USA – Filadelfia

Dicen por ahí que hay vida más allá de Nueva York, si no no se explicaría el resultado de las últimas presidenciales. Y aunque hubiera apetecido quedarse más tiempo observando a la gente hacer footing, a ver cómo se hace ahora para empaquetar una toalla extra en la mochila.

 

Philadelphia – 2 días y medio

Adrian, el ojo del tigre y queso de untar. El bus que nos lleva es rápido, la mitad del depósito de gasoil se utiliza para alimentar el aire acondicionado y nos plantamos en Philly en dos estornudos. Nos toca una habitación muy grande en el piso de arriba de una galería de arte, con los artistas, ella amante de los gatos y él echando pestes de Hugo Chávez, viviendo y trabajando abajo. El patio con jardín hubiera sido un magnífico espacio de meditación y asueto de no ser por el ejército de mosquitos antidisturbios que, sin cuartel, no parecían diferenciar entre antebrazo desnudo o pantorrilla en vaquero. En la estatua de Rocky las fotos las hace una sintecho por la voluntad, y mogollón de peña sube corriendo las escaleras para una vez arriba, saltar, levantar los brazos, recuperar el aliento, y echarse más fotos. La ciudad vieja está llena de museos y referencias a la declaración de la independencia que, a diferencia de otros estados más democráticos, allí sí se respeta y se celebra. Entre unas y otras enmiendas no entramos en ninguno, y paseamos frente al río Delaware con gofre y batido-engrudo de chocolate en mano, que si hay que pagar por entrar, mejor unos jardines mágicos que revitalizan un barrio deprimido o un concierto múltiple con bandas locales (Philadelphia es famosa por su escena musical) donde sustraer de estrangis un donut a la entrada. Por cierto, en este último te regalaban botellas de agua al salir y te cortaban el pelo gratis si eras chico y tenías Instagram (por razones que no vienen al caso, ninguno de los dos cumplimos los requisitos). ¡Ah, se me olvidaba! También nos hicimos un análisis de ADN. ¿Por qué? Pues porque era gratis.

 

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