USA – El Gran Cañón

 

De todos los parques, este es básicamente el único que conocía de nombre, y como escuchamos decir a uno de los visitantes que pasaba por ahí, cuando tanta gente te habla tanto y tan bien de algo, las expectativas son luego tan altas que de un modo u otro acabas decepcionado. Bien, en este caso, no ha sido así.

 

Grand Canyon  (dos noches)

A quien madruga dios le ayuda y conseguimos plaza en el camping madre del Grand Canyon sin reserva previa, lo que es un logro sólo al alcance de celebrities o de turistas fuera de temporada con mucha potra. El cañón en sí es impresionante, un bicharraco de la naturaleza, y me referiría a él sólo por las fotos si se pudiera hacer con ellas algo de justicia. Las vistas y el paisaje, el vértigo constante, lo pequeño que eres y lo grande que es, el atardecer y el amanecer, el río ahí abajo, los cóndores que pasan, el rojo.

El Gran Cañón. Punto. El resto son mínimos detalles que ocurren mientras estás de visita, como el enjambre de turistas de aspecto milenario (no presupongamos etnias por el mero hecho de vestirse en plan cosplay, lo de los ojos podría ser una pista falsa) que, de grupo compacto en grupo compacto, se hacen fuertes a empujones en los puntos de panorama y, en formación tortuga, defienden la posición a codazos hasta que todos se han hecho su selfie; como el conductor del shuttle que te ameniza el trayecto de un punto a otro del parque a grito de cowboy (digan todos Giddy up! Yiihaa), que consigue que el pasaje se marque una canción de los Village People o que simula un aterrizaje de avión, gracias a dios, sin llegar a hacer el 3D completo de un se acaba la pista nos vamos cañón abajo; como la espontánea equilibrista del riesgo eligiendo la roca más saliente del camino más escarpado para su sesion matinal de taichi mientras la señora francesa delante nuestro masculla „inconsciant“ muy indignada y repetidas veces, probablemente debido a alguna incorrección en la postura del saludo al sol; como las tres horas de senderismo, desfiladero abajo nivel fácil y luego arriba nivel a quién se le ocurre, entre ardillas, cabras montesas y un gordinflas japonés (esta vez sin duda) empeñado en demostrar a voz en grito que las ondas sonoras es la primera causa de desprendimiento de roca en cañones; o como la táctica gallina que utilizamos sin ningún complejo Vanessa y un servidor andando por uno de los tramos más cercanos al borde y que consistió básicamente en vale muy bonito y tal pero vayamos si eso mejor por donde la carretera sin arcén, que están pasando ahora mismo los coches como locos y allí se siente uno seguro.

Una pasada.

 

USA – Hacia los Parques Nacionales

 

¿Quién dijo camping? Las llaves de la furgoneta, el asiento trasero abatible que junto a la mesa desmontable se convierte en cama, hornillo de propano, una ducha portátil que no usamos, nevera solar, fregadero con agua de bombeo, cortinillas a los lados, dos adaptadores mechero-usb, graffiti en la chapa, una lista de spotify, la señorita del googlemaps, doce días y 2,925 km de carretera.

¿Quién dijo camping? Los baños compartidos, duchas de monedas, arañas en el techo, linternas para el camino, el día que madruga, la noche que es temprana, la vía láctea, estrellas fugaces, ruido de portazos, risas contenidas, ex-militares viviendo en trailers, caravanas con tele, un ladrido aislado, chasquear de fogatas, bocadillos con mayonesa, olor a pies y ver salir el sol envueltos en la manta.

 

Needles y Flagstaff  (dos noches)

Primero hay que cogerle el tranquillo a eso de conducir por vez primera una furgoneta (en adelante camper), especialmente si nada más salir del parking de la oficina de alquiler te encuentras la hora punta en mitad de Los Ángeles. Chupado, como elegimos el camper más bonito del repertorio, nos hacían pasillo por la carretera entre aplausos y exclamaciones de admiración. Eso y que en una furgo te sientes alto, fuerte y suficientemente voluminoso como para tomar el carril por las bravas y que el coche que te iba a adelantar achante orejas y no le quede más recurso que bocinazo y dedo corazón extendido. Decidimos hacer noche en cualesquier lugar intermedio, llámese Needles CA, a donde llegamos cerrada la noche y tras haber disfrutado en la parada de descanso, en medio de la nada sin contaminación lumínica, del cielo más estrellado y claro que se recuerda. En el primer camping que probamos no se ve un alma en la recepción, y en el segundo al menos hay late check-in y nos hacemos con una plaza in extremis. ¡Conseguido! y nuestra primera noche con la casa móvil a cuestas pasa con expectación y, una vez descubrimos cómo se abre la puerta hacia los baños sin que salte la alarma, sin sobresaltos.

