La ruta por los parques nacionales está llegando a su fin, aunque aún nos da tiempo a visitar Zion, del que todo el mundo por el camino parece que habla maravillas. Y se agradece la insistencia, porque en vez de ver un cañón desde el borde de arriba tal y como estamos acostumbrados, esta vez recorremos el cañón por y desde abajo, lo que le permite a uno darse igual cuenta, por fin sin temer un desafortunado resbalón, o empujón, de lo inmenso, abrupto y escarpado que son las paredes de roca y de lo pequeñito que se es en comparación. Parece mentira que sigamos en el desierto, porque aquí el entorno es río, cascada, estanque, fauna y flora. A patear.
Zion (una noche)
Llegamos con la habitual pachorra, y obtenemos plaza de camping dentro del parque con la habitual chorra, esta vez por los pelos porque fuimos los penúltimos, es decir, el tipo de literalmente dos coches más atrás se tuvo que buscar la vida en otro lado. Probablemente en un sitio con duchas, porque en nuestro camping no las hubo. Venías de pasar el día caminando bajo la solana, sudado y con mugre pegada a la piel, y tenías que salir del parque y conducir la camper a un comercio estratégicamente situado al lado que, con buen olfato para los monopolios y cuñados con libre acceso a Génova, vendía 5 miserables minutos de ducha a cuatro pavos.
Comiendo un sandwich en el restaurante del parque entablamos conversación con un matrimonio fitness de Cleveland, donde por cierto estamos invitados tras ofrecerles una de nuestras dos porciones de patatas fritas bien rellenitas de colesterol que, y contra todo pronóstico (“lo mejor de Toronto es que allí toda la gente está en buena forma”) aceptaron y engulleron como si no hubiera mañana, con profundo dolor de mi corazón.
Nos dio tiempo para varias rutas, recorrimos la linde del río Virgin (aunque no nos adentramos en los Narrows, que según dicen mola mucho, porque había que mojarse los pies), fuimos a ver una roca que llora (sic), y después ascendimos una colina con el premio de muy buenas vistas. Un sendero chulo que hicimos también fue para subir hasta unos estanques verde esmeralda con pequeña cascada, a la sombra de muros verticales de roca multicolor, compartiendo camino con ciervos, halcones (hasta aquí no me neguéis que suena majestuoso), con dos clases juntas de tercero de la ESO y sus incipientes pubertades, y con un grupo de inglesas gritonas de despedida de soltera en Vegas, una de ellas además histérica “aaaagh! una ardillaaaaa! sácame de encima este depredador imundo!”.
Muy refrescante.