Nicaragua

La primera vez que fui a Nicaragua, Ruggeri vivía en un campamento en los arrabales, y lo mismo se cavaban a mano fosas sépticas para las casas de los vecinos como se arrastraban piedras para tapar las zanjas abiertas por la lluvia en la carretera. Mosquiteras hechas de agujeros cubrían unas literas cuyas sábanas sudaban varias hornadas de voluntarios, la ducha era un hilillo de agua en un remolino de insectos y se necesitaba tener cocacola a mano para poder reanimar a la próxima víctima de un alacrán. A Oscarito se le veía calvo y contento.

La segunda vez que fui a Nicaragua, Ruggeri vivía en una casa alquilada de techo cerrado con patio interior abierto, y lo mismo había que conducir hasta un cementerio de camiones a por un cigüeñal que perseguir de incógnito una carga de cuero para descubrir a dónde desviaba el conductor su mordida. Los zancudos poblaban la noche pese al ventilador del techo del dormitorio, la ducha si no madrugabas era una botella de cocacola de 2 litros y medio y alguna vez hubo que montar guardia en la cocina, escoba en mano, para intentar dar caza a esos malditos roedores. A Don Óscar se le veía calvo y contento.

Esta es la tercera vez que voy a Nicaragua, y Ruggeri se ha construido su propia casa, con portero en la finca, vecino gringo, agua caliente, despacho, habitación de invitados con baño propio, piscina comunitaria y dos limoneros en el jardín, uno de ellos más fructífero que el otro. Un maleducado perro guardián araña la pintura de su carro, y un resabiado gato vecino se cuela en la casa para gorronear comida. El día se desliza cálido y suave. Para la fresca, mecedoras en el porche, y para la siesta, telepepé internacional. Y como a mí se me ve calvo, el Comandante tan contento.

 

Nicaragua (17 días)

Si al llegar a la frontera de Nicaragua te hacen bajar del bus con todo el equipaje, en pleno sol y rodeado por soldados, carteles de socialismo cristiano, vendedores ambulantes y una viejita errante que se bebe de un trago tu gaseosa, pues al menos que te lo chequeen, que no sirven de nada los dos formularios a rellenar y la hora larga de cola si cuando pasa la maleta por los rayos x la agente de aduanas está de plática con su coleguita, mirando cualquier cosa excepto hacia la pantalla del escáner. Si lo llego a saber me hubiera ahorrado la ingesta de cuatro putos clippers para evitar su incautamiento interfronterizo. En fin, al menos salieron después rellenos de gas.

Gran bienvenida por parte de Óscar y Patricia, Kiko y Cholo, que hacen todo lo que está en sus manos para que nos sintamos como en casa. Y nos hemos sentido como en casa: levantándonos a las tantas, bebiendo a morro la leche de la nevera, dejando la cama sin hacer, tirando la ropa interior por el suelo, convirtiendo el porche en zona de fumadores, comunicándonos a eructos y, de vez en cuando, llegando de farra a las tantas encendiendo luces, dando portazos y pisando al gato.

Se agradece, y mucho, tener piscina en la colonia, especialmente los días en los que, conmigo de pareja, Ruggeri pierde al pádel contra los catalanes, y se agradece, y mucho, tener un baño en la habitación, especialmente el día en que la pizza de anoche en la gasolinera contiene extra de diarrea.

Nada más llegar celebramos el cumpleaños de Patricia dándole palos a Radek Bejbl, y como no pudimos regalarle la victoria del Atleti en el derbi sino sólo un empate, vaciamos de estrangis una botella de ron que era de alguien y se dio cuenta, Óscar mandó traer todas las telepizzas del menú y yo saqué a bailar a Vanessa durante toda una bachata, o casi. Para qué trasnochar, si es bien sabido que la vida en Nicaragua amanece a las cinco, o para qué descansar, si es bien sabido que Ruggeri procastina todas las transacciones de trabajo donde se necesita coche para luego encasquetarle a cada visitante el papel de un chófer, un amigo, un esclavo, un siervo.