El día siguiente, ya en ruta, en una gasolinera propiedad de indios (nativo-americanos)compramos tabaco a mitad de precio y mientras filosofamos sobre el derecho universal inherente a los pueblos, entra en escena una familia de blanco-americanos en una ranchera, todos ellos con ropa paramilitar chavalería incluída, cuyo patriarca conductor al arrancar y marchar saca una mano a través del techo, cruje una lata vacía de cerveza, y la lanza hacia la zona de carga de atrás de la ranchera, encestando mientras mira al frente en gutural eructo.

Esa segunda noche, justo antes de llegar al Grand Canyon, la pasamos en Flagstaff AZ, en el camping de Woody, encantador y caricatura del parroquiano del medio oeste, donde nada más llegar trabamos conversación con nuestro vecino de trailer para aprender que en el camping donde estamos, en un bosque, existen dos tipos diferentes de arañas mortales, la viuda negra y la japuta marrón (no recuerdo el nombre taxonómico exacto), y a las que les encanta anidar en los baños, por aquello de la humedad y tal. Buenas noches, nos profetiza con su media sonrisa, y que tengáis la vejiga grande, piensa para sus adentros el muy cabrón. Tranquilos, nos susurra contemporizador, las telarañas reflectan muy bien la luz de las linternas. Si fue una broma dadas nuestras caras de novatos panolis o una confidencia entre avezados exploradores, lo único que puedo decir al respecto es que, desde aquel día y hasta hoy, estemos donde estemos, me aseguro de encender todas las luces y mirar bien debajo del váter cada vez que me entra un apretón.

 

 

 

USA – Conduciendo de SF a LA

Queda confirmado, iueséi, con sus carreteras anchas, gasolina barata, distancias largas y tranquilidad al volante, es un país por y para coches. Si te vas a equivocar de giro y das un volantazo a izquierdas sin intermitente, tranquilo, el camionero de atrás te da las gracias, si doblas el límite de velocidad permitido y te adelanta por la derecha una familia de mormones, tranquilo, hay 6 carriles de M-30, si se te cansa la pierna izquierda de tanto pisar y soltar el embrague en el atasco, tranquilo, el cambio es automático y lo que has reducido a cenizas era el estuche de las gafas. Así que ni cortos ni perezosos encaminamos nuestros pasos a una agencia de alquiler de vehículos y, tras primero equivocarnos de mostrador y depués esperar a que fabricaran el coche, salimos rumbo al sur, a recorrer la escénica highway 1 que, bordeando la orilla, une Santurce con Bilbao.

Scenic drive – desde SF a LA  (7 días)

Como todos los blogs de viajes recomendaban cuatro días para este trayecto, nosotros lo hicimos en siete, que no se trata tanto de ir deprisa y llegar cuanto antes sino de perderse en detalles, admirar paisajes, enriquecerse del entorno, camuflarse con paisanos y al final tener que hacer tiempo de todas formas porque, efectivamente, con cuatro días basta y sobra. Qué memorable sensación saberse hijos del viento, con la carretera por delante sin saber cuándo ni dónde caerá la noche. Corolario: pésima idea intentar reservar habitación para la misma noche un sábado a las ocho de la tarde, ni Monterey ni romanticismos ni hostias.

