supuestamente ex-novia pues). Los otros inquilinos son a) un indio americano (no confundir con americano indio, es decir, que este es de la india india), maestro dominador de bachata, merengue y, en menor medida, salsa, que se está mudando a Canadá, tierra prometida con su seguridad social y su educación gratis, y con el que compartimos conversaciones, chalupas, vino de Transilvania y whisky de trébol; b) una lituana holandesa sobre-guai, sobre-trendy, y sobre-todo ignorable; y c) un tipo que aparece o desaparece sin orden ni concierto, por lo que no se sabe no se contesta. Los edificios muy altos, el tiempo muy bueno, Chinatown con sus chinos, Little Italy en fiestas (las de San Genaro), la estatua de la libertad en su sitio, mercadote (no confundir con mercadillo) en Hell’s Kitchen, gran paseo hasta el Soho (no confundir con Sojo), frugales desayunos veganos, algo de street art y, los espontáneos, ora en el metro haciendo malabares con gorras y vampiradas break dance dentro de los vagones, ora dando conciertos con cubos de plástico en las estaciones transbordo. Muchas luces en Broadway y mucha suerte con la función, que estuvo guay (gracias Noemi por la recomendación). Buena música pese al espíritu saca-cuartos del garito de jazz. Está prohibido fumar en Central Park y sí, sacrilegio, nos fuimos sin probar un hot dog del típico puesto callejero. Viendo cuánto nos soplaron por un helado y un batido en una camioneta donde el Rockefeller center, como que ya no hubo más huevos. ¡Viva Brooklyn, gringos!