Tras visita nocturna al volcán Masaya, Vanessa y yo nos embarcamos unos días a Ometepe, isla con dos volcanes dentro del lago más grande de Centroamérica, y nada más llegar pensamos que la mejor idea para recorrer la isla sería alquilar una vespino, ¿habéis conducido alguna vez una moto? nos pregunta el chaval del mostrador con cara de sospecha, sí cómo no, contestamos mientras buscamos el pedal del embrague, anda deja que os explique cómo funciona y dais una vuelta hasta la esquina para que vea cómo os manejáis, nos dice el chaval santiguándose, de modo que tras casi atropellar a tres alemanes en la ronda de calificación salimos intrépidos y motorizados hacia nuestro hostal al otro lado de la isla mientras oímos al chaval gritar a nuestra espalda buena suerte en lugar de buen viaje. No le volveríamos a ver hasta el último día cuando nos tocó devolver la moto previo apoquine de 30 pavos para, según ellos, reparar unos arañacitos de nada en la pintura de un costado, y eso pese a la estrategia de enfundarme un jersey de manga larga en pleno sol para que no cantaran mucho los raspones que me hice en el codo en la única caída que tuvimos. Entre medias, kilómetros largos de carrepiedras, idílicas puestas de sol a la ribera del lago envueltos en una galaxia de luciérnagas, bañitos en piscina volcánica de aguas curativas como mercromina para el brazo, una competición de kayak a ver quien es más rápido entre nuestro guía y el de unos franceses (por supuesto, ganaron ellos) y la tremenda ascensión a pleno sol entre piedras, ríos, serpientes e italianos hasta llegar a una pintoresca cascada. Per cherto, a estos últimos, Vanessa se ofreció a sacarles su foto triunfal de grupo y, una vez cuadrados en pose, les soltamos un “digan mundiaaaaal” que ninguno salió sonriendo.

Huyendo del calor, el finde siguiente nos fuimos junto a Pato y Ruggeri a visitar unas peñas en el norte, durmiendo en un eco-resort que elegimos precisamente porque confirmaron que había duchas con agua caliente y ni tres segundos tardó el recepcionista cuando llegamos (el avispáo, también conocido como el pocasangre o el luces) en comunicarnos que en aquel sitio jamás habían funcionado los termos. Bueno, pues sin ducharnos, qué importa que hayamos planeado dos caminatas de dificultad media, media-alta en los días sucesivos si total, la puerta del baño no cierra y se abre sola, las habitaciones están comunicadas sin paredes y el olor a choto entra en el fondo común. Además, para aguas mayores es mejor ir a los aseos ecológicos comunitarios porque no existe la pared de enfrente y lo que tienes delante de ti es la selva. Para qué llevarse el periódico a cagar si el tiempo lo pasas vigilando que no te entre ningún bicho. Contra toda lógica, nunca vi que hubiera cola en ese baño.

Conocimos a Fernando y Ángeles, y la mesita en el Kedeké se convirtió en butaca de tertulia, animado salón, hambre de aventuras e inspiración de formas y maneras, exigir lo que es justo y cómo hacer chocolate casero, ni lo olvidamos ni lo perdonamos. Conocimos a Ricardo e Franco, i amici irreconchiliabili, revoluchionario il uno, café sandinista y pizza aldente, librepensatore il otro, líbero, filósofo y poeta. Conocimos, entre otros, a Winston (y su conciencia), a William (y su inteligencia), a Jasser (y su resistencia), a Cholo (y su impertinencia), a los zancudos (y su virulencia), a Ramón y Pedro (y su independencia), al francés y la chilena (y su futura descendencia), al chulo de Boris (y su suficiencia), al guía de Peñas Blancas (y su elocuencia), al bar del alemán (y su nutrida concurrencia) y al embajador de España (sólo por la rima, pues su excelencia). Y saludamos, entre otros, a viejos amigos y conocidos, salud inberencial querido Álvaro, no le llaméis oveja que os veo, gemelos, gracias por todo, Gladys, mucha salud Hugo y a tu esposa también. René, te saludo ahora.

Como veis, los días en Nicaragua pasaron a la velocidad de las vacaciones donde se tiene la sensación de no haber hecho nada y haberlo hecho todo, de haber descansado sin dejar de moverse, de recién haber llegado y tener ya que irse.

Muchas gracias por todo, Patricia y Óscar. Volverem.

 

P.D.: Ojito Ruggi, que sabemos que en el fondo eres de izquierdas..

 

 

 

 

 

Costa Rica (y Panamá)

Está bien saber que para salir de los Iueséi existen dos filas, una normal para simples mortales (mindundis en su idioma ), y otra privilegiada para militares donde no existe la obligación de tener que quitarse uno los zapatos, ni la chaqueta, ni el cinturón, ni sacar el ordenador de la mochila. Lógico. Puestos a asegurarnos de que nadie sea capaz de montar una bomba en el avión a partir de elementos cotidianos, dejemos sin controlar precisamente a aquellos que lo tuvieron que aprender en West Point.