La costa ofrece paisajes escarpados, puntos de mar agreste, playas, gaviotas, focas, pueblos turísticos y un precioso tramo (privado) de casi 30 km de campo de golf, lo que antes era costa, donde para poder pasar hay que pagar si te quieres dar el gustazo de molestar la concentración de los millonarios que estarían disfutando de su handicap en tan idílico domingo de no ser por la puta chusma y sus fotitos de olas. En Santa Cruz, que es un pueblo barra parque de atracciones fuimos al baño y Vanessa se hizo su primer tatuaje. En Monterey, después de comer una pizza que hubo que lamentar estomacalmente los dos días posteriores, nos dio tiempo a visitar brevemente su mundialmente famoso acuario (lo que tardamos en llegar a las taquillas y ver que la entrada era 50 pavos por persona). En el parque del Big Sur contemplamos que la cascada de la playa estaba temporalmente cerrada y que la carretera de la costa continuaba cortada por obras. En San Luis Obispo aparcamos muy cerca de los museos y Vanessa casi se tiñe el pelo, y en Morro Bay les robamos en el último segundo la mejor posición para ver la puesta de sol a una familia de suizos que llevaban guardando el sitio toda la tarde, tapándoles además la vista, y que, fieles a sus costumbres, optaron por no decir ni pío. En Santa Bárbara hicimos la colada, un poco de piscina, un poco de playa, un poco de tiempo y un poco de nada. Y en Santa Mónica pagamos el parking del pier y la novatada.

Y por las noches, para dormir, disfrutando de los clásicos moteles de carretera, con sus toallas de baño que no secan sino desollan, con su rollo (uno) de papel higiénico unicapa, es decir, transparente, o translúcido, o como se diga, vamos, que permite pasar la carne a través, con sus drogadictos de parking pidiéndote tabaco y con sus dicharacheras dueñas de motel, o conserjes, donde la conversación tipo nada más llegar es algo así como:

(Nosotros)   ¡Hola, muy buenas tardes!

(Motelera)   La tarjeta de crédito.

(Nosotros)   ¿Ha visto usted qué buen tiempo hace? ¡Qué bonito lugar este!

(Motelera)   Prohibido fumar en la habitación.

(Nosotros)   ¡Muy amable, que tenga usted un día maravilloso!

(Motelera)   Check out a las 11:00.

 

Los Ángeles  (1 día)

Y menos mal que decidimos saltarnos Los Ángeles, porque parece muy muy grande. ¿En extensión? Enorme. ¿Buena pinta? Uff.. casi que no mucha, así que si hay que reducirse a lo mínimo, demos una vuelta por Hollywood al menos, Y eso hicimos, entramos a la ciudad conduciendo por Mulholland Drive, nos hicimos un selfie desde lejos con las famosas letras en las colinas al fondo, bajamos a dar un paseo por el walk of fame donde cada dos baldosas hay una estrella con el nombre de algún celebrity (y vale todo, desde cine a música pasando por television, y donde entran todos, incluido Nicholas Cage y Luis Cobos). Es sólo en el patio del teatro chino donde están los cementos con las huellas de las manos y los pies, algunos antiguos, algunos más modernos, incluyendo las suelas de Tarantino donde se lee „paz y prosperidad para la humanidad“ ¿o quizá era „fuck you“?, no me acuerdo muy bien, en fin, una de esas dos cosas.

Una hora de coche por la ciudad y casi sin atasco para llegar hasta el airbnb, y a reponer fuerzas que al día siguiente empieza la aventura de los parques nacionales. Oh, ducha larga y cuarto de baño propio, oh, pequeños placeres cotidianos.

 

USA – San Francisco

Entre las dos costas de los iueséi hay tres horas de diferencia en el huso horario, siete de vuelo y una en el control de seguridad del aeropuerto para descartar cualquier resto de explosivos en todas y cada una de las nueve cajas de pastillas necesarias para limpiar el protector bucal que uso por las noches para roncar menos y que transporto en el fondo de la mochila bajo, en orden ascendente, el dicho protector bucal, su repuesto, el pijama, el bañador, los pantalones del chándal, la gorra de los Red Sox, los cables, los adaptadores, los enchufes, el neceser, el portátil, las pantuflas y la maña para poder cerrar de nuevo la cremallera.

 

San Francisco (10 días)

Muy chulo San Francisco y muy chulo el airbnb, tanto que dicidimos quedarnos tres días más de los previstos inicialmente. Y también porque entre unos catarros y otros nos vino muy bien descansar un par de días viendo pelis y jugando con los perros de Blu, nuestra casera. El barrio, la Misión, tiene sabor centroamericano, agradables paseos, coloridos murales y buena combinación de autobuses, llegando a cualquier sitio en menos de una hora, excepto cuando aciertas la línea pero no el sentido y te ves perdido en el extrarradio con moderada incredulidad y tu acompañante con evidente rebote. Si queríamos visitar el museo que hay en el Golden Gate (parque) porque los lunes son gratis, casi que llegamos un pelín cuando ya estaba chapado, y ni siquiera el deslumbrante paseo por los fabulosos jardines que conforman este vergel en pleno corazón de la urbe contribuyó a mejorar el ánimo, quizá debido en parte a la poca visivilidad inherente a ser noche cerrada, con rasca y poco abrigo.

