USA – Hacia los Parques Nacionales

 

¿Quién dijo camping? Las llaves de la furgoneta, el asiento trasero abatible que junto a la mesa desmontable se convierte en cama, hornillo de propano, una ducha portátil que no usamos, nevera solar, fregadero con agua de bombeo, cortinillas a los lados, dos adaptadores mechero-usb, graffiti en la chapa, una lista de spotify, la señorita del googlemaps, doce días y 2,925 km de carretera.

¿Quién dijo camping? Los baños compartidos, duchas de monedas, arañas en el techo, linternas para el camino, el día que madruga, la noche que es temprana, la vía láctea, estrellas fugaces, ruido de portazos, risas contenidas, ex-militares viviendo en trailers, caravanas con tele, un ladrido aislado, chasquear de fogatas, bocadillos con mayonesa, olor a pies y ver salir el sol envueltos en la manta.

 

Needles y Flagstaff  (dos noches)

Primero hay que cogerle el tranquillo a eso de conducir por vez primera una furgoneta (en adelante camper), especialmente si nada más salir del parking de la oficina de alquiler te encuentras la hora punta en mitad de Los Ángeles. Chupado, como elegimos el camper más bonito del repertorio, nos hacían pasillo por la carretera entre aplausos y exclamaciones de admiración. Eso y que en una furgo te sientes alto, fuerte y suficientemente voluminoso como para tomar el carril por las bravas y que el coche que te iba a adelantar achante orejas y no le quede más recurso que bocinazo y dedo corazón extendido. Decidimos hacer noche en cualesquier lugar intermedio, llámese Needles CA, a donde llegamos cerrada la noche y tras haber disfrutado en la parada de descanso, en medio de la nada sin contaminación lumínica, del cielo más estrellado y claro que se recuerda. En el primer camping que probamos no se ve un alma en la recepción, y en el segundo al menos hay late check-in y nos hacemos con una plaza in extremis. ¡Conseguido! y nuestra primera noche con la casa móvil a cuestas pasa con expectación y, una vez descubrimos cómo se abre la puerta hacia los baños sin que salte la alarma, sin sobresaltos.

El día siguiente, ya en ruta, en una gasolinera propiedad de indios (nativo-americanos)compramos tabaco a mitad de precio y mientras filosofamos sobre el derecho universal inherente a los pueblos, entra en escena una familia de blanco-americanos en una ranchera, todos ellos con ropa paramilitar chavalería incluída, cuyo patriarca conductor al arrancar y marchar saca una mano a través del techo, cruje una lata vacía de cerveza, y la lanza hacia la zona de carga de atrás de la ranchera, encestando mientras mira al frente en gutural eructo.

Esa segunda noche, justo antes de llegar al Grand Canyon, la pasamos en Flagstaff AZ, en el camping de Woody, encantador y caricatura del parroquiano del medio oeste, donde nada más llegar trabamos conversación con nuestro vecino de trailer para aprender que en el camping donde estamos, en un bosque, existen dos tipos diferentes de arañas mortales, la viuda negra y la japuta marrón (no recuerdo el nombre taxonómico exacto), y a las que les encanta anidar en los baños, por aquello de la humedad y tal. Buenas noches, nos profetiza con su media sonrisa, y que tengáis la vejiga grande, piensa para sus adentros el muy cabrón. Tranquilos, nos susurra contemporizador, las telarañas reflectan muy bien la luz de las linternas. Si fue una broma dadas nuestras caras de novatos panolis o una confidencia entre avezados exploradores, lo único que puedo decir al respecto es que, desde aquel día y hasta hoy, estemos donde estemos, me aseguro de encender todas las luces y mirar bien debajo del váter cada vez que me entra un apretón.

 

 

 

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