Panamá (4 horas)

La escala entre los vuelos es lo suficientemente larga como para visitar todas las puertas de embarque del aeropuerto de Panamá City y darse uno cuenta de que por más pasillos que se recorran, no existe pecera de fumadores ni cafetería con terraza al aire libre, por lo que nos dirigimos a la salida con nuestros equipajes de mano, rellenamos una tarjeta de aduanas, recibimos un sello en el pasaporte y salimos al aparcamiento donde una ola de calor húmedo nos aclimata a Centroamérica de un buen hostiazo. De vuelta al sobredimensionado aire acondicionado de la terminal, tenemos que pasar nuevamente el control de seguridad y ¡ay amigo! pase usted comida, pase usted líquidos, pase usted si quiere un marine con el ordenador escondido en la chaqueta conectado por el cinturón a la suela de su zapato, pero no se le ocurra nunca, nunca jamás, intentar pasar un mechero.

Costa Rica (6 días)

Tres mecheros menos, llegamos a San José donde nos esperan dos horas de cola en inmigración y un taxista aburrido de esperar que nos traslada al hostal por un sobreprecio. Pura vida. La ciudad tiene buena pinta y malos olores. Camino al restaurante nos aborda un chico que nos pide un cigarrillo, luego algo de dinero que no le damos, y ensalza a los españoles frente a los gringos mientras demuestra dificultades para entender la diferencia entre el concepto Cataluña y el concepto F.C. Barcelona. No le culpo.

El día siguiente es domingo, y lo pasamos entero, o esa es la sensación, en dos estaciones de autobuses intentando averiguar cuál es la mejor forma que tiene un turista para llegar por tierra a Nicaragua. Tras regatear sin éxito el precio de unas sandalias, las compramos y tras esquivar al vendedor de veneno para matar ratoooneees, cucaraaaachaaas, buscamos infructuosamente un buen garito donde nos den de cenar a estas horas. Horreur, el único sitio abierto cerca del hostal es un local de letrero El Típico donde los camareros visten autóctono, la decoración incluye una fuente-cascada y la carta de vinos es más elocuente que la de los platos. Los precios obviamente a la altura, incluyendo un extra por terremoto de 6.4 para que la experiencia sea inolvidablemente auténtica. La secuencia es como sigue.. las paredes se empiezan a mover y pienso, será el metro que pasa por debajo, la mesa se ondulea como un boli bic cuando lo mueves rápido y piensa Vanessa, vaya racha de viento fuerte, las copas colgadas del techo hacen el barco pirata tintineando, y pensamos los dos, ¿por qué están corriendo los camareros despavoridos hacia la calle al grito de extranjero el último? y justo cuando se puede leer en nuestros ojos la comprensión de lo que está ocurriendo, ya ha acabado todo, los turistas milagrosamente a salvo, inmóviles en nuestras mesas bajo unos ventanales intactos y muy, muy grandes, los valientes camareros retornando de la calle en espera de propina por su heroico comportamiento con los comensales, las copas del techo aún moviéndose por la inercia, y nosotros haciéndonos un selfie con los maniquíes folclóricos de la entrada. Pura vida.

Con el bus de la mañana llegamos hasta Liberia, elegida como base por su cercanía a la frontera. El hostal resulta incómodo y carcelario, y el mesero nos intenta vender como sea una excursión al parque natural, a la cascada o a la playa, por lo que en una de las escasas veces que descuidan la puerta conseguimos fugarnos y damos una vuelta por el pueblo. Pura vida. Da para comprar algo de ropa de segunda mano, tomar un par de cervezas Imperial Silver, refrescarnos con un poco de lluvia en buen momento y preguntarnos por qué instalarán cervatinas en las escuelas y en los parques infantiles. Tolerancia cero a las pellas, pensamos.

El aeropuerto de San José está en Alajuela, del mismo modo que el de Madrid está en Adolfo Suárez, y junto con el de Panamá nos funcionará de intercambiador entre países y de implacable sumidero de mecheros; de tanto llegar, el wifi del móvil se conecta solo, los de inmigración nos tutean y los vampiros vendedores de taxis a la salida por fin nos ignoran. Puesto que las estancias en Alajuela son de un día, elegimos un hotel con piscina para no usarla, internet potente que se gripa cada diez minutos y agua caliente que sale fría. Para pasar el rato comemos donde Vicky que nos recomienda encarecidamente una excursión que no hacemos, visitamos al médico por unas décimas que no van a más, y deambulamos por la oficina de correos donde obviamente no venden cajas de cartón, así que tenemos que improvisar un paquete acudiendo al chino de enfrente y teniendo que convencer a tres señores distintos de que si nos llevamos esa caja vacía que tienen en la basura no les estamos robando sino haciendo un favor, si se empeñan a ellos no, pero al medio ambiente por lo menos. Pura vida. El sistema de hacer cola en correos es digno de mención, con cuatro hileras de asientos con gente sentada esperando su turno y una fila en pie detrás, de modo que cuando atienden al siguiente y el primer asiento se queda libre, se produce una reacción en cadena que hace que todo el mundo se levante de su asiento y se desplace al de al lado ganando así un puesto, adjudicándose entonces el último asiento libre al primero de la cola de detrás; y así sucesivamente.