Caminar el Golden Gate (puente) de un lado al otro son 35 minutos, a prudencial distancia de la barandilla, hormigueo en el estómago y paso vivo, porque para alguien vanagloriado de no tener mucho vértigo, acojona. Según la guía de viajes es el puente más fotografiado del mundo, y yo no iba a ser menos, como se comprueba en el número de fotos cuasiidénticas más abajo. Vale, que sí, vistas espectaculares y tal. De corbata.

Una vuelta por lo que se considera el centro de la ciudad deja mendigos en la retina (tirados en el suelo, hablando solos o empujando carritos de supermercado llenos de cartones y pertenencias), aviones militares en el tímpano (de maniobras, de espéctaculo, o simplemente tocando los huevos), marihuana en las fosas nasales (legalizada en California, que al fumador de tabaco cada vez se le ve con peor ojo) y, una vez bajados del pintoresco cable car que tan turístico como abarrotado remonta las primeras cuestas, agujetas en los isquiotibiales de patear las siguientes (¿Toledo? aficionados). Visitado Japantown, tras la cima del Tourmalet, y alcanzado Chinatown tras coronar el Angliru, llegamos a las curvas infernales de Lombard St., obviamente el Alpe d’Huez, y desde aquí mi respeto a los autobuseros y a lo que sería perenne procesión de embragues quemados de no ser automáticas las cajas de cambios.

El ambiente de la ciudad mola, relajado, abierto, colorido, amable, mixto, artístico, progre. Para preparar la visita a El Castro, el Chueca de San Francisco, la noche anterior nos vimos la peli de Milk, sobre la primera persona abiertamente gay en conseguir un cargo político oficial en los Estados Unidos siendo asesinado poco después por su osadía, e insuflados de su espíritu activista, justo y combativo nos hicimos unos selfies en su plaza memorial, entramos de gratis en el museo LGBT y compramos un imán para la nevera en el local donde el bueno de Harvey Milk inició su revolución, ahora tienda de souvenirs. ¡A la burguesía, guillotina, camaradas!

Por cierto, muy recomendable la visita a la isla de Alcatraz y a las instalaciones del famoso presidio. Con una audioguía que está muy bien lograda, antiguos carceleros y presos te meten en las celdas, narándote motines en el comedero e intentos de fuga, pero lo que no te explican es cómo es posible que no acabara dentro Nicholas Cage, que bien todos sabemos que el tipo ha hecho sus méritos para eso y más.

Acabamos la visita a esta ciudad tan vibrante y colorida, con pena de marchar e inspirados por Blu nuestra casera, okupa viajera en su mocedad y profesora de arte a tiempo parcial en la actualidad, visitando de nuevo el Golden Gate (parque) esta vez de día y con festival de conciertos al aire libre, mención especial a las lagrimillas contenidas de Vanessa escuchando el folk reivindicativo de Brandi Carlisle y un paseo anticipo hasta lo que será nuestra siguiente etapa en el viaje: el océano pacífico versión California.

 

USA – Boston

Noam Chomsky es professor en el MIT y Larry Bird consiguió elevar el concepto bigote a la cima de la expresión facial, razones en sí mismas más que suficientes para avalar una visita rápida a los orígenes del Tea Party. Como modélicos irlandeses que nunca seremos, había llegado la hora de encomendarnos a San Batracio, cargar en el Spotify una lista de reproducción de Simple Minds y bebernos antes de salir una pinta de Mahou negra en la estación de autobuses. ¡Salud!

