USA – Boston

Noam Chomsky es professor en el MIT y Larry Bird consiguió elevar el concepto bigote a la cima de la expresión facial, razones en sí mismas más que suficientes para avalar una visita rápida a los orígenes del Tea Party. Como modélicos irlandeses que nunca seremos, había llegado la hora de encomendarnos a San Batracio, cargar en el Spotify una lista de reproducción de Simple Minds y bebernos antes de salir una pinta de Mahou negra en la estación de autobuses. ¡Salud!

 

Boston – dos días

En las casi 7 horas que duró el trayecto me vi tres prescindibles películas, no las del bus porque el wifi estaba roto, así que eché mano del portátil-convertible-a-tablet que nos habíamos agenciado para el viaje: una de miedo, una de risa y una de pena, esta última valiendo la redundancia, y Vanessa leía, dormía y volvía a leer. Sobre el aire acondicionado nada que objetar. Sobre la organización de los autobuses en el punto de recogida, con muchas ganas de llegar a un país decente, por ejemplo Nicaragua o Colombia, y poder por fin abordar un transporte con paz y tranquilidad. Esta vez no hubo vecinos o caseros en el estudio, y entre pros y contras, se agradeció tras largas jornadas cierta autonomía. Nos habían comentado que Boston quizás fuera algo elitista, y los precios de los airbnb no ayudaban a desmentir tan merecida fama, de modo que hubo acopio de galletas y pan bimbo en el súper para celebrar tan merecida independencia. Y un paseo por el parque, tan bucólico que los parroquianos alimentan mano en boca a las miriadas de ardillas que por allí campan a sus anchas para poder contagiarse de algo exótico y después vacilar de hipsters. Y un descanso en un banco del río Charles (no confundir con Charls), tan idílico que los runners, y runners, y más runners, no cortan la ribera sino vuelan. Y una visita al bar de Cheers, tan auténtico que hay que cruzar la tienda de regalos para poder llegar al baño (y con una cerveza tan pésima que por fin te explicas por qué NormCliff se pasaban el capítulo entero con el mismo vaso). Y un partido de béisbol, deporte tan aburrido que ya se ha merecido dicho adjetivo en dos de los tres posts USA que hay hasta el momento en este blog. No me extraña en absoluto que mientras se juega (porque no existe lo que se dice un descanso propiamente dicho entre tiempos, o cuartos, o sets) haya más gente en las colas de los perritos calientes que sentados en las gradas. Y es que, pese a llevar todo el rato puestas las gorras de los Red Sox (excepto al principio durante el momento himno en pie, no sea que nos increpen por ácratas), luego estos van y pierden. ¡Y ahora que hacemos con las dichosas gorritas cuando nos movamos por otras ciudades otros hooligans tiro al blanco! Porque será por el piso en el centro, por la gentrificación (signo de comillas con los dedos de ambas manos), por la proximidad de Harvard, o por los impuestos que se niega a pagar google, el caso es que vimos menos homeless y más caucasianos (nuevamente comillas y dedos) que en las otras dos ciudades anteriores. Doble cero power, y a buen entendedor. ¡Arriba el Celta!

 

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