Por cierto, dato futbolero, Keylor Navas es el héroe nacional de únicamente la mitad de la población, en concreto, de los hinchas del Saprissa, y es un hecho que las críticas del Bernabéu le caen exclusivamente por racismo. Que Diego López lo haría mejor no se contempla.

Costa Rica, caga y critica.

 

 

 

USA – Nueva Orleans

 

Iueséi sólo tiene tres ciudades, Nueva York, San Francisco y Nueva Orleans; todo lo demás es Cleveland”.

La cita no es mía, es de Tennesse Williams según una camiseta que no llegamos a comprar en la tienda de souvenirs. Y tampoco es suya, pues para documentarme y publicar este post me he leído sus obras completas y en ninguna aparece la frase. Fui a la capilla donde nació, visité su casa-museo, entrevisté a los herederos, adquirí en subasta los manuscritos apócrifos, y ni una sola mención. Si no se tomó la molestia de gravarlo en su epitafio, como para haberse currado una camiseta. “Hay un tiempo para marcharse, incluso cuando no hay un lugar concreto a donde ir”, vale, esa sí. “La suerte es creer que se tiene suerte”, correcto. Pero vamos, ¿una triste camiseta? ¿slim fit y con cuello de pico? Eso tiene menos credibilidad que la foto de Carme Forcadell jurando bandera en la mili.

 

Nueva Orleans  (una semana)

Un risueño iraquí con acento ozores black power nos condujo al airbnb y nos encantó al instante. Según Lissie, su dueña, la casa más antigua de la calle y casi casi de todo Marigny, barrio negro de estilo colonial cercano al French Quarter. Vecinos sentados de cháchara a las puertas de las casas, un chavalín paseando en bicicleta con una rueda pinchada, preguntándonos si tenemos una bomba de inflar, y con quien te cruzas en la calle te saluda y te pregunta qué tal estás. Como llegamos casi de noche decidimos quedarnos en casa aunque, o precisamente porque, era sábado, y para solucionar la cena hicimos una expedición a la zona de las gasolineras, debajo del puente de la autopista, eligiendo un take away concurridísimo de los de mendigo pedigüeño, carta ambigua, arroz a saco y coreano en mostrador, este último detrás de una mampara de vidrio anti-robo de pared entera, micrófono en boca y dicción de Jorge Sanz. Eso más que un comida rápida parecía un bingo.

La calle más típica del barrio francés fue decepcionante y la atmósfera, entre garitos de 3×1, buscavidas de tarjetas, tiendas horteras, bailarines callejeros y locales de striptease nos recordó un poco, salvando las distancias, a las Vegas, y encima estaba en obras. Mejor pasear de día por las calles aledañas y entonces sí, ya se ve parte de la magia prometida, las paredes de colores, los balcones floridos y las candelas encendidas. Mucha gente te pide dinero, mucha gente durmiendo en el suelo. Entramos en un sitio al azar, pedimos dos cocacolas y nos sentamos en el banco de afuera a ver pasar a la gente, sin pretenderlo habíamos dado con el bar más antiguo de Nueva Orleans, de modo que todos los carruajes llevando turistas hacían parada delante nuestro, incluyendo la gracieta de conducir el caballo disfrazado de unicornio, pezuñas fucsia, a la barra del bar como si quisiera pedirse un trago. Se te cae el pelo de la impresión.

En la plaza, videntes echando cartas y pronosticando perogrullerías por la voluntad, y en el templo espiritual del voodoo, una madame te da conversación inocente y te enseña su santuario (si le has caído bien) mientras notas cómo se te hiela el espinazo cuando sus ojos te escrutan taladrándote el alma. Habelas hainas.

Y en la calle, música, el viejito tocando el saxo delante del café, el grupo de jóvenes mixtos con bombos y vientos en las esquinas, el rapper rimando freestyle sobre la camiseta de Mafalda de Vanessa y la chica, tremenda voz y gafas de espejos con forma de corazón versionando a Adelle. También una calle donde los bares se especializan en bolos de jazz con un mercadillo de artistas y tenderetes. Y despidiendo la semana, y el país, un homenaje con visita a un coqueto local de vino y queso en el que tras hacer 20 minutos de cola sin entrar rodeados de pijos, corbatas y optimistas trayendo a su cita, fuimos al chino más cercano, compramos una botella para llevar (envuelta en papel opaco como en las películas), y brindamos en chanclas en casa por la tierra de las oportunidades, los excesos y los contrastes.