 

Boston – dos días

En las casi 7 horas que duró el trayecto me vi tres prescindibles películas, no las del bus porque el wifi estaba roto, así que eché mano del portátil-convertible-a-tablet que nos habíamos agenciado para el viaje: una de miedo, una de risa y una de pena, esta última valiendo la redundancia, y Vanessa leía, dormía y volvía a leer. Sobre el aire acondicionado nada que objetar. Sobre la organización de los autobuses en el punto de recogida, con muchas ganas de llegar a un país decente, por ejemplo Nicaragua o Colombia, y poder por fin abordar un transporte con paz y tranquilidad. Esta vez no hubo vecinos o caseros en el estudio, y entre pros y contras, se agradeció tras largas jornadas cierta autonomía. Nos habían comentado que Boston quizás fuera algo elitista, y los precios de los airbnb no ayudaban a desmentir tan merecida fama, de modo que hubo acopio de galletas y pan bimbo en el súper para celebrar tan merecida independencia. Y un paseo por el parque, tan bucólico que los parroquianos alimentan mano en boca a las miriadas de ardillas que por allí campan a sus anchas para poder contagiarse de algo exótico y después vacilar de hipsters. Y un descanso en un banco del río Charles (no confundir con Charls), tan idílico que los runners, y runners, y más runners, no cortan la ribera sino vuelan. Y una visita al bar de Cheers, tan auténtico que hay que cruzar la tienda de regalos para poder llegar al baño (y con una cerveza tan pésima que por fin te explicas por qué NormCliff se pasaban el capítulo entero con el mismo vaso). Y un partido de béisbol, deporte tan aburrido que ya se ha merecido dicho adjetivo en dos de los tres posts USA que hay hasta el momento en este blog. No me extraña en absoluto que mientras se juega (porque no existe lo que se dice un descanso propiamente dicho entre tiempos, o cuartos, o sets) haya más gente en las colas de los perritos calientes que sentados en las gradas. Y es que, pese a llevar todo el rato puestas las gorras de los Red Sox (excepto al principio durante el momento himno en pie, no sea que nos increpen por ácratas), luego estos van y pierden. ¡Y ahora que hacemos con las dichosas gorritas cuando nos movamos por otras ciudades otros hooligans tiro al blanco! Porque será por el piso en el centro, por la gentrificación (signo de comillas con los dedos de ambas manos), por la proximidad de Harvard, o por los impuestos que se niega a pagar google, el caso es que vimos menos homeless y más caucasianos (nuevamente comillas y dedos) que en las otras dos ciudades anteriores. Doble cero power, y a buen entendedor. ¡Arriba el Celta!

 

USA – Filadelfia

Dicen por ahí que hay vida más allá de Nueva York, si no no se explicaría el resultado de las últimas presidenciales. Y aunque hubiera apetecido quedarse más tiempo observando a la gente hacer footing, a ver cómo se hace ahora para empaquetar una toalla extra en la mochila.

 

Philadelphia – 2 días y medio

Adrian, el ojo del tigre y queso de untar. El bus que nos lleva es rápido, la mitad del depósito de gasoil se utiliza para alimentar el aire acondicionado y nos plantamos en Philly en dos estornudos. Nos toca una habitación muy grande en el piso de arriba de una galería de arte, con los artistas, ella amante de los gatos y él echando pestes de Hugo Chávez, viviendo y trabajando abajo. El patio con jardín hubiera sido un magnífico espacio de meditación y asueto de no ser por el ejército de mosquitos antidisturbios que, sin cuartel, no parecían diferenciar entre antebrazo desnudo o pantorrilla en vaquero. En la estatua de Rocky las fotos las hace una sintecho por la voluntad, y mogollón de peña sube corriendo las escaleras para una vez arriba, saltar, levantar los brazos, recuperar el aliento, y echarse más fotos. La ciudad vieja está llena de museos y referencias a la declaración de la independencia que, a diferencia de otros estados más democráticos, allí sí se respeta y se celebra. Entre unas y otras enmiendas no entramos en ninguno, y paseamos frente al río Delaware con gofre y batido-engrudo de chocolate en mano, que si hay que pagar por entrar, mejor unos jardines mágicos que revitalizan un barrio deprimido o un concierto múltiple con bandas locales (Philadelphia es famosa por su escena musical) donde sustraer de estrangis un donut a la entrada. Por cierto, en este último te regalaban botellas de agua al salir y te cortaban el pelo gratis si eras chico y tenías Instagram (por razones que no vienen al caso, ninguno de los dos cumplimos los requisitos). ¡Ah, se me olvidaba! También nos hicimos un análisis de ADN. ¿Por qué? Pues porque era gratis.