La fiesta que se improvisó un día en casa junto a la casera, disfraces de mardi gras incluídos, la contaremos en otra ocasión, que hay niños (y madres) delante.

Un placer conocerle, señor Obama, nos vemos en las colonias.

 

 

USA – Nashville, Memphis y el Mississippi

 

De nuevo un aeropuerto, una conexión que se retrasa y temer que no lleguen las mochilas a destino, pero esta vez las hadas aeroportuarias son benignas y nos reciben con música country en directo y el típico frío sureño. Sin querer meternos en política, lo que más tememos es encontrarnos a Patrick Swayze y tener que correr delante de los grises.

 

Nashville  (tres días)

Una chulada el airbnb, gominolas en la cama, palomitas en el armario, cervezas en la nevera, música en la radio, una ducha bien caliente, un take away de pollo frito al lado y el apartamento todo para nosotros, perfectos ingredientes para recobrar la salud mental y el tono físico tras el vegas crucis. El día que salió el sol nos atrevimos a pasear por Broadway St., epicentro del turisteo, y lo que llama la atención es que cada bar donde pasamos por delante tiene montado un concierto, en plan solo o en plan grupo, tocando en directo a cambio de propinas. También en los bares donde estuvimos dentro (ejem). Para quien no lo supiera, o sea yo, Nashville es la cuna de la música country, o sea, viola, banjo, steel guitar, voz nasal desgarrada alargando los mississippiiiis, botas, espuelas y sombrero. Mención especial al museo de Johnny Cash, de donde al salir, y durante la siguiente hora y media, no se puede tararear otra cosa distinta a “because you’re mine, I walk the line”. La tenían puesta en loop en todas las salas.

 

Memphis  (dos días)

Alquilamos un coche y llegamos justo a tiempo de ser invitados a una fiesta de Halloween, de las de chavales haciendo ronda de truco o trato mientras los de las casas intentan asustarles. Nos prestaron rápidamente unos disfraces, Vanessa de bruja buena malvada, y yo de payaso cabrón. Hice tándem con el hijo de María (la anfitriona de la fiesta) que, vestido de camuflaje de hierba y tumbado en la oscuridad del jardín que apenas se le veía, daba singular bienvenida en brinco y gruñido a los grupos de niños que se acercaban, y ahuyentaba más o menos a la mitad. Los que seguían quedaban a merced de Pennywise y de la voz de nuestro casero y su imitación de madre de Anthony Perkins. ¿Rancio? Lo que quieras, pero qué divertido saltar amenazante de las sombras y que niños super pequeños salgan corriendo, cagados de miedo, con ataque de ansiedad y coulrofobia (miedo irracional a los payasos) de por vida. Uno de los sobrinos de María no quiso entrar en la casa en toda la noche mientras yo estuviera dentro, incluso sin careta, lo que ahora que lo pienso..

El día siguiente paseamos por Beale St., que es el mismo concepto que la calle de los bares de música de Nashville, pero con blues en vez de country. Y entramos a ver a Marc Gasol liderar a su equipo pese a que los Grizzlies perdieran por dos después de fallar los últimos tres intentos de canasta con opción a victoria. Se coreó el “dii-fens” en el último cuarto y sorprendió ver que el estadio no se llenó del todo pero, bueno, es el principio de la temporada.

También visitamos el Museo de Derechos Civiles, muy bien montado, y aprendimos sobre la importación, esclavización, segregación y lucha por la igualdad de la población negra en los Iueséi. Se te queda un poco de malestar en el estómago, especialmente al visitar la habitación del motel donde asesinaron a Martin Luther King, y atisbar por vídeos y testimonios el palo que representó para la comunidad afroamericana y el daño que supuso para su causa. I am a man!
Y terminamos con una visita a unos históricos estudios de grabación, Stax, convertido en museo de música soul, moviendo los pies, moviendo las caderas, y saliendo, cómo no, a través de la tienda de regalos.

De Elvis, ni hablamos.

Rumbo a Nueva Orleans  (dos días)

Siguiendo el trazo del Mississippi, es bastante ancho este río, vimos plantaciones de algodón, nos cruzamos con patrullas de carretera, sufrimos un ataque de insectos mientras paseamos a la rivera del río (no pasa literalmente medio segundo entre decir Vanessa lo que me sorprende es que no hay mosquitos, y vernos cubiertos al instante, ropa, pelo, todo, de mariquitas voladoras), comimos en un garito de Morgan Freeman, tomamos rapidito una coca-cola en un bar de atmósfera inquietante, nos colamos en un parque museo de una batalla con derrota confederada, vimos los restos del primer barco hundido con una mina, dormimos en moteles baratos y derramamos mogollón de mantequilla por los bordes de la máquina de gofres ante la gélida mirada del recepcionista.

Uff, ya sólo nos queda una semana en este país.

 

USA – Las Vegas

 

Y como brillante colofón, el parque nacional de Las Vegas donde en vez de rocas abunda el cartón-piedra. Oda a lo hortera, soneto al exceso, elegía al juego, redondilla de lo estridente. Luces y neones, reclamos, tarjetas, flyers, compra, bebe, entra, juega, come, paga, haz, pantallas en movimiento, sonidos que no cesan, gente de arriba a abajo, tiendas todas las horas, repartidores de striptease, hombres-anuncio, estudiantes en bikini vendiéndose a la foto, espectáculos, conciertos, marihuana, alcohol, hamburguesas, camareros, taxistas, croupiers, trileros, mendigos tumbados en el suelo, tragaperras en el aeropuerto, alquien quiere venderte algo.

Las Vegas  (dos noches)

Llegamos al hotel y cambiamos la habitación previo suplemento de pago, no hemos descgargado los bultos y un cubano intenta colarnos una cena gratis en un reservado, atravesamos el lobby y camino a la habitación, mesas de juego, tiendas, restaurantes, un parque de atracciones, ceniceros, moqueta y tapizados, devolvemos la camper, pedimos un uber y con nosotros sentados, el conductor da la vuelta al coche ajeno al tráfico, nos pregunta si vamos armados, nos deja en un barrio raro, entramos en la lavandería, hacemos la colada, lavado y secado, bebemos agua esperando, afuera unos tipos discuten y luego se dan abrazos, salimos pitando, pedimos otro uber, lo compartimos, llegamos al hotel, menos mal ya no hay cubano, sigue el juego en las mesas, una ducha, un descanso, bajamos a comer algo, barato, salado, un disco vibra y luce, nuestro pedido ya está preparado, rellenamos la coca-cola y nos marchamos a ver el tinglado, entramos en Venecia, una gondolera le está cantando ópera a un bermudas engominado, el cielo azul está pintado, decimos hola a Neptuno, en otro hotel usamos el baño, nos perdemos la erupción de un volcán, nos perdemos los delfines blancos, grabamos el baile del agua, pillamos entradas para blue man a precio rebajado, se hace pronto de noche, hay que usar los puentes para cambiar de lado, despedidas de solteros las vamos esquivando, nos hacemos un selfie en Paris, Manhattan ya lo visitamos, llegamos a Egipto cansados, queremos comprar agua en una máquina pero la moneda se ha atascado, entramos sedientos al espectáculo, echamos unas risas, salimos algo decepcionados, volvemos en uber al hotel, cerramos los ojos despacio, se oyen risas y voces en el pasillo, cubitos de hielo en vasos, despertamos aletargados, hacemos tiempo, leemos un rato, con un cupón de descuento desayunamos filete, vino y helado, montamos en uber al teatro, le damos la tabarra al conductor, un poco mareados, se sube un californiano, sin tiempo para vacaciones vendiendo pisos con el móvil en la mano, aquí no hay mucho paro, llegamos pronto al show, le damos la brasa al encargado y a dos tipos que son de Indiana o de Ohio, disfrutamos los minutos del mentalista francés, un crack en el escenario, cómo narices habrá hecho eso y aplaudimos un buen rato, flipados, hacemos cola al terminar, todavía ensimismados, le saludamos, piensa un número del 1 al 100, me dice, me mira, lo escribe y lo ha acertado, los ojos como platos, volvemos andando al hotel, qué gusto ausencia por fin de ruido en el último tramo, se van dos dólares al cirsa, nos entran diez en la ruleta, sin perder no hemos ganado, y nos llevamos dos fichas auténticas guardadas de regalo, hoy prontito a la cama que el vuelo sale temprano, y si has leído hasta aquí espero que, un poco como nosotros, te hayas estresado.

Muy pesado.

 

USA – Zion

 

La ruta por los parques nacionales está llegando a su fin, aunque aún nos da tiempo a visitar Zion, del que todo el mundo por el camino parece que habla maravillas. Y se agradece la insistencia, porque en vez de ver un cañón desde el borde de arriba tal y como estamos acostumbrados, esta vez recorremos el cañón por y desde abajo, lo que le permite a uno darse igual cuenta, por fin sin temer un desafortunado resbalón, o empujón, de lo inmenso, abrupto y escarpado que son las paredes de roca y de lo pequeñito que se es en comparación. Parece mentira que sigamos en el desierto, porque aquí el entorno es río, cascada, estanque, fauna y flora. A patear.