 

USA – Nueva York

Iueséi! iueséi! Es el grito de guerra (nunca mejor dicho – ejem) de los enfervorecidos aficionados estadounidenses que, blandiendo guantes gigantes, palitroques sonoros llenos de aire, gorros tío Sam, perritos calientes y una caja king size de pollo frito con patatas, apoyan incansables a su selección mientras disputa el cetro mundial de cualquiera de sus deportes franquicia a cualquier otro ínfimo país. Bueno, descartemos el fútbol que ya se sabe que ahí no pintan nada. Descartemos también el otro fútbol, que ese sólo lo juegan entre ellos. Y descartemos el béisbol, que después de ir a ver un partido en vivo al estadio de los líderes de este año (los Red Sox de Boston) todos los clichés de arriba son ciertos excepto lo de animar, gritar y berrear, que o bien todas las aficiones de los equipos famosos son mudas (véase el Fly Emirates Santiago Bernabéu) o bien el béisbol es el deporte más aburrido desde la invención del curling sobre hierba. O las dos cosas.

Kilómetro Cero del imperio, cuna de la cultura occidental y marcador de tendencias, ¿son los Estados Unidos de América como nos cuentan las películas, las series y la televisión?, ¿son los Estados Unidos de América, América? o dicho de otro modo, ¿son los Estados Unidos de América, Unidos? ¿y Estados? y dependiendo de esto último ¿en qué estado queda Cataluña? En fin, que había que verlo para contarlo. La historia empieza una veraniega mañana en el santuario espiritual de Wall Street..

(Disclaimer 1: el 15 de Septiembre AÚN es verano. Fuente: Wikipedia)

 

(Disclaimer 2: el vuelo a Nueva York hizo escala en Lisboa)

 

NUEVA YORK – 1 semana

Brooklyn muy muy muy molón, barrio latino con cafeterías hipster y lavanderías cada diez pasos. Caótico servicio de recogida de equipajes en el aeropuerto, y no llegan las mochilas hasta un día después con lo que hay que agenciarse de urgencia un pack de supervivencia-ropa interior-toalla. Metro cercano con buena combinación a Manhattan (que es lo que yo pensaba, de las pelis, que era Nueva York). Ojo no te montes en el primer tren que pase que si es express te saltas la parada. La habitación del airbnb huele a pies, hay cristales rotos debajo de la cama y tenemos un baño casi para nosotros solos. El tipo de la casa, nos esperábamos un interesante madurito green peace y resulta un rastasurfero venido a menos, nos está alquilando su propia habitación mientras los primeros días duerme (supuestamente) en casa de su novia y los últimos dos en el sofá de arriba (supuestamente ex-novia pues). Los otros inquilinos son a) un indio americano (no confundir con americano indio, es decir, que este es de la india india), maestro dominador de bachata, merengue y, en menor medida, salsa, que se está mudando a Canadá, tierra prometida con su seguridad social y su educación gratis, y con el que compartimos conversaciones, chalupas, vino de Transilvania y whisky de trébol; b) una lituana holandesa sobre-guai, sobre-trendy, y sobre-todo ignorable; y c) un tipo que aparece o desaparece sin orden ni concierto, por lo que no se sabe no se contesta. Los edificios muy altos, el tiempo muy bueno, Chinatown con sus chinos, Little Italy en fiestas (las de San Genaro), la estatua de la libertad en su sitio, mercadote (no confundir con mercadillo) en Hell’s Kitchen, gran paseo hasta el Soho (no confundir con Sojo), frugales desayunos veganos, algo de street art y, los espontáneos, ora en el metro haciendo malabares con gorras y vampiradas break dance dentro de los vagones, ora dando conciertos con cubos de plástico en las estaciones transbordo. Muchas luces en Broadway y mucha suerte con la función, que estuvo guay (gracias Noemi por la recomendación). Buena música pese al espíritu saca-cuartos del garito de jazz. Está prohibido fumar en Central Park y sí, sacrilegio, nos fuimos sin probar un hot dog del típico puesto callejero. Viendo cuánto nos soplaron por un helado y un batido en una camioneta donde el Rockefeller center, como que ya no hubo más huevos. ¡Viva Brooklyn, gringos!

 

Calentando motores

Si se hace un viaje, hay que empezar por las raíces.

 

Madrid (y alrededores)

Kilómetro cero. La Elipa. Familia y amigos. Tortilla de patatas.

 

Levante road trip

Playa. Sol. Familia y amigos. Paella y berenjenas rebozadas.

 

Un poquito de Zürich (y alrededores)..

Vanessa. Dos bodas. Familia y amigos. Mudanza y pizza.

 

.. y dos mochilas