Zion  (una noche)

Llegamos con la habitual pachorra, y obtenemos plaza de camping dentro del parque con la habitual chorra, esta vez por los pelos porque fuimos los penúltimos, es decir, el tipo de literalmente dos coches más atrás se tuvo que buscar la vida en otro lado. Probablemente en un sitio con duchas, porque en nuestro camping no las hubo. Venías de pasar el día caminando bajo la solana, sudado y con mugre pegada a la piel, y tenías que salir del parque y conducir la camper a un comercio estratégicamente situado al lado que, con buen olfato para los monopolios y cuñados con libre acceso a Génova, vendía 5 miserables minutos de ducha a cuatro pavos.

Comiendo un sandwich en el restaurante del parque entablamos conversación con un matrimonio fitness de Cleveland, donde por cierto estamos invitados tras ofrecerles una de nuestras dos porciones de patatas fritas bien rellenitas de colesterol que, y contra todo pronóstico (“lo mejor de Toronto es que allí toda la gente está en buena forma”) aceptaron y engulleron como si no hubiera mañana, con profundo dolor de mi corazón.

Nos dio tiempo para varias rutas, recorrimos la linde del río Virgin (aunque no nos adentramos en los Narrows, que según dicen mola mucho, porque había que mojarse los pies), fuimos a ver una roca que llora (sic), y después ascendimos una colina con el premio de muy buenas vistas. Un sendero chulo que hicimos también fue para subir hasta unos estanques verde esmeralda con pequeña cascada, a la sombra de muros verticales de roca multicolor, compartiendo camino con ciervos, halcones (hasta aquí no me neguéis que suena majestuoso), con dos clases juntas de tercero de la ESO y sus incipientes pubertades, y con un grupo de inglesas gritonas de despedida de soltera en Vegas, una de ellas además histérica “aaaagh! una ardillaaaaa! sácame de encima este depredador imundo!”.

Muy refrescante.

 

USA – Bryce Canyon

 

Será porque llevamos varios días seguidos viendo cañones y sus impresionantes esculturas de viento, será porque los ojos sólo pueden aceptar un límite determinado de novedad, el caso es que llegamos a Bryce Canyon, vimos y vadimus. Que sí, que el paisaje es alucinante, que vale, que las rocas tienen unas formas increíbles (se llaman hoodoos), que ok, que tenemos sitio en el camping del parque, que de acuerdo, que los senderos están muy bien organizados, el caso es que nos quedó la sensasión de “lástima no haber venido primero a este parque porque hubiéramos flipado, pero claro, habiendo visto antes los otros como que se fue el factor sorpresa”. Qué pena, porque es una belleza.

 

Bryce Canyon  (una noche)

La primera pista de que algo olía a chamusquina al llegar fue que el camping tenía un cartel así de grande indicando cómo comportarse en caso de encontrarte frente a un oso, lo que por un instante muy fugaz te hace echar de menos las arañas. La segunda pista fue que por la noche hizo una rasca así de grande que por un instante muy fugaz te hace echar de menos no tener un oso enfrente que te de calorcito. Y la tercera pista fue no pararse del todo en un stop así de grande y acto seguido encontrarte frente a un coche de policía que enciende las luces y nos da el alto, lo que por un instante muy fugaz te hace echar de menos la araña, el oso, y el guardia civil de mostacho y tricornio de toda la vida. Venga, vamos, demos una vuelta rápidita, hagamos las fotos mínimas para cubrir el expediente, y salgamos pitando de este lugar no sea que aparezca por aquí Puigdemont buscando asilo y ya la tenemos liada.

Muy inquietante.

 

USA – Arches

 

Hubiera estado bien que alguien le dijera a Alberto Ruiz Gallardón que de esperar una legislatura más, el viento, el agua y la erosión le habrían tunelado Madrid-Río enterito y encima gratis. De vuelta en los confines del imperio, reinstaurada la normalidad democrática, las carreteras vuelven a ser pavimentadas, hay tráfico, mapas temáticos, oficiales en las taquillas de entrada y señalizaciones para indicarte dónde encontrar los baños. Es más, hay señalizaciones para indicarte cómo usar los baños. Artículo 1 tras la intervención del estado de derecho: prohibido el caganer.

Arches  (dos noches)

Como le habíamos cogido el tranquillo a esto del senderismo, en Arches nos aventuramos por los caminos fáciles, sin precipicios y a ser posible sin ventiscas de arena. Adrenalina pura. Tanta que con el subidón – una vez metidos en harina – y saltándonos todo protocolo decidimos explorar zonas del parque más allá de los caminos permitidos, colándonos delante de unos señores mayores para ir al servicio y aparcando en línea en una zona de aparcamiento en batería. La revolución empieza por uno mismo. Y nos negamos a hacer el sendero que todo el mundo recomienda si visitas el parque (delicate arch) porque nos pareció icónico y burgués. Hagamos mejor este otro que lo recomiendan para niños y personas con los pies planos.

Los arcos en las rocas son una belleza, una vez llegas a ellos, incluyendo uno doble donde se puede escalar fácilmente si se tiene el calzado adecuado. Ya bajar después es otra historia, aunque siempre queda el elegante recurso de deslizamiento sobre pompis, recurso técnico en el que Vanessa, por cierto, demostró tener talento innato. Como dato cinéfilo, este arco doble aparece en las primeras escenas del tercer Indiana Jones.

Muy entretenido.

 

USA – Monument Valley

 

Corazón sagrado de los nativos y lugar preferido para rodar westerns, se oye el aullido de un coyote, se acerca una tormenta y el viento arrastra en remolinos la arena del desierto. Suenan tambores lejanos y el humo sobre las colinas no presagia nada bueno. Flanagan escupe al suelo el tabaco mascado, se ajusta el sobrero con gesto adusto y maldice su suerte con un juramento. Habrá que aplicar el 155.

Monument Valley  (dos noches)

Tras admirar el camino, establecemos campamento en un poblado indio y, aunque no dormimos en tipi que para eso tenemos nuestra camper, nuestro espíritu se mantiene indómito. Vemos amanecer con las siluetas del lejano oeste recortadas en la distancia, y más tarde al entrar en el parque admiramos las vistas desde el punto de observación preferido por John Wayne.

La mañana la dedicamos a senderismo por el desierto, ignorando las señales que alertan de la presencia de sepientes de cascabel, bajo un sol de justicia y enfrentándonos a una tormenta de arena que elige el tramo en ascensión más tortuoso para hacer puntual acto de presencia. Cuando al finalizar el recorrido una familia dispuesta a empezar el circuito le pregunta a Vanessa que qué tal es, esta sólo acierta a responder, mejilla rosada, recobrando el aliento, un escueto “hace mucho calor” que si bien no lo resume del todo, al menos da para hacerte una idea.

Comemos estojado navajo, hambuerguesa navaja y pan navajo, y nos saltamos la siesta navaja para hacer una ruta escénica por el parque con la camper, conduciendo a tres por hora y sobreviviendo a un camino de tierra y piedras tal, que cuando al terminar el recorrido una familia dispuesta a empezar el circuito me pregunta que qué tal es, yo sólo acierto a responder, rostro pálido, recobrando el aliento, un escueto “que tengáis buenos amortiguadores” que si bien no lo resume del todo, al menos da para hacerte una idea.

Muy recomendable.

 

USA – Antelope

 

Estamos en tierra de Navajos. Y como los Navajos tienen su propio idioma, gobierno, leyes, juzgados, policía y además Iueséi les roba, es ilegal que sean independientes. Y si en algo sobresalen los Navajos (dedicado a los que nos quedábamos en el comedor en el colegio), es en los fundamentos de entrada con bandeja a canasta.

 

Antelope Canyon (una noche)

Menos mal que Vanessa insistió en colar Antelope Canyon en la ruta, porque nos hubiéramos perdido las que quizá sean las mejores fotos hasta el momento. Recomendaban la mejor luz para las 11 de la mañana así que llegamos a las 3 de la tarde.  Y como hubo que esperar al día siguiente para poder visitarlo, aprovechamos para dar una vuelta por los nada despreciables alrededores, destacando el Horseshoe Bend del río Colorado, preciosas vistas, enjambre de turistas, caída a plomo y ninguna barandilla.

Para ir al cañón es necesario contratar visita guiada y nos decidimos por los Navajo Tours, yo qué sé, por apoyar el desafío secesionista, y la guía que nos tocó en suerte, la Nazi, supo llevar el grupo compacto y aquiescente. La pena por despegarte un poco era un berrido con salivazo a tres milímetros de la cara y por hacerte un selfie quedarte en el desierto sin jeep de vuelta. Si te hacías colaboracionista y ayudabas a mantener la estructura del régimen, la Nazi, con mucho seny, se tiraba el rollo, te hacía ella misma las fotos con tu cámara (se saben los mejores sitios y posturas) y te dejaba darle un latigacito al japo remolón de turno, que siempre hay alguno.

Muy bonito.